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jueves, 27 de agosto de 2020

¿Qué pasó con el queso?

 Spencer Johnson, en su libro ¿Quién se ha llevado mi queso?, narra las reacciones de dos ratones cuando descubren que no está el trozo de queso que alguien dejaba cada día en el mismo lugar. Me he acordado de este librito al reflexionar sobre lo que nos está pasando en España.

 

Al levantarnos cada día nos encontrábamos con nuestro queso. Estaba ahí, aunque no siempre supiéramos apreciarlo y a veces lo contempláramos con menosprecio.

 

Un sistema sanitario que atendía a cualquier persona. Un sistema educativo que, aunque mediocre, escolarizaba a todos, y permitía obtener un título universitario a cualquiera que decidiera estudiar. Un sistema político democrático y estable, aunque salpicado con feas manchas de corrupción. 17 parlamentos autonómicos. Más kilómetros de tren de alta velocidad que en EE.UU. Universidades en cada provincia. Pabellones polideportivos en los pueblos más pequeños. Nueve millones de pensionistas recibiendo puntualmente su paga. Reparto de subvenciones a granel. Subsidio de desempleo. Ayudas especiales para discapacitados, dependientes, mujeres, inmigrantes.  Más bares por habitante que en ningún otro país, con suculentas tapas y amplias terrazas.

 

Naturalmente, no era Jauja. El queso no era todo lo grande y bueno que hubiéramos deseado. Pero era nuestro queso. Ahora la Covid19 ha tenido el capricho de cebarse con nosotros, y las consecuencias sanitarias y económicas amenazan con hacer desaparecer nuestro queso, al menos tal como lo conocíamos. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros?

 

El libro ¿Quién se ha llevado mi queso? parece un cuento infantil. Es breve y ameno. Si no lo ha leído, le recomiendo que lo haga. Es posible que las distintas maneras de reaccionar de los dos ratones le dé algo en qué pensar.

sábado, 4 de abril de 2020

Darwin y los juncos


Se suele decir que la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies establece que son los individuos más fuertes los que mejor sobreviven. Sin embargo, tal creencia es errónea. Lo que Darwin descubrió es que los que sobreviven no son los más fuertes sino los individuos que mejor se adaptan a su medio ambiente. Hay que señalar que, en el caso de los seres humanos del siglo XXI, ya no es tan determinante el medio ambiente de la naturaleza como el medio ambiente social.

La pandemia del Covid-19 que tan duramente nos está golpeando ha supuesto un importante cambio en el medio ambiente social al que estábamos todos más o menos adaptados. El confinamiento en los hogares, la paralización del comercio, la industria y el turismo, así como las previsibles consecuencias económicas de todo esto suponen un cambio tan importante como brusco, al que no resulta fácil adaptarse.

A las dificultades corrientes de la vida en el ámbito familiar, laboral, económico, de salud, etc., hay que añadir ahora la inquietud –más bien la angustia- por el riesgo de contagio, el agobio del encierro, y la incertidumbre ante el futuro. Nadie puede escapar a los efectos de la pandemia, y todos vamos a salir malparados en mayor o menor medida. Los miembros del gobierno nos aseguran que “nadie se va a quedar atrás”. Es una burda mentira. Cuando la pandemia termine todos habremos retrocedido algunos pasos.

No obstante, sigue siendo válido el postulado de Darwin. Sobrevivirán mejor los que mejor y más pronto se adapten a esta nueva situación. Algunos pensarán que esto es imposible, pero se equivocan. Uno de los escenarios más terribles que puedan castigar a una sociedad es la guerra. Pero incluso en las guerras –cuando son de larga duración- la gente termina adaptándose. Los niños siguen jugando y riendo en las calles. Los adultos se reúnen con sus amigos entre bombardeo y bombardeo, y encuentran ocasiones para divertirse. Se enamoran y hacen planes para el futuro.

Cuando al final termina la contienda todos lloran a sus muertos, pero los que se habían adaptado encuentran fuerzas, energía y oportunidades para seguir adelante y continuar viviendo.

Por desgracia, otros, los que no fueron capaces de esa adaptación, suelen quedar en la cuneta, marcados para el resto de sus días por una situación a la que no fueron capaces de adaptarse.

Pensemos en ello. Depende principalmente de nuestra actitud. Podemos elegir entre rendirnos y retirarnos a llorar en un rincón, añorando lo que hemos perdido en la catástrofe. O bien adaptarnos a una nueva realidad, tomar las medidas de precaución para evitar el contagio, y darle la cara a un futuro que vamos a superar, aunque sea en condiciones menos favorables.

Los débiles juncos se inclinan ante la fuerza del vendaval para erguirse de nuevo cuando éste pasa. El robusto roble, en cambio, no tiene esa flexibilidad y puede resultar abatido por el viento.


jueves, 8 de marzo de 2018

Brindo por ellas


Hoy quiero hacer un brindis por las mujeres. Por esas mujeres afganas, saudís, marroquís, etc., cuya vida transcurre a la sombra de un varón –padre, hermano, marido o hijo-, y cuyo estatus sólo está ligeramente por encima del de un camello o una cabra.

También brindo por esas mujeres españolas que consiguen desempeñar un trabajo remunerado, además de atender el hogar, educar a los hijos, cuidar a algún familiar anciano o enfermo.

