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viernes, 6 de enero de 2017

Una decepción real

Esperaba con ilusión la visita de los Reyes Magos. Les había escrito una carta que a mí me parecía muy razonable. Sólo pedía cosas sencillas, que podían obtenerse sin tener que pasar por las cajas de El Corte Inglés.

Les había pedido unos políticos que tuvieran proyectos para el bien de España, y me han traído unos individuos mediocres, sin ideas ni principios, dispuestos a vender su alma por un puñado de votos, y cuya única obsesión es el cargo.

Había pedido unos partidos, sindicatos y patronales que se mantuvieran con las cuotas de sus afiliados, y me han traído unas burocracias parasitsrias, pegadas como sanguijuelas a la sangre del presupuesto público.

Había pedido una sociedad compuesta por ciudadanos conscientes de sus deberes y de sus derechos, y me han traído un rebaño de adultos infantiloides y malhumorados, que exigen la Luna, pero que escurren el bulto a la hora de contribuir a la construcción del cohete..

Había pedido que trajeran a este pueblo una lluvia de realismo y un viento de tolerancia, y han vuelto a traer una inundación de ñoñería buenista y un vendaval de sectarismo, de rencor, de odio, de sordos que se gritan los unos a los otros.


Los Reyes Magos me han vuelto a decepcionar. Como cualquier español, esperaba que alguien con poderes mágicos satisfaciera mis deseos y aportara la solución a todos mis problemas. Puede que me haya merecido esta decepción. Pero como soy un español corriente volveré a intentarlo en 2018.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La "dignidad" animal

No soy aficionado taurino. Nunca he asistido a una corrida, aunque sí he presenciado encierros de vaquillas y toros de fuego en las fiestas de algún pueblo. No maltrataría caprichosamente a ningún animal, y si me pidieran mi opinión sobre el Toro de la Vega, votaría en contra de ese espectáculo tradicional.

Pero puedo pensar así sin necesidad de caer en el exceso de atribuir a los animales conceptos exclusivamente humanos como dignidad, derechos o alma. Puedo coexistir con el mundo animal sin ponerme a su nivel, y sin poner a los animales al mío.

Porque si lo hiciera no podría contentarme con pedir la prohibición de las corridas de toros o de la presencia de animales en los circos. Si hablamos de crueldad y de respeto a los animales ¿por qué nos parece bien montar a caballo? ¿qué opinarán los perros respecto a que les lleven atados por el cuello? ¿No es cruel castrar a los gatos? ¿disfrutarán los peces cuando se les clava el anzuelo de un pescados? ¿Habría que prohibir enjaurlar a los pájaros o tener peces de colores en peceras? ¿es una vida digna la de las gallinas ponedoras, la de los pollos cuya corta vida transcurre en un estercho reducto?

La dignidad y los derechos son inventos humanos que sólo los seres humanos pueden entender. Cuando alguien maltrata innecesariamente a un anmal está mostrando su propia vileza, pero no afecta a la inexistente dignidad del animal. De hecho, a un pollo le da exactamente igual si le matan para comérselo o por pura diversión. En cambio, los humanos  tienen la capacidad de enfrentarse a gritos e insultos en Tordesillas, defendiendo unas ideas. Algo que ningún animal hará nunca.

Entiendo que muchas personas encuentren desagradable los espectáculos con animales, pero nadie les obliga a asistir a ellos. Y detrás de la encendida defensa que algunos hacen del respeto a los animales me parece que se oculta una absoluta falta de respeto hacia las preferencias de otros seres humanos, o un talibanismo liberticida.

Vivimos en un ecosistema biológico en el que decenas de miles de especies compiten entre sí, y unas se comen a otras. No tengo instintos sanguinarios contra los animales, pero prefiero comerme un pollo a que un pollo se me coma a mí.


lunes, 3 de agosto de 2015

Derecho a la desigualdad

La mayoría de los partidos políticos en España enarbolan la bandera de la lucha contra la desigualdad. Consideran la desigualdad un mal en sí miosmo, y proponen todo tipo de medidas para construir una sociedad formada por personas iguales. Creen que el modelo de sociedad perfecta sería aquella en la que todos sus miembros alcanzaran el mismo nivel de estudios, percibieran los mismos sueldos, gozaran de la misma salud, y fueran igualmente felices.

Esta candorosa obsesión contra la desigualdad me recuerda las propuestas del socialismo utópico de mediados del siglo XIX, cuando personajes bienintencionados como Owen, Saint-Simon o Fourier soñaban con encontrar un sistema que garantizara la felicidad humana universal. Los intentos que se hicieron para llevar a la práctica aquellas ingenuas teorías fracasaron en poco tiempo, incapaces de oponerse a la realidad de la condición humana.

