Tras la implantación en Cataluña de una tasa por receta médica, el debate sobre el llamado “copago” ha estallado por fin. Se discute si podría ser un modelo lineal, como el catalán, o bien de pago selectiivo, en función de la renta. Unos argumentan que debería aplicarse a todos los usuarios, y otros aducen que deberían quedar exentos los enfermos crónicos, o los pensionistas de menores ingresos, o los parados.
Está claro que las cuentas de este Estado de Bienestar de hojalata no salen. Se impone equilibrarlas, y eso sólo se puede hacer reduciendo el gasto o aumentando los ingresos. Pero dada la magnitud del desaguisado, tendrá que ser por las dos vías simultáneamente.
Con esto del copago/repago/ultrapago parece que los políticos van a volver a liarlo todo. Porque si se trata de reducir el gasto, lo razonable es introducir mecanismos disuasorios del consumo innecesario. Quién más, quién menos, tiene una pequeña farmacia en casa. Cientos de millones despilfarrados para mayor gloria de los laboratorios farmacéuticos.
En cambio, si se trata de aumentar los ingresos, lo razonable es dar la cara y subir los impuestos directos o indirectos, y no hacerlo a través de las recetas médicas. Gravar las recetas de manera selectiva sería un impuesto a la vez directo e indirecto. Directo porque pagarían más los que más ganan, e indirecto porque sólo lo pagarían los que consumen medicamentos.
Apenas reduciría el gasto porque los que más medicamentos consumen continuarían haciéndolo sin sobrecoste alguno. Y abriría otra puerta –una más- a la trampa y al chanchullo: “abuelo, pídele a tu médico la receta del ansiolítico de la niña”; “Manolo, tú que estás en paro, ve a pedir las recetas del antibiótico de tu hermano”.
Muchas cosas son las que tienen que cambiar en España si no queremos caer al agujero de la ruina. Una de las fundamentales es terminar con la noción del “gratis total”. Nada es gratis total –excepto pasear y tomar el sol-, y eso tenemos que aprenderlo todos: ricos y pobres; jóvenes y viejos.
De todas las necesidades humanas, la más urgente es la alimentación. ¿Por qué no se establecen precios distintos en los supermercados para los jubilados y los parados? No se entiende por qué queremos hacer con los antihistamínicos lo que a nadie se le ocurre hacer con las pechugas de pollo.
Preguntas y reflexiones sobre la sociedad, su evolución, y las relaciones entre las personas.
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viernes, 16 de marzo de 2012
jueves, 15 de marzo de 2012
Autonomía o bienestar
En el debate de ayer en el Congreso, Rosa Díez ha señalado que en España “Tenemos que optar entre si reajustamos el Estado de las Autonomías o reajustamos el Estado de Bienestar”.
Una elección dolorosa. Igual de doloroso que es para una familia humilde escoger entre renunciar a tomar postre en las comidas, o prescindir de encender la estufa en invierno. A la gente le gusta el postre y le gusta no pasar frío. A los políticos les gusta el Estado de Bienestar porque les da votos, y les gusta el Estado de las Autonomías porque les proporciona miles de cargos para repartirse.
Muchos ciudadanos creen que ambas cosas son imprescindibles. Durante la transición nos vendieron la democracia como la panacea de todos los males, y nos vendieron las autonomías como el summun de la felicidad. Desde Cataluña hasta Andalucía, pasando por Canarias y Aragón, millones de españoles abrazaron ilusionados las banderas autonómicas. ¡Qué bien! Ahora no decidirán por nosotros desde Madrid. Ahora decidiremos “nosotros”.
Y se quedaron tan contentos, aunque los millones de ciudadanos continuaron sin decidir absolutamente nada. Lo único que podían hacer era votar cada cuatro años a los que iban a decidir por ellos. Eso sí: ahora podían votar a un político de su pueblo. A nadie le importó mucho si ese político estaba capacitado o no; si era honrado o no; si era eficiente o no, o si el sistema era muchísimo más caro. Lo importante es que decidiera alguien de su pueblo.
Nos vendieron las autonomías como el summun de la felicidad. Pero se les olvidó explicarnos cuánto dinero nos iba a costar la juerga. Ahora la vaca no da para todo. Y los políticos de todas las CC.AA. vuelven a intentar engañarnos. Ante la necesidad de reducir gastos o aumentar impuestos, sólo aluden a que no se puede recortar en sanidad o educación. Nos amenazan con quitarnos la calefacción en invierno, pero nos ocultan que se puede prescindir del postre. Porque el postre se lo comen ellos, claro.
Hay que felicitar a Rosa Díez por poner el acento en el nudo gordiano. Hoy por hoy, UPyD es el único partido que se atreve a decirnos lo que hay: o reajustamos el Estado de las Autonomías o reajustamos el Estado del Bienestar.
Una elección dolorosa. Igual de doloroso que es para una familia humilde escoger entre renunciar a tomar postre en las comidas, o prescindir de encender la estufa en invierno. A la gente le gusta el postre y le gusta no pasar frío. A los políticos les gusta el Estado de Bienestar porque les da votos, y les gusta el Estado de las Autonomías porque les proporciona miles de cargos para repartirse.
Muchos ciudadanos creen que ambas cosas son imprescindibles. Durante la transición nos vendieron la democracia como la panacea de todos los males, y nos vendieron las autonomías como el summun de la felicidad. Desde Cataluña hasta Andalucía, pasando por Canarias y Aragón, millones de españoles abrazaron ilusionados las banderas autonómicas. ¡Qué bien! Ahora no decidirán por nosotros desde Madrid. Ahora decidiremos “nosotros”.
Y se quedaron tan contentos, aunque los millones de ciudadanos continuaron sin decidir absolutamente nada. Lo único que podían hacer era votar cada cuatro años a los que iban a decidir por ellos. Eso sí: ahora podían votar a un político de su pueblo. A nadie le importó mucho si ese político estaba capacitado o no; si era honrado o no; si era eficiente o no, o si el sistema era muchísimo más caro. Lo importante es que decidiera alguien de su pueblo.
Nos vendieron las autonomías como el summun de la felicidad. Pero se les olvidó explicarnos cuánto dinero nos iba a costar la juerga. Ahora la vaca no da para todo. Y los políticos de todas las CC.AA. vuelven a intentar engañarnos. Ante la necesidad de reducir gastos o aumentar impuestos, sólo aluden a que no se puede recortar en sanidad o educación. Nos amenazan con quitarnos la calefacción en invierno, pero nos ocultan que se puede prescindir del postre. Porque el postre se lo comen ellos, claro.
Hay que felicitar a Rosa Díez por poner el acento en el nudo gordiano. Hoy por hoy, UPyD es el único partido que se atreve a decirnos lo que hay: o reajustamos el Estado de las Autonomías o reajustamos el Estado del Bienestar.
lunes, 12 de marzo de 2012
La nueva lucha de clases
En noviembre de 1989 el Muro de Berlín se vino simbólicamente abajo, y con él todo el paradigma del comunismo como proyecto de organización social justa y eficiente. De golpe, una carretilla de conceptos fueron a parar al almacén de trastos inservibles: proletariado, burguesía, conciencia de clase, enajenación, dialéctica, valor de uso, o lucha de clases.
Los marxistas quedaron desnudos ante la Historia. Para defenderse del intenso frío que impera lejos del poder, la mayoría de ellos se compraron un traje de socialdemócratas –de esos que no necesitan plancha-, para poder presentarse ante el electorado sin los harapos del viejo mono proletario. Cambiaron de look. pero no abandonaron la fe ciega en sí mismos, convencidos de estar dotados de una superioridad moral congénita. Sólo descafeinaron la apariencia. Dejaron de ser el proletariado enfrentado a la burguesía para ser los progres enfrentados a la derecha. Cuestión de palabras.
El desarrollo de una numerosa clase media amortiguó la vieja lucha de clases. Es imposible presumir de proletario cuando se posee un piso de 90 metros, un monovolumen, un hijo estudiando ADE, y tres tarjetas de crédito. Así que se inventaron otra lucha de clases para mantener la tensión –Zapatero dixit-. Si la lucha entre proletarios y burgueses había terminado en tablas, ahora había que imponer la lucha “de género”: hombres contra mujeres. Mujeres contra hombres. A medida que el 1 de mayo perdía fuerza, iba ganando importancia el 8 de marzo.
Día de la mujer trabajadora. Ministerios para las mujeres. Institutos para mujeres en CC.AA y ayuntamientos. Cursos para mujeres. Talleres para mujeres. Eventos para mujeres. Premios literarios para mujeres. Juzgados para mujeres. Leyes para mujeres. Un paciente trabajo de mentalización social para convencer a las mujeres de que los hombres son sus enemigos, y para convencer a los hombres de que son casi un error de la naturaleza.