Un tercer brindis por esa mitad de la población española que nunca se jubila del todo. Esas mujeres mayores que siguen llevando todo el peso de las tareas domésticas hasta el final de sus días, o hasta que el Alzheimer borra su memoria.

Y aún a riesgo de pasarme de tragos, brindaré también por todas esas mujeres que no se hacen las víctimas porque no lo son. Las que asumen con naturalidad las diferencias biológicas que la naturaleza impone, y las consecuencia que se derivan de ellas. Las que se sienten incómodas con tantas asociaciones de mujeres, talleres para mujeres, cursos para mujeres, concursos para mujeres, casas de la mujer e institutos de la mujer. Las que no necesitan de cuotas por sexo para demostrar su valía y ascender en su carrera profesional. Las que no ven a los hombres como enemigos sino como seres humanos con las mismas virtudes y debilidades que ellas. Las que no permiten que ningún varón se erija en su guía, su protector, su amo. Las que no admiten que ninguna feminista decida el guión de su vida.

Se me acaba la botella y no puedo brindar por las otras mujeres. Las que se recrean con su resentimiento, su amargura, su victimismo, su frustración o su odio. Estoy seguro de que ellas no necesitan mi brindis. Prefieren hacer una huelga. Generala, por supuesto.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Los monos de Harlow

El psicólogo norteamericano Harry Harlow llevó a cabo un experimento con monos recién nacidos a los que separó de sus madres. Los introdujo en una jaula en la que había dos muñecos: uno de alambre desnudo y otro recubierto de felpa, con un aspecto similar al de una madre mona. El muñeco de alambre disponía de un biberón en el que podían beber los monitos, mientras que la “mona” de felpa no tenía nada que ofrecerles. Sin embargo, el experimento demostró que los monitos preferían permanecer junto a la “mona” de felpa, acudiendo al muñeco de alambre sólo el tiempo imprescindible para alimentarse. Se demostró que el factor afectivo-emocional tenía más fuerza para los pequeños monitos que la necesidad biológica de alimentarse.

Durante los últimos años, en Cataluña los mesías del independentismo han enarbolado el señuelo de la tierra prometida, y más de dos millones de catalanes se lo han creído. Los acontecimientos de los últimos meses han demostrado que todo era un espejismo. El referéndum convocado resultó un fiasco, ningún gobierno del mundo ha reconocido la declaración de independencia, más de 3.000 empresas han huído de Cataluña, el turismo ha descendido, el comercio también. El profeta Puigdemónt se ha largado a lugar seguro, abandonando a “su pueblo”. Al menos a dos docenas de sus apóstoles les aguarda un sombrío futuro carcelario. En muchs familias algunos de sus miembros han dejado de hablarse Todo les ha salido mal porque todo ha sido una pura insensatez.


Y a pesar de todo ese desastre casi la mitad de los votantes han vuelto a elegir a los mismos que le han traído el declive económico, la disensión en las familias y un futuro incierto. Como hicieron los monitos de Harlow, los factores afectivo-emocionales han sido más poderosos para ellos que las realidades objetivas. La gran diferencia con los simios del experimento estriba en que éstos, al convertirse en adultos, reconocen la impostura del muñeco de felpa, la abandonan, y empiezan a ocuparse de buscar alimento, aparearse, y vivir lo mejor posible. En cambio, cada año que pasa, una nueva camada de catalanes de Harlow se incorpora al censo electoral, convenientemente adoctrinados para buscar el abrigo de una quimera que camina en sentido contrario al de la Historia.

jueves, 19 de octubre de 2017

La razón de la sinrazón

Hace unos días, Richard Thaler ha obtenido el Premio Nobel de Economía por sus investigaciones sobre los factores emocionales que impulsan a conductas irracionales en las decisiones económicas. Si la irracionalidad campea en un ámbito tan propicio a la cuantificación y la comparación objetivas como es la Economía, ¿qué podremos decir de otras áreas tan subjetivas como la Política?

Es imposible convencer con razonamientos a un yihadista dispuesto a activar el cinturón de explosivos que rodea su cintura de que no es cierto que su acto le vaya a conducir directamente a un paraíso celestial colmado de placeres para la eternidad. No es posible razonar contra la fe. No existen razonamientos válidos contra la superstición.

Es ilusorio esperar que los secesionistas de Cataluña atiendan a razones. Ni las declaraciones de los gobiernos europeos, ni los avisos de organizaciones internacionales, ni la estampida de empresas huyendo de Cataluña, ni las advertencias de las instituciones del Estado, ni las señales de alarma de los hoteleros o los vendedores de automóviles, nada, absolutamente nada, puede hacer cambiar de criterio a las mentes enloquecidas que se disponen a activar una bandera estelada, por dañinas que puedan ser las consecuencias para ellos mismos.

El gran reto para el Gobierno y las demás instituciones del Estado no es desactivar a los dirigentes políticos de Cataluña. Al fin y al cabo, para un político “siempre” significa “de momento”, y “nunca” quiere decir “ya veremos”. Lo verdaderamente difícil será conseguir devolver la racionalidad a los que se han creído que la Abadía de Monserrat puede hacer milagros.