Años más tarde el marxismo tuvo mejor fortuna, y su fórmula se impuso en grandes naciones como la URSS, y más tarde China y Cuba, entre otros. De todos es conocido el desmoronamiento de la otrora todopoderosa URSS y la posterior rendición al capitalismo de China, mientras Cuba permanece como una reliquia fosilizada, a la espera de la desaparición de los Castro.

A pesar del largo experimento en esos países, ninguno de ellos consiguió la pretendida igualdad. Lo que sí lograron es reducir la amplitud de la desigualdad, a costa de la pérdida de libertad y de matar la motivación de la gente para el esfuerzo.

Las personas somos diferentes, y por lo tanto desiguales. Los hay más altos y más bajos, más inteligentes y más torpes, más atrevidos y más temerosos, más extravertidos y más tímidos, más laboriosos y más perezosos, más honrados y más tramposos, más egoístas y más generosos. Una buena educación sólo puede modificar ligeramente esas características, y ninguna ley puede hacerlas desaparecer.

En contra de lo que se lleva hoy en día en España y en Europa, yo reclamo el derecho a la diferencia, y por lo tanto a la desigualdad. Prefiero un paisaje de montañas y valles a la monotonía de la estepa. Quiero un Estado que garanteice sólo un tipo de igualdad: la igualdad de derechos civiles, políticos y sociales. Quiero también un Estado que asegure un razonable nivel de bienestar a todos aquellos que no lo pueden conseguir por sus propios medios por causas ajenas a su voluntad.

Sobre esa base, en todo lo demás quiero ser libre. Quiero tomar mis decisiones y disfrutar o padecer el resultado de ellas. Quiero que todo el mundo estude tanto como quiera o como pueda, que ganen tanto dinero como sepan –siempre dentro de la ley-, y que se lo pueda gastar de la menera que prefiera.

Yo ya fui niño y tuve un padre y una madre que velaban por mí y me educaban diciéndome lo que debía hacer o no. No necesito un “papá-estado” que me siga tratando como a un niño y me obligue a ser igual que todos los niños. Reclamo el derecho a la desigualdad.

¿Alguien se apunta?


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Borrachera de juventud

- Pues sí, David. En este país se impone un cambio generacional. Lo viejo ya no sirve, ha fracasado. Esa casta de políticos decrépitos es incapaz de sacarnoss de esta situación. En el gobierno tiene que haber gente joven, de menos de 30 años, con ideas nuevas, dispuestos a renovarlo todo.
- Ya... ¿Te refieres a gente como Viviana Aido y Leire Pajín, por ejemplo?
- Esas fueron excentricidades de Zapatero. Funcionarias del PSOE, un partido de viejos como Rubalcaba. Yo hablo de gente aún más joven, con ilusiones, con sueños, dispuestos a crear un país nuevo. Gente que no haya tenido tiempo de aprender los vicios de los malos políticos.
- Entonces, tampoco habrán podido aprender las virtudes de los Buenos políticos.
- Eso es igual. Ya aprenderán. Son jóvenes.
- Entonces, según tú, ¿la juventud lo arreglaría todo? Vamos a ver, Marta: dime una razón por la que un gobernante sea mejor que otro por el mero hecho de ser joven.
- Muy sencillo: es evidente que este sistema no funciona porque es viejo, así qué hace falta gente joven para implantar otro diferente.
- Estoy de acuerdo en lo primero. El sistema funciona mal, tiene muchos fallos, está oxidado. Hay que sanearlo, necesita reparaciones urgentes. Pero, si hubiera que reparar la Catedral de León o la Mezquita de Córdoba, ¿se lo encargarías a unos arquitectos que acabaran de terminar la carrera o a otros con amplia experiencia?
- ¡Hombre, no es lo mismo!
- No. No es lo mismo. Es infinitamente más complejo reformar un sistema en el que está en juego el porvenir, el bienestar, la educación y la salud de 40 millones de personas que restaurar un edificio, por muy monumento nacional que sea. Las consecuencias de los errores que se cometen son infinitamente más graves. Al fin y al cabo, las piedras no pasan hambre y los ladrillos no se matan entre sí.
La juventud es excelente para aprender idiomas, para jugar al fútbol, para tener hijos, o para bailar toda la noche. Pero cuando viajo a Nueva York voy más tranquilo si el piloto tiene miles de horas de vuelo a su espalda que si se trata de su primera experiencia al mando de un Airbús. Y si me tienen que operar del corazón prefiero que lo haga el cirujano que lleva 30 años en el hospital que el joven residente que acaba de empezar, por mucha illusion, mucho entusiasmo y muchos sueños que tenga.
Si la juventud fuera mejor para todo, ¿por qué no aplicar la fórmula para todo? Si la guerra va mal, pongamos a los reclutas al mando. Si la empresa tiene problemas, dejemos que los aprendices tomen las decisiones. Si la enseñanza no funciona, que impartan clase los alumnos.