Siempre el fanatismo amenazando la paz. Fanatismo religioso, fanatismo ideológico, y ahora fanatismo de sexo. Todo para ocultar que un musulmán es lo más parecido a un cristiano, pero sin cruz; que un proletario es lo más parecido a un empresario, aunque sin dinero. Que una mujer es lo más parecido a un hombre, pero sin pene; y que un hombre es lo más parecido a una mujer, pero sin poder dar a luz. El caso es que la gente tenga siempre un enemigo al que odiar. El caso es que tengan miedo a alguien.
Los marxistas quedaron desnudos ante la Historia. Para defenderse del intenso frío que impera lejos del poder, la mayoría de ellos se compraron un traje de socialdemócratas –de esos que no necesitan plancha-, para poder presentarse ante el electorado sin los harapos del viejo mono proletario. Cambiaron de look. pero no abandonaron la fe ciega en sí mismos, convencidos de estar dotados de una superioridad moral congénita. Sólo descafeinaron la apariencia. Dejaron de ser el proletariado enfrentado a la burguesía para ser los progres enfrentados a la derecha. Cuestión de palabras.
El desarrollo de una numerosa clase media amortiguó la vieja lucha de clases. Es imposible presumir de proletario cuando se posee un piso de 90 metros, un monovolumen, un hijo estudiando ADE, y tres tarjetas de crédito. Así que se inventaron otra lucha de clases para mantener la tensión –Zapatero dixit-. Si la lucha entre proletarios y burgueses había terminado en tablas, ahora había que imponer la lucha “de género”: hombres contra mujeres. Mujeres contra hombres. A medida que el 1 de mayo perdía fuerza, iba ganando importancia el 8 de marzo.
Día de la mujer trabajadora. Ministerios para las mujeres. Institutos para mujeres en CC.AA y ayuntamientos. Cursos para mujeres. Talleres para mujeres. Eventos para mujeres. Premios literarios para mujeres. Juzgados para mujeres. Leyes para mujeres. Un paciente trabajo de mentalización social para convencer a las mujeres de que los hombres son sus enemigos, y para convencer a los hombres de que son casi un error de la naturaleza.
Siempre el fanatismo amenazando la paz. Fanatismo religioso, fanatismo ideológico, y ahora fanatismo de sexo. Todo para ocultar que un musulmán es lo más parecido a un cristiano, pero sin cruz; que un proletario es lo más parecido a un empresario, aunque sin dinero. Que una mujer es lo más parecido a un hombre, pero sin pene; y que un hombre es lo más parecido a una mujer, pero sin poder dar a luz. El caso es que la gente tenga siempre un enemigo al que odiar. El caso es que tengan miedo a alguien.
miércoles, 7 de marzo de 2012
La equivocación del imán
La policía acusa al imán de Tarrasa de incitar a los fieles a maltratar a sus mujeres. Les instruía para golpearlas con un bastón o con los puños, pero sin romperles huesos ni hacerles sangre.
No es ninguna novedad que el Islam considera a las mujeres como seres de segunda clase. Las confina al hogar, las excluye del protagonismo social y político, y las condena a vivir siempre tuteladas por la autoridad de un varón. Las palabras del imán de Tarrasa no habrían provocado ni un pestañeo en Rabat, en Teherán o en Riad. Pero en España producen una mezcla de horror y asco. No es que podamos presumir de que aquí han desaparecido por completo los comportamientos machistas individuales; pero sí que existe un consenso general respecto a la igualdad entre hombres y mujeres, en cuanto a derechos, dignidad y capacidad.
La noticia ha saltado en todos los informativos del país. Será interesante observar la reacción de los grupos que más destacan en su “defensa” de las mujeres. Desde los partidos de izquierda hasta los que se acogen al paraguas de “intelectuales y artistas”, pasando por toda clase de asociaciones feministas.
Puede que me equivoque, pero tengo la impresión de que todos esos movimientos que tan activos se muestran en defensa del aborto, de la conciliación laboral, o de la igualdad de salarios; y que tanto luchan contra la discriminación en el trabajo, en el hogar, y contra la violencia afectiva (ellos dicen “de género”), van a ser mucho más tibios para condenar al imán. No sé si en aras de la alianza de civilizaciones, porque el imán no es católico, o porque los imanes no están encuadrados en “la retrógrada derecha española”.
Habrá que estar atentos para ver cuántas manifestaciones se convocan contra el imán. Si no las hay, habrá que preguntarse por qué para esos grupos consideran una afrenta que un hombre diga un piropo a una compañera de trabajo, y las palabras del imán sólo son una desafortunada equivocación.
No es ninguna novedad que el Islam considera a las mujeres como seres de segunda clase. Las confina al hogar, las excluye del protagonismo social y político, y las condena a vivir siempre tuteladas por la autoridad de un varón. Las palabras del imán de Tarrasa no habrían provocado ni un pestañeo en Rabat, en Teherán o en Riad. Pero en España producen una mezcla de horror y asco. No es que podamos presumir de que aquí han desaparecido por completo los comportamientos machistas individuales; pero sí que existe un consenso general respecto a la igualdad entre hombres y mujeres, en cuanto a derechos, dignidad y capacidad.
La noticia ha saltado en todos los informativos del país. Será interesante observar la reacción de los grupos que más destacan en su “defensa” de las mujeres. Desde los partidos de izquierda hasta los que se acogen al paraguas de “intelectuales y artistas”, pasando por toda clase de asociaciones feministas.
Puede que me equivoque, pero tengo la impresión de que todos esos movimientos que tan activos se muestran en defensa del aborto, de la conciliación laboral, o de la igualdad de salarios; y que tanto luchan contra la discriminación en el trabajo, en el hogar, y contra la violencia afectiva (ellos dicen “de género”), van a ser mucho más tibios para condenar al imán. No sé si en aras de la alianza de civilizaciones, porque el imán no es católico, o porque los imanes no están encuadrados en “la retrógrada derecha española”.
Habrá que estar atentos para ver cuántas manifestaciones se convocan contra el imán. Si no las hay, habrá que preguntarse por qué para esos grupos consideran una afrenta que un hombre diga un piropo a una compañera de trabajo, y las palabras del imán sólo son una desafortunada equivocación.
viernes, 2 de marzo de 2012
El enfermo está muy malito
El enfermo está muy malito. Desde hace años está afectado por varias enfermedades graves. Por sus venas corre poca sangre, que bombea con dificultad un corazón debilitado. El 23% de sus células están inactivas. Padece un extraño proceso alérgico que consiste en que las dos mitades –derecha e izquierda- de su cuerpo se rechazan mutuamente lo que produce un sarpullido generalizado, y náuseas y vómitos constantes. El sistema nervioso central actúa erráticamente, y no coordina los movimientos de las extremidades. No puede caminar porque las piernas no se mueven una al compás de la otra. Sus órganos vitales no cumplen las funciones para las que están diseñados: el hígado quiere filtrar la sangre; los pulmones intentan producir insulina; el páncreas intenta digerir los alimentos; los ojos quieren oír, y los oídos quieren mirar.
El cerebro está confuso. En sus frecuentes delirios no distingue sueños de realidades. Los neurotransmisores descompensados alteran todas las emociones. La debilidad y la fiebre le impiden pensar racionalmente.
En una sala están reunidos los médicos. No se ponen de acuerdo ni en el diagnóstico ni en el tratamiento. Llevan meses discutiendo sobre cómo organizar el hospital. No quieren que el enfermo se muera, pero lo que más les preocupa es su futuro: todos quieren ser el nuevo director, todos quieren una jefatura de servicio, todos quieren los mejores despachos.
El enfermo está muy malito. Tendido en su cama respira con dificultad. Necesita silencio, pero tampoco lo tiene. La habitación rebosa de familiares que gritan sin parar. Se insultan unos a otros echándose mutuamente la culpa de la situación del enfermo. Todos culpan también a los médicos. Protestan, salen en tumulto para exigir que alguien cure al enfermo. Recorren los pasillos empujando a las enfermeras. Enfurecidos, arrasan la farmacia y queman los quirófanos.
Los médicos discuten sobre el alboroto:
– Es urgente curar al enfermo.
– Sí, pero primero habrá que calmar a los familiares.
– Antes que nada tenemos que arreglar el calendario de guardias.
– No. El primer paso es nombrar un director.
– Pero según a quién se nombre, conmigo no contéis.
El enfermo está muy malito.
El cerebro está confuso. En sus frecuentes delirios no distingue sueños de realidades. Los neurotransmisores descompensados alteran todas las emociones. La debilidad y la fiebre le impiden pensar racionalmente.
En una sala están reunidos los médicos. No se ponen de acuerdo ni en el diagnóstico ni en el tratamiento. Llevan meses discutiendo sobre cómo organizar el hospital. No quieren que el enfermo se muera, pero lo que más les preocupa es su futuro: todos quieren ser el nuevo director, todos quieren una jefatura de servicio, todos quieren los mejores despachos.