No existen métodos sencillos para hacer desaparecer el delirio de cientos de miles de cabezas. Harían falta miles de psicólogos trabajando durante años. Pero se podría empezar eliminando los principales causantes del enloquecimiento colectivo: el adoctrinamiento permanente a través de los medios de comunicación autonómicos y el modelo educativo en vigor en Cataluña.

lunes, 10 de octubre de 2016

¿Eres feliz o de Podemos?

Si analizamos el discurso de Podemos veremos que consiste en un largo catálogo de denuncias sobre agravios, injusticias y abusos, que supuestamente padece “la gente” (es decir, los que deberían votarles a ellos), a manos de actores como “la casta”, “la Merkel”, la banca, o el IBEX35. Dibujan un cuadro muy simple de víctimas y verdugos. Millones de seres que sufren injustamente, y unos pocos miles que disfrutan haciéndoles sufrir. La idea que vertebra toda su teoría es que si las cosas no salen como yo quiero, siempre es por culpa de otros. Su mensaje da a entender que eliminando a esos malvados verdugos, la humanidad entera viviría en la prosperidad y sería feliz.

Ese es el contenido. Pero si nos fijamos en el tono, en la actitud con que lanzan el discurso, observaremos que flota en un océano de amargura, de rencor, de ansia de venganza, de envidia, y de odio. Son el paradigma del cabreo permanente.

No es el caso de todos los que les han votado. Gran parte de ellos son personas que ingenuamente creen que existen soluciones sencillas para problemas muy complejos. Pero la principal bandera de los dirigentes y de la mayor parte de los militantes es el odio.

Odio al que tiene más que uno, sin importar si se ha esforzado más. Odio a la monarquía, aunque nada garantiza que una república fuera mejor. Odio al catolicismo, como si el marxismo no fuera otra religión. Odio al pasado, como si ellos fueran el Big Bang de la políti––ca.

La felicidad es el tesoro más buscado por todos los seres humanos.  El anhelo de vivir mejor es otro deseo universal. La persona feliz es la que, sea cual sea su situación, hace lo que esté en su mano para mejorarla, sin obsesionarse con ello, y sin dejar de valorar y disfrutar lo que tiene a su alcance. Dejando aparte la falta de salud, hay cuatro elementos absolutamente incompatibles con la felicidad: amargura, rencor, envidia y odio. No se puede estar siempre cabreado y ser feliz.


viernes, 6 de mayo de 2016

La antipolítica


La política es el arte de gestionar el gobierno de una sociedad. En las democracias el poder se alcanza obteniendo la confianza de los ciudadanos, y en las dictaruras se obtiene mediante la fuerza.

En España, la política es el oficio de alcanzar el poder para ejercerlo en beneficio propio y de los afines, y el poder se alcanza sembrando la desconfianza hacia los partidos adversarios. En España no se practica la política, sino la antipolítica.

La mitad de la población no puede entender que un militante del Partido Comunista de España puede ser una persona honrada y bienintencionada que cree sinceramente que su ideología es lo mejor para todos. La otra mitad pinsa lo mismo respecto a un militante de Falange Española.

Pablo Iglesias se pasó dos años denostando a “la casta”, hasta que logró entrar a formar parte de ella. Desde entonces no ha vuelto a salir de su boca la palabra “casta”. Pedro Sánchez se ha negado a dialogar con el Partido Popular, lo que no supone un desprecio hacia Mariano Rajoy, sino hacia los millones de ciudadanos que votaron a ese partido. Alber Rivera no quiere saber nada de Podemos, y estos no quieren ni oír hablar del Partido Popular.

¿De verdad se odian tanto como parece? ¿Realmente son tan cerriles como para no reconocer que todos los partidos son igualmente legítimos?

Estoy convencido de que no es así. De hecho –fuera de las tribunas y lejos de las cámaras- conversan, dialogan, se cuentan chistes y comparten un aperitivo. Pero hay que mantener la ficción de las dos Españas, agitar el fantasma del franquismo, inculcar en los españoles un odio absurdo hacia los que piensan de otra manera.

¿A qué se debe esta conducta tan impropia de un país teóricamente democrático, y que no se da en ninguna otra democracia avanzada? Seguramente porque es la única manera de obtener el respaldo incondicional de “sus adeptos”. Sólo así consiguen que los ciudanos pasen por alto sus mentiras, sus trapicheos, sus discursos demagógicos y sus incumplimientos.

Y lo han logrado. En las próximas elecciones el grueso de la población no va a votar a favor de un partido u otro, sino contra uno u otro. Es el voto “anti”, es el resultado de la antipolítica.

viernes, 25 de septiembre de 2015

El malcriado


Cuando en una familia hay un hijo malcriado, impertinente, protestón, maleducado, exigente, egoísta, prepotente y siempre insatisfecho, no es culpa del hijo, sino de quienes no han sabido educarle.

Es el caso de los españoles que viven en Cataluña, pero no quieren ser españoles porque se han dejado seducir por el canto de sirrena nacionalista que les ha prometido el Paraíso de una Cataluñá independiente.

No es, pues, a esos catalanes –españoles, a su pesar- a los que hay que intentar convercer de una realidad que no quieren ver, porque –como suele suceder- los sueños son más atractivos que las realidades.