Es posible que todas las sociedades del mundo se hayan equivocado al confiar en sus consejos de ancianos. Demos el poder a los adolescentes. Improvisemos un inmenso botellón, y perezcamos todos en una onírica borrachera de infalible juventud.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Los desfavorecidos

Las fechas navideñas constituyen el momento álgido para el altruismo. De repente, todo el mundo siente la necesidad de ayudar a los que más lo necesitan. Por doquier se organizan rastrillos, recogida de alimentos y conciertos “solidarios”. Una oleada de generosidad que puede servir para calmar la mala conciencia de unos dispendios navideños que en muchos casos exceden lo razonable. Los medios de comunicación nos bombardean con apelaciones a la solidaridad, y una y otra vez nos recuerdan la existencia de los “desfavorecidos”.

Los desfavorecidos han venido a sustituir en el lenguaje políticamente correcto a los pobres de toda la vida, de igual manera que la solidaridad ha sustituido al altruismo. Para muchos es sencillamente una cuestión de modas en el lenguaje, aunque el lenguaje nunca es casual y siempre esconde los postulados de la ideología dominante en cada sociedad.

Dice el diccionario que “pobre” significa “necesitado, que no tiene lo suficiente para vivir”. En cambio, “desfavorecer” es “dejar de favorecer a alguien, desairarle”. La diferencia no es banal. En el primer caso se trata de un sustantivo que se corresponde con una situación objetiva que posee el “pobre”. Define un hecho sin pronunciarse sobre el origen del mismo.

En cambio, el término “desfavorecido” implica la necesaria existencia de otros –los que desfavorecen-. Induce a pensar que junto a cada persona necesitada hay alguien que le ha privado de lo que le correspondía, de lo que se deduce que sin la presencia de ese malvado no existiría tal necesidad.

Este sesgo del lenguaje construye así dos nociones profundamente ideológicas: por una parte, que los que padecen una situación de pobreza no tienen ninguna responsabilidad en ello; que son meros sujetos pasivos, víctimas indefensas y eternas de otros; y que no está en su mano acabar con su situación. Y en segundo lugar que la sociedad está formada por dos clases de personas: los inocentes desfavorecidos, y los malvados desfavorecedores.

No niego que pueda haber algo de esto. Pero creer que es así de forma general supone aceptar que la pobreza es un estado consustancial del que no se puede salir si no es gracias a la bondadosa solidaridad de otros. Supone negar la capacidad de esas personas para encontrar la manera de ayudarse a sí mismas. Supone admitir que se necesita un Estado protector que cuide de unas personas incapacitadas para sobrevivir sin su ayuda, que tienen que estar agradecidas a su bondad, y que -por lo tanto- no pueden ejercer de ciudadanos críticos, sino votar ciegamente al que les da de comer.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El buscapegas

En el edificio donde vivo hay un vecino, jubilado él, que pasa el día merodeando por escaleras, sótanos y rellanos. No es el presidente de la comunidad, pero vigila constantemente que todo marche debidamente. Cambia bombillas fundidas, detecta una filtración, encuentra unas llaves perdidas, y recoge unos papeles tirados en el suelo. Le llamamos cariñosamente el “Salvatodo”.

Hay otro vecino que es la antítesis del anterior. Jamás ha cambiado una bombilla ni recogido un papel, pero es un tipo muy responsable y no se pierde ninguna reunión de la comunidad. Yo creo que espera cada año la convocatoria, que estudia el orden del día, y que prepara meticulosamente su intervención ante el resto de propietarios.

Su aportación a la asamblea es fundamental. Gracias a él nos enteramos de todo lo que no se ha hecho bien, nos cuenta cómo habría que haberlo hecho, y nos ilustra sobre lo que habría que hacer, y de cuándo y cómo hacerlo. Pide que le enseñen todas las facturas, pregunta por cada detalle, y se escandaliza porque no se le consultó cuando hubo que llamar a los bomberos para sacar a una vecina atrapada en su balcón. Le llamamos el “buscapegas”, aunque el Salvatodo suele referirse a él como “el tocawebs”.