El enfermo está muy malito. Tendido en su cama respira con dificultad. Necesita silencio, pero tampoco lo tiene. La habitación rebosa de familiares que gritan sin parar. Se insultan unos a otros echándose mutuamente la culpa de la situación del enfermo. Todos culpan también a los médicos. Protestan, salen en tumulto para exigir que alguien cure al enfermo. Recorren los pasillos empujando a las enfermeras. Enfurecidos, arrasan la farmacia y queman los quirófanos.
Los médicos discuten sobre el alboroto:
– Es urgente curar al enfermo.
– Sí, pero primero habrá que calmar a los familiares.
– Antes que nada tenemos que arreglar el calendario de guardias.
– No. El primer paso es nombrar un director.
– Pero según a quién se nombre, conmigo no contéis.
El enfermo está muy malito.
martes, 28 de febrero de 2012
El Estado de Aullidos
En el Coliseo de la antigua Roma, el pueblo participaba en las grandes decisiones del imperio. Tras los combates de gladiadores, expresaban ruidosamente su estado de ánimo, y pedía al emperador que diera muerte a unos o que salvara la vida a otros.
En la España del siglo XXI, una parte del pueblo recupera aquella costumbre. En pocos días hemos visto ese método de participación a la entrada de dos juzgados. A la entrada de Baltasar Garzón en el Tribunal Supremo el pueblo rugía “¡César, sálvalo!”. A la entrada de Iñaki Urdangarín a los Juzgados de Palma de Mallorca el pueblo aullaba: “¡César, mátalo!”.
Dos mil años para transitar desde un imperio teocrático hasta un Estado de Derecho. Diez años para pasar de un Estado de Derecho a un Estado de Aullidos. A medida que pierden crédito las instituciones democráticas –desde las Cortes hasta los tribunales, pasando por las CC.AA., los sindicatos y los partidos políticos-. el pueblo va recuperando la confianza en el aullido, cómo método de participación.
No importa que haya elegido democráticamente un nuevo gobierno hace sólo tres meses: es el momento de salir a la calle para aullar contra las decisiones de ese gobierno. No importa que el poder judicial sea independiente –o casi-, y que los jueces ejerzan su función ateniéndose a las leyes y a su recto criterio: hay que aullar a la puerta de los juzgados para señalar a los magistrados el camino.
Durante la transición los políticos le dijeron al pueblo que la democracia era el elixir milagroso que garantizaba la justicia, el bienestar, la prosperidad y la felicidad. Pero durante los últimos treinta y cinco años nadie se ha molestado en explicar al pueblo en qué consiste realmente la democracia. Ahora, en unos momentos en que parece que todo se derrumba bajo nuestros pies, no puede extrañarnos que tantos ciudadanos confíen más en la fuerza de un aullido que en la de una papeleta de voto.
En la España del siglo XXI, una parte del pueblo recupera aquella costumbre. En pocos días hemos visto ese método de participación a la entrada de dos juzgados. A la entrada de Baltasar Garzón en el Tribunal Supremo el pueblo rugía “¡César, sálvalo!”. A la entrada de Iñaki Urdangarín a los Juzgados de Palma de Mallorca el pueblo aullaba: “¡César, mátalo!”.
Dos mil años para transitar desde un imperio teocrático hasta un Estado de Derecho. Diez años para pasar de un Estado de Derecho a un Estado de Aullidos. A medida que pierden crédito las instituciones democráticas –desde las Cortes hasta los tribunales, pasando por las CC.AA., los sindicatos y los partidos políticos-. el pueblo va recuperando la confianza en el aullido, cómo método de participación.
No importa que haya elegido democráticamente un nuevo gobierno hace sólo tres meses: es el momento de salir a la calle para aullar contra las decisiones de ese gobierno. No importa que el poder judicial sea independiente –o casi-, y que los jueces ejerzan su función ateniéndose a las leyes y a su recto criterio: hay que aullar a la puerta de los juzgados para señalar a los magistrados el camino.
Durante la transición los políticos le dijeron al pueblo que la democracia era el elixir milagroso que garantizaba la justicia, el bienestar, la prosperidad y la felicidad. Pero durante los últimos treinta y cinco años nadie se ha molestado en explicar al pueblo en qué consiste realmente la democracia. Ahora, en unos momentos en que parece que todo se derrumba bajo nuestros pies, no puede extrañarnos que tantos ciudadanos confíen más en la fuerza de un aullido que en la de una papeleta de voto.
sábado, 18 de febrero de 2012
El arte de trincar
El secretario general de UGT en Madrid ha cobrado 181.000 euros, en 2011, como Consejero de Caja Madrid. Martínez se justifica diciendo que él no se quedaba el dinero, sino que iba a la caja del sindicato. Por su parte, Cándido Méndez ha confirmado que el dinero va a parar al sindicato, por lo que dice que “no existe ningún dilema moral”.
Estoy de acuerdo, señor Méndez: no hay dilema. No existen dos proposiciones contrarias que ambas resultan ser verdaderas. Sólo hay una: el arte de trincar mientras clamamos contra los que trincan. Muy fariseo, muy hipócrita, muy desvergonzado, muy español.
El tinglado que han venido montando los partidos políticos y los sindicatos, con el silencio cómplice de la prensa “independiente”, y la aquiescencia de unos ciudadadnos que se conforman con que les permitan trincar unas migajas, es descomunal. Infinidad de organismos, instituciones, observatorios, comités, asambleas, empresas públicas, entes autónomos, y consejos de administración chupan de las arcas públicas por tierra, mar y aire. Con tanta mala hierba en el panorama no puede extrañar que la cosecha sea tan raquítica. La economía española se ahoga en un mar de cambalaches, corruptelas, y retorcimientos de la norma.
El dirigente de UGT puede decir lo que quiera, con su flema habitual. Pero todo este asunto es impresentable, Desde la misma existencia de las cajas; pasando por que estén controladas, no por técnicos, sino por políticos; y por la presencia en los consejos de representantes de los sindicatos –unos políticos vergonzantes, que hacen política sin someterse al veredicto de las urnas-. Continuando con la disparatada cifra que cobran esos consejeros por asistir de tarde en tarde a las reuniones del consejo, y terminando con que el dinero –que se supone que debería ser la retribución de una persona por su dedicación y su responsabilidad- se reconoce que va directamente al sindicato.
Eso sí, con ese dinero se podrán organizar manifestaciones, imprimir panfletos, y preparar pancartas. Todas ellas destinadas a denunciar a la derecha, a los empresarios, a los banqueros, a sus grandes sueldos, y a sus grandes dietas. Con una cara de cemento, UGT se viste de consejero y cobra un buen sueldo por la mañana, y se pone la ropa de manifestante para protestar contra los consejos por la tarde.
Estoy de acuerdo, señor Méndez: no hay dilema. No existen dos proposiciones contrarias que ambas resultan ser verdaderas. Sólo hay una: el arte de trincar mientras clamamos contra los que trincan. Muy fariseo, muy hipócrita, muy desvergonzado, muy español.
El tinglado que han venido montando los partidos políticos y los sindicatos, con el silencio cómplice de la prensa “independiente”, y la aquiescencia de unos ciudadadnos que se conforman con que les permitan trincar unas migajas, es descomunal. Infinidad de organismos, instituciones, observatorios, comités, asambleas, empresas públicas, entes autónomos, y consejos de administración chupan de las arcas públicas por tierra, mar y aire. Con tanta mala hierba en el panorama no puede extrañar que la cosecha sea tan raquítica. La economía española se ahoga en un mar de cambalaches, corruptelas, y retorcimientos de la norma.
El dirigente de UGT puede decir lo que quiera, con su flema habitual. Pero todo este asunto es impresentable, Desde la misma existencia de las cajas; pasando por que estén controladas, no por técnicos, sino por políticos; y por la presencia en los consejos de representantes de los sindicatos –unos políticos vergonzantes, que hacen política sin someterse al veredicto de las urnas-. Continuando con la disparatada cifra que cobran esos consejeros por asistir de tarde en tarde a las reuniones del consejo, y terminando con que el dinero –que se supone que debería ser la retribución de una persona por su dedicación y su responsabilidad- se reconoce que va directamente al sindicato.
Eso sí, con ese dinero se podrán organizar manifestaciones, imprimir panfletos, y preparar pancartas. Todas ellas destinadas a denunciar a la derecha, a los empresarios, a los banqueros, a sus grandes sueldos, y a sus grandes dietas. Con una cara de cemento, UGT se viste de consejero y cobra un buen sueldo por la mañana, y se pone la ropa de manifestante para protestar contra los consejos por la tarde.
martes, 7 de febrero de 2012
Morir de parto
Carolina Lovell era una mujer australiana, conocida por su lucha para conseguir que el gobierno australiano financiara los partos en el domicilio de las madres. Formaba parte de esa tendencia que asegura que los partos en casa son mucho mejores que los que tienen lugar en clínicas o materninades.Carolina Lovell ha fallecido mientras daba a luz su tercer hijo, en su casa, naturalmente.