Son los padres del Gobierno de la nación, y también los hermanos de Cuenca, de Ávila, de Zamora o de Teruel los que tienen que cambiar por completo su actitud y su conducta respecto a los malcriados. Estos han llegado a ser como son por culpa de la debilidad de aquellos. De su indolencia, de su inhibición, de su permisividad y de su cobardía. Han actuado durante 35 añós como el padre que deja que su hijo se atiborre de caramelos con tal de no oírle llorar, y ahora sufren los desprecios, los insultos y los empujones de esa malcriado insoportable.

Año tras año aumenta el número de denuncias de padres maltratados por sus hijos. No es que los padres se hayan vuelto intransigentes. Es que la situación familiar se ha vuelto tan insotenible que se ven obligados a tomar esa medida, con todo el dolor que supone llevar a un hijo ante la Justicia.

Ahora, tras décadas de dejación de sus responsabilidades, ese es el único camino que queda a partir del 27 de septiembre, y sea cual sea el resultado de las elecciones en Cataluña. Hay que acudir a la Justicia para que aplique la ley, y toda la ley. Hay que coger la Constitución y su artúculo 155 con una mano, y con la otra el Tribunal Constitucional, la Fiscalía, y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

No se trata de suspender la autonomía en Cataluña, sino de intervenir las instituciones clave en la malcrianza: la Consellería de Educación, TV3 y la radio pública de Cataluña. El Estado tiene que hacer valer de una vez por todas su legitimidad democrática y el respaldo internacional para actuar sin complejos. No se le puede dar ni un caramelo más al malcriado. Es cierto que es diferente de sus hermanos, pero no es mejor. Es más egoísta, más insolidario, más altanero y más bravucón.


Se han perdido 35 años intentando con buenas palabras hacerle ver que iba por mal camino. Ha llegado el momento de ponerse firmes y dejarse de contamplaciones. Si el malcriado no quiere entender razones, tendrá que entender las acciones.

sábado, 6 de junio de 2015

Lamer el culo

(Pido disculpas por la ordinariez del título, pero es lo que describe a la perfección este comentario).

Hablaba con un amigo sobre los malos resultados electorales que ha obtenido UPyD en los últimos meses. “es que tenéis que cambiar de rumbo”, me decía. “Está muy bien eso de no casarse con nadie, y cantarle las verdades al lucero del alba, pero lo único que conseguís es pisar demasiados callos. Los poderosos no están dispuestos a perder sus privilegios, y harán todo lo posible para ningunearos o desacreditaros”.

Le respondí que justamente para eso nació UPyD, para decirle a la gente la verdad, y para pisar todos los callos que haga falta con tal de desmontar el entramado de intereses cruzados que impide que España se convierta de una vez en una democracia avanzada.

“Hazme caso: una buena lamida de culo a tiempo abre muchas puertas”, sentenció.

Me quedé pensando en esas palabras. Efectivamente, ese es el camino que muchas personas y organizaciones siguen para encumbrarse. Después de todo, sólo se trata de una estrategia para alcanzar el poder, y una vez logrado se está en situación de influir para cambiar las cosas. En cambio, sin tener el poder poco es lo que se puede hacer.

Sin embargo, esa manera de actuar supone una corrupción ética, moral, si no económica. Y lo que me pregunto es ¿se puede ser sólo un poco corrupto? ¿Una vez que aceptamos que es lícito corromperse por un buen fin, no encontraremos justificación para más corrupciones por otros “buenos fines”? ¿con qué legitimidad puede combatir la corrupción, la menira y la prevaricación quién se ha servido de ellas para sus fines?

Cada uno tendrá su respuesta. Yo me quedo con la frase de Dolores Ibarruri, La Pasionaria: “Más vale morir de pie que vivir de rodillas”.


viernes, 29 de mayo de 2015

¿Qué hay de merienda?


Tradicionalmente, cuando los niños volvían del colegio a casa por la tarde, hambrientos, lo primero que preguntaban era “¿qué hay de merienda?”. Entonces la madre les decía lo que había, lo preparaba, y ellos lo devoraban felizmente.

Pero desde hace unas décadas las cosas fueron cambiando. Los niños seguían volviendo a casa hambrientos, pero las madres empezaron a ser ellas las que preguntaban: “¿qué quieres merendar?”. Los niños hacían su petición, y si no había lo que ellos querían, se comían otra cosa, refunfuñando. Eso cuando no montaban un Cristo hasta que la madre bajaba al súper a comprar lo que el niño quería.
Ahora esa generación de niños se han hecho ya adultos, y muchos de ellos pretenden mantener ese hábito en sus comportamientos laborales, sociales y políticos. Cuando hace seis años el desempleo se disparó en España, cientos de miles de parados se quejaban de que no hubiera el puesto de trabajo que ellos querían, desdeñando a menudo los que había.

La misma tendencia se aprecia en el comportamiento electoral de muchos españoles. Cierran los ojos a lo que hay en el frigorífico, y buscan desesperadamente la merienda política que les gustaría comerse. La reacción de la mayoría de los partidos políticos es la de madres débiles y permisivas, cuya máxima prioridad es que el niño esté contento a cualquier precio. Unos le ofrecen su merienda preferida, a sabiendas de que no la tienen. Otros bajan al súper a ver si les fían para poder conseguirla.