Resulta llamativa la contradicción entre un supuesto “progresismo” y la defensa de las costumbres más arcaicas. Los ecologistas más progresistas defienden el uso de la bicicleta o del carro de caballos, frente al automóvil. Otros se aferran a la bandera de que los ríos deben transcurrir a su aire por el mismo lugar que lo hacían hace 10.000 años; que las carreteras deben serpentear entre las montañas sin hacer túneles o viaductos, o en que sólo deben ingerirse alimentos producidos sin fertilizantes, plaguicidas, conservantes, ni cualquier otro “ante”. Según sus teorías, el progresismo más radical consistiría en volver a vivir en cuevas y a vestirse con pieles (de animales que hubieran perecido de muerte natural, claro).
Descanse en paz la pobre Carolina. Y ojalá su triste final sirva para que reflexionen algunos de los que creen eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Resulta llamativa la contradicción entre un supuesto “progresismo” y la defensa de las costumbres más arcaicas. Los ecologistas más progresistas defienden el uso de la bicicleta o del carro de caballos, frente al automóvil. Otros se aferran a la bandera de que los ríos deben transcurrir a su aire por el mismo lugar que lo hacían hace 10.000 años; que las carreteras deben serpentear entre las montañas sin hacer túneles o viaductos, o en que sólo deben ingerirse alimentos producidos sin fertilizantes, plaguicidas, conservantes, ni cualquier otro “ante”. Según sus teorías, el progresismo más radical consistiría en volver a vivir en cuevas y a vestirse con pieles (de animales que hubieran perecido de muerte natural, claro).
Descanse en paz la pobre Carolina. Y ojalá su triste final sirva para que reflexionen algunos de los que creen eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
jueves, 26 de enero de 2012
La eterna fantasía (II)
Sin duda, los seres humanos de la Antigüedad no padecían el desconcierto que sufren sus descendientes del siglo XXI. Para aquellos seres primitivos era demasiado evidente que sus congéneres podían cometer todo tipo de atrocidades, trampas, traiciones, y mentiras. Esas cosas formaban parte de la vida cotidiana, y precisamente por eso se fueron estableciendo normas, prohibiciones, y leyes.
Si los seres humanos no hubieran tenido tendencias dañinas para otros, no habría sido necesario prohibirlas y castigarlas. Nunca ha existido una ley que prohibiera comer piedras, por la sencilla razón de que eso es una cosa que nadie hace. Cuando algo necesita ser prohibido y castigado es porque alguien lo haría sin esa prohibición y ese castigo. Si todas las culturas tienen severas reglas que prohíben el incesto es porque existe una inclinación a copular con hijos o hermanos. Con el paso de los años, el incesto ha llegado a ser considerado como algo antinatural, pero si no lo prohibiera la cultura y la ley, sería lo más natural del mundo.
A base de redactar leyes para refrenar instintos y pasiones individuales en beneficio de la colectividad, se fue imponiendo poco a poco la noción de que el “deber ser” era lo real, por mucho que el “ser” desmintiera tal idea. La tradición judeocristiana contribuyó de forma notable a esa concepción fantástica, al introducir una novedosa norma: amar al prójimo como a ti mismo”.
Ahora nos parece un precepto casi trivial. Pero hay que ponerse en la piel de los individuos de hace 2.000 años, e imaginar lo revolucionaria que resultaba esa norma. En un mundo precario, en el que la esperanza de vida rondaba los 30 años, la competencia por los alimentos escasos y los territorios que los producían era feroz. Las guerras, la piratería, los asesinatos, y la violencia eran constantes. ¡Había que sobrevivir! Y a menudo eso sólo se lograba a costa de otros.
Por lo demás, todo en la naturaleza contradecía esa norma. Todas los seres vivos, animales o vegetales, desarrollaban variados sistemas para sobrevivir y reproducirse, sin preocuparse de sus congéneres. Sólo cuando las estrategias de supervivencia mediante la colaboración eran más eficaces que las individuales, se producían alianzas entre varios individuos, aunque también basadas en el interés propio.
Lo de "ama a tu prójimo como a ti mismo" fue el primer gran paso hacia la confusión.
Si los seres humanos no hubieran tenido tendencias dañinas para otros, no habría sido necesario prohibirlas y castigarlas. Nunca ha existido una ley que prohibiera comer piedras, por la sencilla razón de que eso es una cosa que nadie hace. Cuando algo necesita ser prohibido y castigado es porque alguien lo haría sin esa prohibición y ese castigo. Si todas las culturas tienen severas reglas que prohíben el incesto es porque existe una inclinación a copular con hijos o hermanos. Con el paso de los años, el incesto ha llegado a ser considerado como algo antinatural, pero si no lo prohibiera la cultura y la ley, sería lo más natural del mundo.
A base de redactar leyes para refrenar instintos y pasiones individuales en beneficio de la colectividad, se fue imponiendo poco a poco la noción de que el “deber ser” era lo real, por mucho que el “ser” desmintiera tal idea. La tradición judeocristiana contribuyó de forma notable a esa concepción fantástica, al introducir una novedosa norma: amar al prójimo como a ti mismo”.
Ahora nos parece un precepto casi trivial. Pero hay que ponerse en la piel de los individuos de hace 2.000 años, e imaginar lo revolucionaria que resultaba esa norma. En un mundo precario, en el que la esperanza de vida rondaba los 30 años, la competencia por los alimentos escasos y los territorios que los producían era feroz. Las guerras, la piratería, los asesinatos, y la violencia eran constantes. ¡Había que sobrevivir! Y a menudo eso sólo se lograba a costa de otros.
Por lo demás, todo en la naturaleza contradecía esa norma. Todas los seres vivos, animales o vegetales, desarrollaban variados sistemas para sobrevivir y reproducirse, sin preocuparse de sus congéneres. Sólo cuando las estrategias de supervivencia mediante la colaboración eran más eficaces que las individuales, se producían alianzas entre varios individuos, aunque también basadas en el interés propio.
Lo de "ama a tu prójimo como a ti mismo" fue el primer gran paso hacia la confusión.
martes, 24 de enero de 2012
La eterna fantasía (I)
Una de los problemas insolubles a los que se enfrentan los seres humanos es el intento de armonización entre el “ser” y el “deber ser”. Desde tiempos remotos los hombres han intentado acomodar el “ser” al “deber ser”, sin haberlo logrado nunca del todo. Esa cuestión es la que se halla en la raíz de las confrontaciones ideológicas de hoy en día.
Parecería razonable que una especie inteligente hubiera aceptado el “ser” como algo dado, y hubiera tratado de acomodar su cultura y su organización social a esa realidad. Así lo ha hecho respecto a hechos físicos como la fuerza de la gravedad, la rotación de La Tierra, o los fenómenos climáticos. Sin embargo, en relación con las características propias de la especie, los humanos se han empeñado en hacer lo contrario: cambiar el “ser” para adecuarlo al “deber ser”.
El individuo humano posee una variada gama de potencialidades, que se desarrollan en menor o mayor grado en cada persona: inteligencia, altruismo, generosidad, mansedumbre, creatividad, memoria, voluntad, tesón, o ecuanimidad. Pero también envidia, egoísmo, mezquindad, agresividad, avaricia, crueldad o falsedad. Ese es el “ser”.
El “deber ser” consiste en definir un ser humano del que se han eliminado las características que se consideran negativas, y que no se aceptan como naturales, sino como anomalías que deben ser corregidas. Y tras varios milenios de desarrollo cultural, la mayor parte de la humanidad sigue sorprendiéndose y escandalizándose porque el “ser” no se corresponde con el “deber ser”.
Como todas las especies vivas, el ser humano se mueve en un entorno competitivo que tiene más que ver con los postulados de Darwin que con los cuentos de hadas. Contra toda lógica y contra toda evidencia histórica y científica, una buena parte de la población mundial –y especialmente del mundo desarrollado- se debate en la angustia de constatar una y mil veces que ese ser humano altruista, pacífico, inteligente, creativo, bondadoso, generoso y veraz; capaz de vivir en una sociedad solidaria y no competitiva no termina de corresponderse con la realidad. La reacción más frecuente es la de buscar culpables de esa contradicción –culpables que siempre son externos-.
¿Por qué insisten los seres humanos en verse a sí mismos como no son? ¿por qué continúan aspirando a construir una sociedad perfecta con individuos imperfectos? ¿cómo es que en un siglo en el que la ciencia ha desmontado casi todos los mitos del pasado, continúa vivo el mito de un “deber ser” de fantasía? ¿por qué mecanismos se ha mantenido esa venda sobre los ojos de la humanidad?
Parecería razonable que una especie inteligente hubiera aceptado el “ser” como algo dado, y hubiera tratado de acomodar su cultura y su organización social a esa realidad. Así lo ha hecho respecto a hechos físicos como la fuerza de la gravedad, la rotación de La Tierra, o los fenómenos climáticos. Sin embargo, en relación con las características propias de la especie, los humanos se han empeñado en hacer lo contrario: cambiar el “ser” para adecuarlo al “deber ser”.