El resultado es el mismo: los españoles se tienen que comer una merianda que no les apetece, porque es la que hay. Y siguen refunfuñando otros cuatro años, siempre insatisfechos, siempre esperando un milagro que no se producirá.


sábado, 23 de mayo de 2015

Votar futuro mirando al pasado


Termina una campaña electoral en la que todos los partidos han coincidido en su manera de contemplar el pasado y el futuro. Todos se han esforzado en destacar lo mal que lo han hecho los demás en el pasado, y todos garantizan los bien que lo van a hacer ellos en el futuro.

Las campañas electorales son un invento diabólico, con el que durante quince días los partidos se esfuerzan en que los electores se olviden de las realidades pasadas y piensen sólo en los espejismos venideros. Los candidatos ponen todo su empeño en prometer el oro y el moro, la feclicidad eterna, la paz infinita, el maná, y hasta la Luna. Si pudieran, harían desaparecer las hemerotecas y Google. Su máxima ilusión sería conseguir una amnesia total.

Quizá eso explica en parte que parte del electorado se fije en dos partidos nuevos, que no tienen pasado en la política nacional. Las hemerotecas y Google tienen poco que ofrecer sobre ellos. Pero un expediente en blanco no es lo mismo que un buen expediente. Es una incógnita, una apuesta a ciegas, un salto en el vacío.

Este domingo las elecciones se deciden entre los que prefieren lo malo conocido y los que apuetan por los deportes de riesgo. Difícil elección. Lo malo conocido no parece la mejor opción, pero tampoco cualquier cambio es bueno.

Para no tener que arrepentirnos dentro de unos meses, todos deberíamos mirar el pasado de los partidos, y valorar la coherencia ya demostrada por encima de las promesas que nadie sabe si se demostrarán.

sábado, 25 de abril de 2015

Análisis de una espantada

Lo ocurrido en UPyD de Aragón merece una reflexión. En una reunión con afiliados, los coordinadores de Aragón y Zaragoza anunciaron su intención de integrarse en una “plataforma” con el objetivo de formar parte de las candidaturas del partido de Albert Rivera. No es el primer caso –ni el último- en que un político cambia de bando, bien por convicción o por interés personal.

Afirmaron que el paso que iban a dar no suponía dejar la militancia en UPyD –cosa que sabían que era imposible-. Y también afirmaron que los que quisieran seguirles sólo tendrían que entrar en la página web de la plataforma para inscribirse. Yo no he podido encontrarla todavía.

Pero lo interesante es el hecho de que un buen número de afiliados de UPyD, gente honrada, leal, con valores y principios éticos, y que había venido trabajando durante meses en pro del partido, se sumó a la aventura personal de los dirigentes. ¿Por qué secundaron entonces a unos líderes cuyo objetivo declarado era el de ser candidatos por otro partido?

La explicación entra de lleno en el ámbito de la psicología social, y tiene más que ver con las emociones, los apegos y los sentimientos de pertenencia que con el frío cálculo político. Todas esas personas se habían afiliado meses o años atrás movidos por el noble deseo de cambiar España para mejorarla. Prácticamente ninguno conocía a los coordinadores cuando solicitaron afiliarse. Sólo conocían a Rosa Díez y sobre todo las ideas y valores que venía defendiendo a través de UPyD.

Pero su relación con el partido se produjo a través de los máximos dirigentes, territorial y local. Colaboraban directamente con ellos, y no con Rosa Díez. Tomaban cañas con ellos, y no con Rosa Díez. Al final, en un lento proceso de empatía personal, el verdadero UPyD pasó a ser para ellos la cara y la palabra de los coordinadores. Por añadidura, el equipo nacional de UPyD no supo mantenerse cerca de los afiliados de base, y acabó siendo percibido como algo lejano, un ente que residía en la calle Cedaceros de Madrid.

Como ocurre en el fragor de una batalla, la tropa se siente más cerca de su sargento que del general. Y un sargento que haya sabido ganarse a su gente puede convencerles para que entreguen sus armas y se pasen al enemigo. La prueba del poder de esa vinculación personal es que han abandonado UPyD los afiliados más participativos, los que más contacto tenían con los dirigentes. En cambio, los que continúan en el partido –que son la mayoría- por razones laborales o personales tenían una menor implicación, y por lo tanto no se han sentido obligados a secundar al sargento.

No se puede culpar a estos soldados, a esta buena gente de UPyD, por haber sido fieles a sus jefes. Son seres humanos, y los afectos determinan buena parte de las decisiones humanas. No son unos traidores.

No se puede decir lo mismo, por el contrario, de los que ostentaban la máxima autoridad del partido en Aragón y en Zaragoza. Ellos no decidieron irse por fidelidad a nadie salvo a sí mismos. Tenían derecho –cómo no- a cambiar de partido. Pero no sin antes dimitir de sus cargos orgánicos en UPyD. Ellos dicen que habían sido elegidos por los afiliados. Pero olvidan que no fueron elegidos como caudillos ni como mesías, sino exclusivamente para dirigir la actividad política de UPyD. Si se hubieran presentado a las elecciones internas para irse a otro partido, ningún afiliado les habría votado. Sin embargo, no dimitieron de sus cargos. Utilizaron la autoridad de su cargo, los sistemas de comunicación del partido y la sede del partido para traicionar al partido. Aprovechando su ascendiente con los afiliados, incitaron a unas decenas de personas de buena fe a cambiar de bando.

Sin ánimo peyorativo, sino meramente descriptivo, ese, técnicamente es una traición.

jueves, 15 de enero de 2015

Tolerancia intolerante


La revista satírica francesa Charlie Hebdo ha vuelto a los quioscos, una semana después de los atentados  en los que unos iluminados intolerantes acabaron con la vida de parte de su equipo de redacción. Los tres millones de ejemplares puestos a la venta se han agotado enseguida, y para mañana preparan otra edición millonaria.

Es la respuesta de los ciudadanos europeos, algunos de los cuales –entre los que me encuentro- no aprecian ese tipo de humor despiadado, que rebasa continuamente los límites del respeto hacia los demás. Y que, a pesar de ello, estamos dispuestos a defender que los dibujantes de Charlie Hebdo puedan seguir decidiendo libremente a quién quieran ofender, sometidos, eso sí, a las responsabilidades que las leyes civiles establecen.

A menudo confundimos la tolerancia con la anomia, la ausencia de reglas, la indiferencia o la claudicación. Es tolerancia admitir sin reservas que cada cual pueda profesar la fe que prefiera, comer lo que más le guste, o vestirse como le venga en gana. Es tolerancia entender que otras personas pueden tener otras ideas, otras creencias, otros valores y otras costumbres.

Pero renunciar a las propias ideas, creencias, valores y costumbres no es tolerancia. Es estupidez. Quizá con demasiada frecuencia hemos sacrificado nuestras propias señas de identidad para hacer más fácil la integración entre nosotros de personas provenientes de otras culturas muy diferentes. Con todo, si ese sacrificio sirve realmente para la integración, puede ser un esfuerzo que merece la pena hacer.

Lo que no tiene sentido es renunciar a nuestra cultura por la imposición de los intolerantes que no tienen la menor intención de integrarse entre nosotros, sino que aspiran a imponernos sus propias ideas, creencias, principios y costumbres. Ante ellos debemos mostrarnos absolutamente intolerantes. Debe existir una línea roja que nadie pueda traspasar impunemente: en nuestra tierra se aplican nuestras leyes civiles para todos los que aquí se hallen. Después, cada uno puede seguir en su vida particular las leyes divinas que más le gusten. Y si para alguno son incompatibles sus leyes divinas con nuestras leyes civiles, nuestra reacción sólo puede ser una: esas personas están de más entre nosotros.

jueves, 8 de enero de 2015

Molestar a la UVA


El atentado de ayer contra la revista satírica Charlie Hebdo es otra patada en las gónadas de la libertad. Hay una parte no desdeñable de la humanidad que está empeñada en decapitar la libertad, y sin libertad no hay democracia. A los fanáticos de la UVA (Única Verdad Absoluta) no les gustan ni la democracia ni la libertad, y les trae sin cuidado lo que podamos pensar los demás al respecto. La UVA es su única regla, su brújula, su carril. Lo demás no existe, y si existe, hay que destruirlo.

Por desgracia para los que amamos la libertad, muchos de los nuestros son de la opinión de que no hay que molestar a los fanáticos de la UVA, para no incitarles a mostrar su locura de manera violenta,   causando el sufrimiento o la muerte de inocentes. Pero están equivocados. En los años 30, las potencias democráticas cerraron los ojos ante la anexión del territorio de los Sudetes para no molestar a Hítler, y hubo que sacrificar a millones de personas en una guerra para recuperar la libertad. En 1978 los partidos democráticos redactaron una constitución para no molestar a los nacionalistas, y ahora los nacionalistas están a punto de romper la unidad de España. Son acontecimientos que no tienen nada que ver entre sí, excepto que confirman que a veces lo acertado es molestar.

Cuando se produjeron los trágicos atentados del 11 de marzo en Madrid, una buena parte de la sociedad culpó al gobierno por haber alentado la invasión de Irak. Cuando se produjeron airadas protestas por la publicación de viñetas de Mahoma por un diario danés, los mismos volvieron a decir que la culpa era del diario por molestar a los islamistas.

Pero no es así. A los fanáticos enloquecidos, tanto si son religiosos, como nacionalistas, de extrema derecha o de extrema izquierda hay que molestarlos permanentemente. Hay que hacer que se sientan incómodos. Hay que presentar batalla contra ellos, y demostrarles que a nosotros sí nos importan la libertad y la democracia. Ellos interpretan nuestra comprensión como debilidad, nuestra prudencia como cobardía. Y la UVA les da alas para adueñarse de cada centímetro que nosotros retrocedemos. Tenemos que mostrarnos tan firmes y tan decididos como ellos. Con la única diferencia de que nosotros nos servimos de la ley y no de la barbarie. Pero tenemos que aplicar la ley sin titubeos. O promulgar las leyes que sea necesario, con la legitimidad que nos da esa libertad y esa democracia que ellos desprecian.



domingo, 28 de diciembre de 2014

Porco Governo

El Presidente Rajoy ha terminado el año intentando convencernos de que en 2014 las cosas han ido mucho mejor, y de que en 2015 saldremos de una profunda y prolongadas crisis. Y todo ello gracias a su gobierno, naturalmente.

Sin embargo, la percepción de la mayoría de los españoles es bien diferente. Casi todos los que han padecido de una u otra forma los efectos de este hundimiento económico están convencidos de que el único culpable de sus penurias ha sido el gobierno. Dependiendo de sus preferencias ideológicas, unos ponen el acento en la responsabilidad del gobierno actual, mientras que otros prefieren culpar de todo al de Rodríguez Zapatero.