El individuo humano posee una variada gama de potencialidades, que se desarrollan en menor o mayor grado en cada persona: inteligencia, altruismo, generosidad, mansedumbre, creatividad, memoria, voluntad, tesón, o ecuanimidad. Pero también envidia, egoísmo, mezquindad, agresividad, avaricia, crueldad o falsedad. Ese es el “ser”.
El “deber ser” consiste en definir un ser humano del que se han eliminado las características que se consideran negativas, y que no se aceptan como naturales, sino como anomalías que deben ser corregidas. Y tras varios milenios de desarrollo cultural, la mayor parte de la humanidad sigue sorprendiéndose y escandalizándose porque el “ser” no se corresponde con el “deber ser”.
Como todas las especies vivas, el ser humano se mueve en un entorno competitivo que tiene más que ver con los postulados de Darwin que con los cuentos de hadas. Contra toda lógica y contra toda evidencia histórica y científica, una buena parte de la población mundial –y especialmente del mundo desarrollado- se debate en la angustia de constatar una y mil veces que ese ser humano altruista, pacífico, inteligente, creativo, bondadoso, generoso y veraz; capaz de vivir en una sociedad solidaria y no competitiva no termina de corresponderse con la realidad. La reacción más frecuente es la de buscar culpables de esa contradicción –culpables que siempre son externos-.
¿Por qué insisten los seres humanos en verse a sí mismos como no son? ¿por qué continúan aspirando a construir una sociedad perfecta con individuos imperfectos? ¿cómo es que en un siglo en el que la ciencia ha desmontado casi todos los mitos del pasado, continúa vivo el mito de un “deber ser” de fantasía? ¿por qué mecanismos se ha mantenido esa venda sobre los ojos de la humanidad?
jueves, 19 de enero de 2012
Todos a la cárcel
El Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ha anunciado que el gobierno tomará medidas para exigir responsabilidades penales a los gestores públicos que incumplan los presupuestos.
Gaspar Llamazares, ex-secretario general de IU, ha respondido que Montoro quiere emular el “todos a la cárcel” de Berlanga, y que los políticos responden únicamente ante sus electores, o ante los jueces en caso de delito.
¡Hombre, don Gaspar! Que usted es diputado, y por lo tanto legislador… No diga babadas. De eso se trata: de legislar de manera que determinadas acciones de los gestores políticos pasen a ser consideradas delito, y no como hasta ahora. Las responsabilidades penales las señalan los jueces, siempre según el dictado de la ley. Y la ley se puede cambiar, precisamente por el Parlamento del que usted forma parte.
Aparte de la salida estrambótica de Llamazares, la propuesta de Montoro me parece un intento de introducir algo de rigor en la gestión pública, pero que no apunta en la dirección adecuada. En los últimos meses se ha creado un clima de opinión, según el cual el déficit es el enemigo número uno, y ya casi todo vale con tal de combatirlo. Sin embargo, el problema no es tanto el déficit, sino en qué se gasta todo el dinero que origina el déficit. Incurrir en déficit para salvar vidas, o para construir infraestructuras que generarán valor añadido es perfectamente razonable.
Lo que debería ser tipificado como delito es el empleo de dinero público para beneficiar solapadamente a los amiguetes; para hacerse publicidad más o menos encubierta; para construir aeropuertos sin vuelos, líneas férreas sin viajeros, túneles que no se pueden abrir, polideportivos que no se pueden mantener, y organismos burocráticos que no se necesitan.
Ahí va a estar el problema: en tipificar jurídicamente el despilfarro. Y por eso me temo que no se hará nada al respecto. ¿Son despilfarro las docenas de embajaditas autonómicas por el mundo? ¿es despilfarro construir una línea de tranvía? ¿contratar a un grupo musical superestelar para que la gente baile gratis en las fiestas del pueblo?
El sentido común de cada ciudadano sabe muy bien lo que es despilfarro. Pero, lamentablemente, “sentido común” y Código Penal no son siempre sinónimos.
Gaspar Llamazares, ex-secretario general de IU, ha respondido que Montoro quiere emular el “todos a la cárcel” de Berlanga, y que los políticos responden únicamente ante sus electores, o ante los jueces en caso de delito.
¡Hombre, don Gaspar! Que usted es diputado, y por lo tanto legislador… No diga babadas. De eso se trata: de legislar de manera que determinadas acciones de los gestores políticos pasen a ser consideradas delito, y no como hasta ahora. Las responsabilidades penales las señalan los jueces, siempre según el dictado de la ley. Y la ley se puede cambiar, precisamente por el Parlamento del que usted forma parte.
Aparte de la salida estrambótica de Llamazares, la propuesta de Montoro me parece un intento de introducir algo de rigor en la gestión pública, pero que no apunta en la dirección adecuada. En los últimos meses se ha creado un clima de opinión, según el cual el déficit es el enemigo número uno, y ya casi todo vale con tal de combatirlo. Sin embargo, el problema no es tanto el déficit, sino en qué se gasta todo el dinero que origina el déficit. Incurrir en déficit para salvar vidas, o para construir infraestructuras que generarán valor añadido es perfectamente razonable.
Lo que debería ser tipificado como delito es el empleo de dinero público para beneficiar solapadamente a los amiguetes; para hacerse publicidad más o menos encubierta; para construir aeropuertos sin vuelos, líneas férreas sin viajeros, túneles que no se pueden abrir, polideportivos que no se pueden mantener, y organismos burocráticos que no se necesitan.
Ahí va a estar el problema: en tipificar jurídicamente el despilfarro. Y por eso me temo que no se hará nada al respecto. ¿Son despilfarro las docenas de embajaditas autonómicas por el mundo? ¿es despilfarro construir una línea de tranvía? ¿contratar a un grupo musical superestelar para que la gente baile gratis en las fiestas del pueblo?
El sentido común de cada ciudadano sabe muy bien lo que es despilfarro. Pero, lamentablemente, “sentido común” y Código Penal no son siempre sinónimos.
martes, 17 de enero de 2012
Empresarios y emprendedores
En los últimos meses se han puesto muy de moda los emprendedores. Todo el mundo habla de ellos. El gobierno socialista estableció un discurso oficial que consistía en mostrar una abierta desconfianza hacia los empresarios, a los que consideraba una especie de ogros devoradores de bondadosos trabajadores. Según ese discurso, los empresarios formaban una especie de secta maligna, que se levantaba cada mañana pensando en la manera de despedir a sus trabajadores, al tiempo que se fumaban enormes Montecristos.
El esquema era tan simplón que no resistía el menor análisis. Nos guste o no, formamos parte de un sistema capitalista, en el que la figura del empresario es tan imprescindible como la del trabajador. Así que –recurriendo de nuevo a las triquiñuelas del lenguaje- se inventaron lo de los emprendedores: personajes admirables que decidían correr riesgos para competir, elevar el PIB, y crear puestos de trabajo.
Alguien podría apuntar que “emprendedor” es exactamente lo mismo que “empresario”, y tendría mucha razón. Pero la mentalidad colectiva ha aceptado que son cosas distintas. ¿Por qué?
“Empresarios” y “emprendedores” hacen lo mismo: tienen una empresa, contratan y despiden trabajadores, intentan prosperar más que sus competidores, y aspiran a obtener el máximo beneficio posible. ¿Por qué nos parecen cosas tan diferentes? ¿por qué los unos nos inspiran recelo o rechazo, y los otros despiertan nuestra simpatía y nuestra admiración?
Es el juego del doble lenguaje, cuya principal utilidad consiste en que permite hacer una cosa y la contraria, según interese. Se puede subir los impuestos para que los empresarios paguen más, y al tiempo se establecen subvenciones para ayudar a los emprendedores. Así todos contentos. Y lo que es más importante: así todos desorientados.
El esquema era tan simplón que no resistía el menor análisis. Nos guste o no, formamos parte de un sistema capitalista, en el que la figura del empresario es tan imprescindible como la del trabajador. Así que –recurriendo de nuevo a las triquiñuelas del lenguaje- se inventaron lo de los emprendedores: personajes admirables que decidían correr riesgos para competir, elevar el PIB, y crear puestos de trabajo.
Alguien podría apuntar que “emprendedor” es exactamente lo mismo que “empresario”, y tendría mucha razón. Pero la mentalidad colectiva ha aceptado que son cosas distintas. ¿Por qué?
“Empresarios” y “emprendedores” hacen lo mismo: tienen una empresa, contratan y despiden trabajadores, intentan prosperar más que sus competidores, y aspiran a obtener el máximo beneficio posible. ¿Por qué nos parecen cosas tan diferentes? ¿por qué los unos nos inspiran recelo o rechazo, y los otros despiertan nuestra simpatía y nuestra admiración?
Es el juego del doble lenguaje, cuya principal utilidad consiste en que permite hacer una cosa y la contraria, según interese. Se puede subir los impuestos para que los empresarios paguen más, y al tiempo se establecen subvenciones para ayudar a los emprendedores. Así todos contentos. Y lo que es más importante: así todos desorientados.
domingo, 15 de enero de 2012
Francisco Kovacs
He escuchado en RNE una entrevista al doctor Francisco Kovacs. Treinta minutos de alta concentración de sentido común educativo. La entrevista debería estar incluida en la formación de los profesores, y tendría que ser obligatoria para cualquiera que estuviera a punto de tener un hijo.
Transcribo aquí algunos de sus mensajes. Si usted está de acuerdo con ellos, no hace falta que escuche la entrevista si no tiene tiempo. Pero si no las comparte, y tiene hijos o nietos pequeños, saque tiempo de donde sea: sus hijos o nietos lo necesitan urgentemente.
• Tuve la suerte de tener unos padres que me supieron educar, y de haber nacido antes de la LOGSE.
• La educación de un niño consiste en favorecer todas las capacidades que su código genético permite.
• Si el cachete traumatizara, la humanidad no habría sobrevivido.
• Para poder ser libre como adulto, se tiene que aprender a elegir entre opociones viables.
• Hay diferencia entre “formar” y “educar”. Se forma en la escuela, pero se educa en casa.
• Se trata de hacer lo que al niño le conviene, no necesariamente lo que al niño le apetece.
• El objetivo es que hagamos atractivo para el niño lo que le resulta útil.
• El gran error es darle al niño cosas sin que se las merezca. Si se les da un premio sin que el merecimiento lo justifique no se les está haciendo un favor, sino todo lo contrario.
• La competencia despierta el espíritu, y su ausencia lo abotarga. Cualquier niño vivirá de adulto en un mundo tremendamente competitivo, y esto no es opinable.
• Hoy en día la mayor parte de las influencias que recibe un niño son perversas.
• El niño tiene que ser el último mono en casa.
• Felicidad tiene que ver con vivir de acuerdo con los principios de uno mismo, y con hacer lo que uno quiere en el sentido noble del término.
Transcribo aquí algunos de sus mensajes. Si usted está de acuerdo con ellos, no hace falta que escuche la entrevista si no tiene tiempo. Pero si no las comparte, y tiene hijos o nietos pequeños, saque tiempo de donde sea: sus hijos o nietos lo necesitan urgentemente.
• Tuve la suerte de tener unos padres que me supieron educar, y de haber nacido antes de la LOGSE.
• La educación de un niño consiste en favorecer todas las capacidades que su código genético permite.
• Si el cachete traumatizara, la humanidad no habría sobrevivido.
• Para poder ser libre como adulto, se tiene que aprender a elegir entre opociones viables.
• Hay diferencia entre “formar” y “educar”. Se forma en la escuela, pero se educa en casa.
• Se trata de hacer lo que al niño le conviene, no necesariamente lo que al niño le apetece.
• El objetivo es que hagamos atractivo para el niño lo que le resulta útil.
• El gran error es darle al niño cosas sin que se las merezca. Si se les da un premio sin que el merecimiento lo justifique no se les está haciendo un favor, sino todo lo contrario.
• La competencia despierta el espíritu, y su ausencia lo abotarga. Cualquier niño vivirá de adulto en un mundo tremendamente competitivo, y esto no es opinable.
• Hoy en día la mayor parte de las influencias que recibe un niño son perversas.
• El niño tiene que ser el último mono en casa.
• Felicidad tiene que ver con vivir de acuerdo con los principios de uno mismo, y con hacer lo que uno quiere en el sentido noble del término.
viernes, 13 de enero de 2012
Hipopótamos perplejos
El Ministerio de Asuntos Exteriores de Zapatero, acordó el reparto de 63 millones de euros en ayudas “a la cooperación”, al día siguiente de haber perdido las elecciones. Es práctica habitual en los países democráticos que un gobierno saliente se limita a tomar las decisiones imprescindibles durante los días o semanas de interregno, dejando al siguiente gobierno todas las decisiones que no sean urgentes.
Aún así, podría entenderse la adjudicación de subvenciones para casos de extrema gravedad, en los que unas semanas de demora pudieran suponer graves daños para la salud y la integridad de las personas. Pero lo que rebasa el límite del esperpento –o de la desvergüenza- es repasar el destino de muchas de esas ayudas, tanto destinadas al exterior, como a nuestro país.
Un vistazo a los enlaces nos proporciona una nítida visión de lo que era el concepto de urgencia social del anterior gobierno. Hay partidas de decenas de miles de euros para proyectos tan innecesarios como descabellados, especialmente en unos tiempos en los que los ayuntamientos no pagan a sus proveedores, las CC.AA. recortan servicios, y el gobierno central sube los impuestos. Pero a mí la que me parece más bonita es la que destina 300.000 euros “para la resolución de conflictos con los hipopótamos en Guinea”.
Desconozco cómo es la vida social de los hipopótamos. Reconozco que nunca he pensado en ellos como animales de compañía, y jamás he apadrinado un hipopótamo. Pero a la vista de la cuantía de la subvención, deduzco que esos pobres animalillos deben padecer graves conflictos, y que era más urgente atender a sus problemas que a las necesidades escolares de los niños del mismo país.
Aunque no es nada fácil, intento ponerme en la piel de esos tiernos artiodáctilos, e imaginar cuál será su perplejidad cuando vean la noticia en el Hipopótamus News. Si yo fuera hipopótamo me preguntaría cómo se van a emplear esos 300.000 euros para resolver mis conflictos. ¿Se creará un comité de mediación interhipopotamaria? ¿se formarán patrullas hipopotámicas que recorrerán los ríos? ¿acaso algunos hipopótamos serán enviados a universidades europeas para formarse como jueces?
Pero no. Tratándose de una ayuda proveniente de España, lo más probable es que el dinero se destine a los gastos de representación de un Observatorio de Conflictos entre Hipopótamos e Hipopótamas.
Aún así, podría entenderse la adjudicación de subvenciones para casos de extrema gravedad, en los que unas semanas de demora pudieran suponer graves daños para la salud y la integridad de las personas. Pero lo que rebasa el límite del esperpento –o de la desvergüenza- es repasar el destino de muchas de esas ayudas, tanto destinadas al exterior, como a nuestro país.
Un vistazo a los enlaces nos proporciona una nítida visión de lo que era el concepto de urgencia social del anterior gobierno. Hay partidas de decenas de miles de euros para proyectos tan innecesarios como descabellados, especialmente en unos tiempos en los que los ayuntamientos no pagan a sus proveedores, las CC.AA. recortan servicios, y el gobierno central sube los impuestos. Pero a mí la que me parece más bonita es la que destina 300.000 euros “para la resolución de conflictos con los hipopótamos en Guinea”.
Desconozco cómo es la vida social de los hipopótamos. Reconozco que nunca he pensado en ellos como animales de compañía, y jamás he apadrinado un hipopótamo. Pero a la vista de la cuantía de la subvención, deduzco que esos pobres animalillos deben padecer graves conflictos, y que era más urgente atender a sus problemas que a las necesidades escolares de los niños del mismo país.
Aunque no es nada fácil, intento ponerme en la piel de esos tiernos artiodáctilos, e imaginar cuál será su perplejidad cuando vean la noticia en el Hipopótamus News. Si yo fuera hipopótamo me preguntaría cómo se van a emplear esos 300.000 euros para resolver mis conflictos. ¿Se creará un comité de mediación interhipopotamaria? ¿se formarán patrullas hipopotámicas que recorrerán los ríos? ¿acaso algunos hipopótamos serán enviados a universidades europeas para formarse como jueces?
Pero no. Tratándose de una ayuda proveniente de España, lo más probable es que el dinero se destine a los gastos de representación de un Observatorio de Conflictos entre Hipopótamos e Hipopótamas.
lunes, 9 de enero de 2012
Pobres y desfavorecidos
La ingeniería social no es nueva. Diferentes élites han puesto en marcha ambiciosos proyectos para transformar la sociedad a la medida de sus deseos. Los resultados han sido muy diversos, pero no se conoce ningún caso en el que se hayan correspondido perfectamente con lo que habían previsto los diseñadores del cambio.
Como observó Robert K. Merton, en 1936, siempre existen consecuencias inesperadas de la acción social. La materia prima de la ingeniería social no es aluminio o cerámica, sino seres humanos que reaccionan individualmente a los cambios, que actúan movidos por emociones, y que terminan desvirtuando el proyecto diseñado.
El ámbito político idóneo para intentar esos cambios son los regímenes totalitarios. Pero los sistemas democráticos no se salvan de los intentos de manipulación social. En la España reciente se han puesto en marcha planes de ingeniería social apoyados en dos patas: la legislación y el lenguaje. Por la vía de la legislación se ha pensado que bastaba con cambiar la ley para cambiar la sociedad. Buenos ejemplos son la Ley de Igualdad, la Ley Antitabaco, o la Ley de Memoria Histórica.