Se trata de una constante invariable: los gobiernos se atribuyen los éxitos y achacan los fracasos a factores externos, como la situación internacional, el precio del petróleo, o la debilidad del euro. Y por su parte, los ciudadanos culpan siempre al gobierno de todo lo malo que suceda.

La autocrítica –como al general Aramada, el 23 de febrero- ni está ni se la espera. El resultado es un país de quejicas, en el que casi nadie asume su responsabilidad individual ni colectiva. La gente culpa al gobierno; el gobierno culpa a la oposición por no arrimar el hombro; y la oposición culpa a la gente por haber elegido ese gobierno. Se cierra el círculo sin dejar resquicio alguno para el análisis racional de los errores que unos y otros podemos haber cometido.

La consigna para 2015 no será diferente a la de los años anteriores. Seguiremos pensando que la culpa es de otros. Incluso cabe la posibilidad de que busquemos algún profeta para que haga milagros. Y así continuaremos sin tomar decisiones para cambiar cosas que sí podríamos hacer nosotros mismos. Pleuve, porco governó.

martes, 23 de septiembre de 2014

Piensa un país: el sí y el no en Cataluña

Otra de las cuestiones que se abordaron en las Jornadas “Piensa un país” fue la de las tensiones secesionistas en Europa, con especial atención a los casos de Escocia y Cataluña.

En el caso español, no deja de sorprender la velocidad con la que han crecido los impulsos separatistas en Cataluña. Es conocido que el nacionalismo catalanista viene de muy lejos, pero siempre se había plasmado en la obtención de privilegios respecto a otras regiones de España. Sin embargo, en unos pocos años se ha convertido en algo exigido por una parte muy significativa de la población de Cataluña.

Probablemente el impulso que dio el inolvidable Rodríguez Zapatero al nuevo estatuto de Cataluña propició la aceleración del proceso. Pero sigue siendo llamativo su desarrollo exponencial en los últimos dos años. Habría que contar también con el efecto de una asimetría en cuanto a la expresión en Cataluña de las posiciones favorables y contrarias a la independencia.

Los costes sociales de manifestar públicamente la oposición a la separación del resto de España son muy distintos de los de declararse partidarios de la misma. Un hipotético referéndum sobre esta cuestión podría tener dos resultados: la aceptación o el rechazo a la ruptura. En el primer caso, los partidarios de la independencia habrían conseguido sus objetivos. En caso contrario quedarían como unos esforzados patriotas que no habían logrado sus objetivos, por el momento, naturalmente.

Pero ¿qué pasa con los partidarios de que Cataluña continúe formando parte de España? Si el referéndum resultara negativo para la independencia, tendrían que seguir soportando la presión de los nacionalistas, que en ningún caso iban a abandonar sus pretensiones. En cambio, si llegara a proclamarse la independencia, los que se hubieran opuesto a ella pasarían automáticamente a ser vistos como enemigos de Cataluña, y en muchos casos más les valdría abandonar la región.

Es evidente, pues, que los catalanes que quieren continuar en España tienen mucho que perder en esta disyuntiva, mientras que los nacionalistas no arriesgan nada. Esto puede ayudarnos a entender su silencio ante lo que se viene produciendo. Y cuando sólo se oyen con fuerza las voces de unos, no es de extrañar que cada vez sean más los que se sumen a la corriente aparentemente predominante.


lunes, 24 de febrero de 2014

A mí, que me registren

Dicen que en España tenemos la juventud mejor formada y con más alta capacitación de la Historia. El número de universitarios es tan elevado que el mercado laboral no es capaz de ofrecer a todos un puesto apropiado a sus conocimientos. Aproximadamente uno de cada tres camareros o vendedores son licenciados en Derecho, en Periodismo, o en Psicología.

Paradójicamente, en esta sociedad tan culta y tan bien formada, a la hora de asumir responsabilidades, sólo se percibe ignorancia, y nadie sabe nada. “A mí, que me registren” es la frase que mejor representa la actitud social ante los errores, las irregularidades, y los delitos. Empezando por la infanta Cristina, que parece haber olvidado hasta la fecha de su boda con Iñaki Urdangarín.

En relación con la crisis económica, cuando algún economista afirma que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, todos y cada uno de los ciudadanos responden indignados: “¡yo no he vivido por encima de mis posibilidades!”. Nadie, absolutamente nadie, admite haber adquirido y disfrutado de bienes o servicios con un dinero que no tenía.
Y, por supuesto, nadie asume ninguna responsabilidad por haber apoyado con su silencio cómplice las excentricidades de gobiernos -nacionales y autónomos- y de alcaldes, cuando gastaban decenas de miles de millones en construir aeropuertos sin aviones, líneas de AVE sin pasajeros, autopistas sin coches, polideportivos sin atletas, o salones de congresos sin ocupantes. Tampoco nadie dijo nada mientras se repartían a granel subvenciones y ayudas económicas como si el dinero cayera del cielo.