Pero la que me parece más interesante es la vía del lenguaje. El método es simple: se trata de cambiar la denominación de determinados conceptos. De esta forma el concepto al que se alude sigue siendo el mismo, pero con la nueva palabra “parece” diferente, y además se le dota de un nuevo significado.
Un buen ejemplo es la palabra “desfavorecidos”, que se emplea ahora para referirse a lo que en español se conoce como “pobres”. Aparentemente, “pobre” y “desfavorecido” tienen significados equivalentes. Cuando sale un ministro hablando de los desfavorecidos, todos visualizamos mentalmente a un pobre, pero aceptamos “desfavorecido” como animal de compañía, y vamos adoptando el término en nuestro lenguaje.
Pero no es lo mismo. “Pobre” alude a una situación objetiva, dentro de un determinado contexto social. Es decir: se es pobre en relación a otros que no lo son. Pero se puede medir la pobreza, y sus signos son perfectamente observables. La palabra “pobre” hace referencia a una situación, pero no a sus causas.
En cambio, la palabra “desfavorecido” implica la noción de otro agente: el desfavorecedor. Puede ser cualquier cosa (el Estado, el sistema capitalista, un empresario, o la Providencia divina). Pero “desfavorecido” es un participio sustantivado, que proviene del verbo desfavorecer. Por lo tanto en la expresión “desfavorecido” va implícita la acción de alguien que desfavorece.
El pobre puede serlo a causa de una enfermedad, de un accidente, o de la mala intención de otros. Pero también puede ser él mismo el responsable de su pobreza: por alcoholismo, abandono escolar prematuro, delincuencia, estulticia, o indolencia. Por el contrario, el desfavorecido no tiene responsabilidad alguna en su situación. Siempre tiene que haber otros que le hayan privado del favor al que tenía derecho.
Dos palabras que parecen sinónimos, pero que no lo son. Ingeniería social que tendrá consecuencias imprevistas que aún no conocemos.
Como observó Robert K. Merton, en 1936, siempre existen consecuencias inesperadas de la acción social. La materia prima de la ingeniería social no es aluminio o cerámica, sino seres humanos que reaccionan individualmente a los cambios, que actúan movidos por emociones, y que terminan desvirtuando el proyecto diseñado.
El ámbito político idóneo para intentar esos cambios son los regímenes totalitarios. Pero los sistemas democráticos no se salvan de los intentos de manipulación social. En la España reciente se han puesto en marcha planes de ingeniería social apoyados en dos patas: la legislación y el lenguaje. Por la vía de la legislación se ha pensado que bastaba con cambiar la ley para cambiar la sociedad. Buenos ejemplos son la Ley de Igualdad, la Ley Antitabaco, o la Ley de Memoria Histórica.
Pero la que me parece más interesante es la vía del lenguaje. El método es simple: se trata de cambiar la denominación de determinados conceptos. De esta forma el concepto al que se alude sigue siendo el mismo, pero con la nueva palabra “parece” diferente, y además se le dota de un nuevo significado.
Un buen ejemplo es la palabra “desfavorecidos”, que se emplea ahora para referirse a lo que en español se conoce como “pobres”. Aparentemente, “pobre” y “desfavorecido” tienen significados equivalentes. Cuando sale un ministro hablando de los desfavorecidos, todos visualizamos mentalmente a un pobre, pero aceptamos “desfavorecido” como animal de compañía, y vamos adoptando el término en nuestro lenguaje.
Pero no es lo mismo. “Pobre” alude a una situación objetiva, dentro de un determinado contexto social. Es decir: se es pobre en relación a otros que no lo son. Pero se puede medir la pobreza, y sus signos son perfectamente observables. La palabra “pobre” hace referencia a una situación, pero no a sus causas.
En cambio, la palabra “desfavorecido” implica la noción de otro agente: el desfavorecedor. Puede ser cualquier cosa (el Estado, el sistema capitalista, un empresario, o la Providencia divina). Pero “desfavorecido” es un participio sustantivado, que proviene del verbo desfavorecer. Por lo tanto en la expresión “desfavorecido” va implícita la acción de alguien que desfavorece.
El pobre puede serlo a causa de una enfermedad, de un accidente, o de la mala intención de otros. Pero también puede ser él mismo el responsable de su pobreza: por alcoholismo, abandono escolar prematuro, delincuencia, estulticia, o indolencia. Por el contrario, el desfavorecido no tiene responsabilidad alguna en su situación. Siempre tiene que haber otros que le hayan privado del favor al que tenía derecho.
Dos palabras que parecen sinónimos, pero que no lo son. Ingeniería social que tendrá consecuencias imprevistas que aún no conocemos.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Cien horas
Hay un nuevo gobierno en España. Durante los últimos siete años numerosos comentarios llamando la atención sobre lo que a mí me parecían incoherencias, banalidades, ocurrencias, desatinos y mentiras de los sucesivos gobiernos de Rodríguez Zapatero. En este tiempo algunas personas me han criticado por estar excesivamente pendiente –según ellos- del señor Zapatero, y prestar poca atención a los errores y fallos del señor Rajoy. Siempre he respondido que al que hay que vigilar muy de cerca es al gobierno, por la sencilla razón de que sus errores se traducen siempre en perjuicios para los ciudadanos.
Coherentemente con eso, a partir de ahora mi atención va a estar focalizada principalmente en el nuevo gobierno, y mis amigos podrán comprobar que me ocupo mucho menos de los avatares que tengan que ver con el PSOE. Existe la tradición de conceder a los nuevos gobiernos cien días de tregua, para darles tiempo a aterrizar y empezar a tomar decisiones.La crítica situación del país no permite semejante lujo, y, al menos por mi parte, sólo les concederé cien horas.
Con el mismo espíritu crítico, trataré de destapar cualquier “fechoría” que puedan cometer el nuevo presidente y los nuevos ministros. En mi balance particular iré reflejando en el “debe” las decisiones que me parezcan inadecuadas, pero sobre todo las conductas partidistas o sectarias; las mentiras o medias verdades; las contradicciones; y los silencios culpables o cómplices. En el “haber” tendrán que aparecer lo que me parezcan aciertos, los comportamientos orientados al interés general; las explicaciones claras y veraces; y ¿por qué no? la ausencia de bobadas a las que tan acostumbrados estamos.
Y como estamos dentro de esas cien horas de gracia, anotaré la primera de las bobadas no cometidas: se ha nombrado un gobierno sin preocuparse de que en las cómodas sillas del Consejo de Ministros haya el mismo número de calzoncillos que de bragas. Algo es algo.
Coherentemente con eso, a partir de ahora mi atención va a estar focalizada principalmente en el nuevo gobierno, y mis amigos podrán comprobar que me ocupo mucho menos de los avatares que tengan que ver con el PSOE. Existe la tradición de conceder a los nuevos gobiernos cien días de tregua, para darles tiempo a aterrizar y empezar a tomar decisiones.La crítica situación del país no permite semejante lujo, y, al menos por mi parte, sólo les concederé cien horas.
Con el mismo espíritu crítico, trataré de destapar cualquier “fechoría” que puedan cometer el nuevo presidente y los nuevos ministros. En mi balance particular iré reflejando en el “debe” las decisiones que me parezcan inadecuadas, pero sobre todo las conductas partidistas o sectarias; las mentiras o medias verdades; las contradicciones; y los silencios culpables o cómplices. En el “haber” tendrán que aparecer lo que me parezcan aciertos, los comportamientos orientados al interés general; las explicaciones claras y veraces; y ¿por qué no? la ausencia de bobadas a las que tan acostumbrados estamos.
Y como estamos dentro de esas cien horas de gracia, anotaré la primera de las bobadas no cometidas: se ha nombrado un gobierno sin preocuparse de que en las cómodas sillas del Consejo de Ministros haya el mismo número de calzoncillos que de bragas. Algo es algo.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Decir siempre la verdad, aunque duela
Mariano Rajoy ha expuesto su discurso de investidura en el Congreso. La expectación era máxima, y por fin ha mostrado algunas de las políticas que tiene la intención de aplicar. La Bolsa ha reaccionado al alza, y, como era de esperar, todos los portavoces de la oposición se han mostrado “decepcionados”.
Ha mencionado muchas de las cosas que va a hacer, y ha dejado en silencio otras muchas de las que habría que hacer. No voy a entrar a valorar ahora las medidas que me gustan y las que no me gustan. Sólo me voy a detener en una de las primeras frases que ha pronunciado: el compromiso de “decir siempre la verdad, aunque duela”.
Ignoro si llevará a la práctica esa promesa. Pero me parece un buen comienzo, y un giro copernicano del estilo gubernamental que hemos venido padeciendo. Han sido siete años de bonitas mentiras, de cuentos de hadas, de paños calientes. Todo el potencial del aparato burocrático y propagandístico de un partido y de dos grupos de comunicación. Cualquier cosa con tal de no preocupar al ciudadano. Todo iba a ir bien, todo tenía que ir bien: la seguridad, la economía, la convivencia, la unidad de la nación. Todo saldría bien porque así lo decía el catecismo buenista del “pensamiento Alicia”.
Siete años placenteros, de adormecimiento, de renuncia a las preocupaciones, de cuarenta millones de bebés sonrientes. Siete años sin dolor. Siete años de mentiras. Si de verdad cambia eso, ya será un gran cambio, para empezar.
Ha mencionado muchas de las cosas que va a hacer, y ha dejado en silencio otras muchas de las que habría que hacer. No voy a entrar a valorar ahora las medidas que me gustan y las que no me gustan. Sólo me voy a detener en una de las primeras frases que ha pronunciado: el compromiso de “decir siempre la verdad, aunque duela”.
Ignoro si llevará a la práctica esa promesa. Pero me parece un buen comienzo, y un giro copernicano del estilo gubernamental que hemos venido padeciendo. Han sido siete años de bonitas mentiras, de cuentos de hadas, de paños calientes. Todo el potencial del aparato burocrático y propagandístico de un partido y de dos grupos de comunicación. Cualquier cosa con tal de no preocupar al ciudadano. Todo iba a ir bien, todo tenía que ir bien: la seguridad, la economía, la convivencia, la unidad de la nación. Todo saldría bien porque así lo decía el catecismo buenista del “pensamiento Alicia”.
Siete años placenteros, de adormecimiento, de renuncia a las preocupaciones, de cuarenta millones de bebés sonrientes. Siete años sin dolor. Siete años de mentiras. Si de verdad cambia eso, ya será un gran cambio, para empezar.
viernes, 18 de noviembre de 2011
Sobre galgos y podencos
En una fábula de Tomás de Iriarte se relata como dos conejos perseguidos por unos perros, se paran a discutir si se trata de galgos o de podencos. Tanto se enfrascan en la discusión, que los perros les alcanzan y les devoran.
Algo así nos ocurre a los incautos conejillos españoles. Andamos discutiendo si los que vienen son los del PP o los del PSOE. Oímos sus discursos, o sus ladridos, que suenan muy parecidos, y nos parece importante distinguir a unos de otros.
Pero esa no es la cuestión. Sean galgos o podencos, harán lo que está en su naturaleza. Lo que han venido demostrando que saben hacer cuando han estado en los gobiernos. Acaparar el poder; repartir cargos, subvenciones y prebendas entre los afines; poner trabas a la transparencia; asegurarse el futuro; mantener una ley electoral injusta; permitir la fragmentación de la administración en 17 virreinatos; impedir que nuevos partidos aporten aire fresco a las instituciones. Mentir con la mayor desvergüenza; acusarse el uno al otro de ser el causante de todos los males del planeta; falsear la historia.
¡Qué importa si son galgos o son podencos! Lo que cuenta es lo que harán si nos pillan.
Algo así nos ocurre a los incautos conejillos españoles. Andamos discutiendo si los que vienen son los del PP o los del PSOE. Oímos sus discursos, o sus ladridos, que suenan muy parecidos, y nos parece importante distinguir a unos de otros.
Pero esa no es la cuestión. Sean galgos o podencos, harán lo que está en su naturaleza. Lo que han venido demostrando que saben hacer cuando han estado en los gobiernos. Acaparar el poder; repartir cargos, subvenciones y prebendas entre los afines; poner trabas a la transparencia; asegurarse el futuro; mantener una ley electoral injusta; permitir la fragmentación de la administración en 17 virreinatos; impedir que nuevos partidos aporten aire fresco a las instituciones. Mentir con la mayor desvergüenza; acusarse el uno al otro de ser el causante de todos los males del planeta; falsear la historia.
¡Qué importa si son galgos o son podencos! Lo que cuenta es lo que harán si nos pillan.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Profecías autocomplidas
Supongamos una cafetería con una clientela normal y variada. Alguien extiende el rumor de que en el establecimiento hay mucho “ligoteo”. En la medida que el rumor va tomando fuerza, algunas clientes dejan de entrar por temor a que se las ponga determinada etiqueta. Al mismo tiempo, otra clase de clientes, interesados en ligar, van acudiendo por primera vez a la cafetería. Al cabo de unos meses la clientela ha cambiado, y, efectivamente, abunda el “ligoteo”. Eso es una profecía autocumplida.
Así funcionan las encuestas preelectorales. Se extiende el rumor –además dotado de un halo científico- de qué resultados va a haber en unas elecciones, y millones de personas reaccionan en base a unos hechos que todavía no se han producido. Calculan su voto en función de esas previsiones, y finalmente las previsiones terminan cumpliéndose.
Las encuestas se hacen sobre una muestra de unos pocos miles de personas. Técnicamente, las muestras son válidas. Sin embargo, lo cierto es que a muchos millones de personas nadie les pregunta lo que van a votar, pero su decisión se verá afectada por lo que esos pocos miles han dicho que van a hacer.
Resulta apasionante plantearse ciertas hipótesis: ¿qué pasaría si los muchos millones a los que no se les ha preguntado decidieran llevarle la contraria a los pocos miles que han dicho lo que van a hacer? ¿Qué ocurriría si nadie se preocupara por lo que dicen las encuestas, y cada cual decidiera votar al partido que le inspira más confianza?
Así funcionan las encuestas preelectorales. Se extiende el rumor –además dotado de un halo científico- de qué resultados va a haber en unas elecciones, y millones de personas reaccionan en base a unos hechos que todavía no se han producido. Calculan su voto en función de esas previsiones, y finalmente las previsiones terminan cumpliéndose.
Las encuestas se hacen sobre una muestra de unos pocos miles de personas. Técnicamente, las muestras son válidas. Sin embargo, lo cierto es que a muchos millones de personas nadie les pregunta lo que van a votar, pero su decisión se verá afectada por lo que esos pocos miles han dicho que van a hacer.
Resulta apasionante plantearse ciertas hipótesis: ¿qué pasaría si los muchos millones a los que no se les ha preguntado decidieran llevarle la contraria a los pocos miles que han dicho lo que van a hacer? ¿Qué ocurriría si nadie se preocupara por lo que dicen las encuestas, y cada cual decidiera votar al partido que le inspira más confianza?
martes, 8 de noviembre de 2011
Y ganaron los dos
Y ganaron los dos
Se ha producido “El Debate”. Hoy es el día de los análisis, de las encuestas para saber quién ha ganado. Otra muestra del despiste nacional: en lugar de centrarnos en el contenido de sus palabras, lo que cuenta es quién ha quedado mejor.
Una mentira más, otro espectáculo de prestidigitación. “El Debate” no ha sido un combate, sino una danza ritual, en la que los dos participantes han girado uno en torno al otro, exhibiendo sus plumajes de colorines. Una danza más o menos vistosa, destinada únicamente a un objetivo: ganar.
Hoy todo el mundo se entretiene hablando de ellos dos. Rajoy y Rubalcaba, Rubalcaba y Rajoy. En el imaginario mediático y social sólo queda eso: dos opciones, las dos caras de la misma moneda. Todos los demás candidatos han desaparecido. Ni Cayo Lara, ni Rosa Díez. Sólo Rubalcaba y Rajoy, Rajoy y Rubalcaba.
Han ganado los dos. “El Debate” ha sido un despliegue mediático destinado a eclipsar a los demás. Sólo los ciudadanos más responsables podrán recordar hoy que existen otras opciones electorales más fiables que las que representan estos dos antiguos políticos. No se trataba de confrontar nada. Se trataba de darle un impulso decisivo al bipartidismo.
Se ha producido “El Debate”. Hoy es el día de los análisis, de las encuestas para saber quién ha ganado. Otra muestra del despiste nacional: en lugar de centrarnos en el contenido de sus palabras, lo que cuenta es quién ha quedado mejor.
Una mentira más, otro espectáculo de prestidigitación. “El Debate” no ha sido un combate, sino una danza ritual, en la que los dos participantes han girado uno en torno al otro, exhibiendo sus plumajes de colorines. Una danza más o menos vistosa, destinada únicamente a un objetivo: ganar.
Hoy todo el mundo se entretiene hablando de ellos dos. Rajoy y Rubalcaba, Rubalcaba y Rajoy. En el imaginario mediático y social sólo queda eso: dos opciones, las dos caras de la misma moneda. Todos los demás candidatos han desaparecido. Ni Cayo Lara, ni Rosa Díez. Sólo Rubalcaba y Rajoy, Rajoy y Rubalcaba.
Han ganado los dos. “El Debate” ha sido un despliegue mediático destinado a eclipsar a los demás. Sólo los ciudadanos más responsables podrán recordar hoy que existen otras opciones electorales más fiables que las que representan estos dos antiguos políticos. No se trataba de confrontar nada. Se trataba de darle un impulso decisivo al bipartidismo.
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