Nadie sabe nada, nadie recuerda nada. Todo el mundo ha olvidado que refrendó con su voto los insensatos dispendios de ministros, consejeros y alcaldes de todos los partidos. Como señaló Popper, "la democracia no está diseñada para elegir a los mejores. Pero sí que sirve para apartar del poder a los malos gobernantes". Claro que a pesar de tener la población más culta, la obra de Popper no figura entre los best-sellers del momento.


lunes, 27 de enero de 2014

Lejìa, estropajo, y jabón

Mes tras mes los barómetros del CIS señalan que la corrupción y el fraude suponen, después del paro, el principal problema que padece España. En torno al 40% de los encuestados consideran que es el problema más grave.

Los ciudadanos se debaten entre la indignación por el elevado número de casos de corrupción que van apareciendo, y la resignación ante un estado de cosas que parece consustancial con las prácticas políticas. Parece que las conductas fraudulentas se han convertido en España en algo endémico. Un mal que todo el mundo condena, pero que nadie sabe cómo erradicar.

Todo el mundo parece creer que la corrupción es cosa de otros. Sin embargo, es cosa de todos. Porque todos podemos estar practicando pequeñas corruptelas en nuestra vida cotidiana, y porque todos tenemos la obligación de combatirlas. Las nuestras y las de las personas de nuestro entorno.

Hemos llegado a esta situación por la combinación de tres versiones diferentes de corrupción: personas potencialmente corruptas, que se mueven en una sociedad corrupta que lo tolera, y con un sistema político-institucional que lo facilita.

España necesita lejía, estropajo y jabón. Lejía para desinfectar partidos, sindicatos e instituciones. Jabón para limpiar la suciedad que existe en las conductas individuales: la picaresca general y los pequeños fraudes. Y estropajo para arrancar los nidos de paràsitos que prosperan a costa de lo público.

martes, 21 de enero de 2014

La gamonalita


Los investigadores sociales de la universidad de La Barricada han descubierto una nueva sustancia. Se trata de la gamonalita, un compuesto cuyos efectos inmediatos más visibles son la capacidad de anular las decisiones tomadas por ayuntamientos que han sido elegidos libremente por los ciudadanos.

Para su fabricación se necesita un cabreo latente en una parte de la población, el apoyo interesado de los partidos que aspiran a sustituir a los que ahora gobiernan, y la actuación decidida de una minoría violenta, todo ello sazonado con fuertes dosis de populismo y demagogia.

Una vez se dispone de esos materiales, sólo se necesita un desencadenante que haga saltar la chispa en ese compuesto altamente inflamable. Puede ser la urbanización de una calle, la construcción de una línea de tranvía, o el cierre de un hospital. Eso es lo de menos.

Seguramente, los vecinos del barrio burgalés de Gamonal tienen razones de peso para no querer las obras que había decidido su ayuntamiento. Probablemente no es una remodelación lo que más necesita Burgos en estos momentos. Pero el proyecto estaba en el programa de todos los partidos –excepto en el de UPyD-, y una abrumadora mayoría de burgaleses habían votado a esos partido.

Pero la principal característica de la gamonalita es su capacidad destructiva de los principios democráticos. Cuando una sociedad admite que unos contenedores ardiendo representan mejor al pueblo que unas urnas selladas, está admitiendo también la inutilidad de las urnas. Una docena de contenedores de basura cuestan mucho menos dinero que unas elecciones libres. Sustituir la voluntad democrática por la dictadura del más fuerte, del que más grita, o del que más escaparates destroza es una opción política. Pero resulta paradójico que prefieran esa opción aquellos que día sí y día también se declaran enemigos irreconciliables de una dictadura que terminó hace casi 40 años.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El buscapegas

En el edificio donde vivo hay un vecino, jubilado él, que pasa el día merodeando por escaleras, sótanos y rellanos. No es el presidente de la comunidad, pero vigila constantemente que todo marche debidamente. Cambia bombillas fundidas, detecta una filtración, encuentra unas llaves perdidas, y recoge unos papeles tirados en el suelo. Le llamamos cariñosamente el “Salvatodo”.

Hay otro vecino que es la antítesis del anterior. Jamás ha cambiado una bombilla ni recogido un papel, pero es un tipo muy responsable y no se pierde ninguna reunión de la comunidad. Yo creo que espera cada año la convocatoria, que estudia el orden del día, y que prepara meticulosamente su intervención ante el resto de propietarios.

Su aportación a la asamblea es fundamental. Gracias a él nos enteramos de todo lo que no se ha hecho bien, nos cuenta cómo habría que haberlo hecho, y nos ilustra sobre lo que habría que hacer, y de cuándo y cómo hacerlo. Pide que le enseñen todas las facturas, pregunta por cada detalle, y se escandaliza porque no se le consultó cuando hubo que llamar a los bomberos para sacar a una vecina atrapada en su balcón. Le llamamos el “buscapegas”, aunque el Salvatodo suele referirse a él como “el tocawebs”.

En cualquier grupo hay siempre un “buscapegas”. En una empresa, en una ONG, en un viaje organizado, en el cine o en el restaurante. Son tipos peculiares, muy pagados de sí mismos, a menudo algo visionarios, que tienen en su cabeza la organización “perfecta” de cualquier actividad humana. Es una lástima que no sean capaces de trasladar a sus manos lo que tienen en la cabeza, y no puedan hacer por sí mismos ni una pequeña parte de lo que dicen que tendrían que hacer los demás.