En cualquier grupo hay siempre un “buscapegas”. En una empresa, en una ONG, en un viaje organizado, en el cine o en el restaurante. Son tipos peculiares, muy pagados de sí mismos, a menudo algo visionarios, que tienen en su cabeza la organización “perfecta” de cualquier actividad humana. Es una lástima que no sean capaces de trasladar a sus manos lo que tienen en la cabeza, y no puedan hacer por sí mismos ni una pequeña parte de lo que dicen que tendrían que hacer los demás.

jueves, 31 de octubre de 2013

De puente a puente

Me entero de que la Generalidad de Cataluña tiene editado un libro en el que se incluyen como propios de esa región 16 puentes de piedra situados en Aragón. A estas alturas, no me sorprende ninguna fanfarronada nacionalista, ninguna tergiversación histórica, ninguna desvergüenza y ninguna deslealtad. Pero esta obsesión enfermiza por soñar que el mundo les pertenece se encuentra en el término medio entre lo patético y lo delirante.
Me recuerdan esas películas en las que un psicólogo mediocre le dice a su cliente que se mire al espejo y repita cien veces “soy guapo, soy inteligente, valgo mucho, no hay nadie mejor que yo”.
Así andan buen número de ciudadanos de Cataluña: mirándose cada mañana el ombligo en un espejo de aumento. Se empieza evadiéndose de la realidad, y se termina creyendo que la rueda la inventó un payés de Vic. También pueden empezar creyéndose que los puentes de piedra de Aragón son suyos, y terminar jurando que el puente de Brooklyn atraviesa el Llobregat.
Y mientras tanto, los sucesivos gobiernos de España siguen mareando la perdiz. No sé si aplicando aquello de que “a los locos y a los borrachos hay que darles la razón”

miércoles, 23 de enero de 2013

Que se mueran los viejos


El ministro de Finanzas de Japón, Taro Aso, ha pedido a los ancianos japoneses que se den prisa en morir, para que el estado del Sol Naciente pueda ahorrarse el altísimo coste de su atención sanitaria.

Sorprende que la noticia venga del un país que tiene fama de venerar a sus ancianos. Pero, al parecer, eso de “la pela es la pela” está más extendido de lo que podíamos creer. Y también es cierto que la economía japonesa (y la europea) va a tener muchas dificultades para mantener el equilibrio entre una esperanza de vida cada vez más alta y una tasa de natalidad cada vez más raquítica.

Pero lo que me aterroriza es pensar que la noticia puede estar circulando por los despachos del ministerio del señor Montoro. Me imagino al pobre hombre, compungido, mirando sus enormes tijeras, y sin saber ya de dónde recortar. Y entonces los japoneses le regalan la gran idea: ¿Por qué no recortar la esperanza de vida? ¿Por qué dejar que la caprichosa Naturaleza decida cuando termina el ciclo vital de los ciudadanos? Si tenemos regulada la edad para poder beber alcohol, para entrar o no en prisión, para entrar a un casino, y para jubilarse, ¿por qué no regular por ley la edad para morirse? O bien ¿por qué no establecer un nuevo impuesto, que se iría incrementando en cada cumpleaños, a partir de los 65?

Sería un inesperado final para la larga evolución de los estados. Nacieron para ponerse al servicio del pueblo, para garantizar su libertad y su seguridad. Llevan décadas engordando sus estructuras, insaciables, exprimiendo cada vez un poco más a los ciudadanos. La implantación de una edad obligatoria para morirse supondría el paso definitivo, el final del trayecto hacia unas sociedades en las que los ciudadanos nacieran con el único fin de mantener al Estado.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Mojón de decepciones


Ya pasaron la Nochebuena y la Navidad. Esas fechas míticas en las que lo religioso se combina con lo comercial con tanta dificultad como el agua con el aceite. Se logró el milagro de surtir de viandas la mesa, con más imaginación que presupuesto. Transcurrieron los festines, en muchos casos al borde de esa catástrofe que supone juntar a familiares que no se terminan de tragar, y además regarlos con vinos, cavas y licores.

Se consumó la segunda gran decepción. Esa en la que se constata que no basta que el calendario señale “25 de diciembre” para que todo el mundo olvide sus rencores y miserias, y todos nos convirtamos en seres beatíficos, pacíficos, generosos y magnánimos.

La primera gran decepción tuvo lugar tres días antes. Ante el desconcierto de millones de jugadores esperanzados la ley de probabilidades volvió a imponer su criterio, y aunque muchos fueron los llamados, muy pocos fueron elegidos por la suerte.

En unos pocos días experimentaremos otra gran decepción. Aprovechando el comienzo de un nuevo año todos acariciaremos las mejores intenciones. Unos dejarán de fumar; otros irán al gimnasio; aquél aprenderá inglés; el otro hará dieta; el de más allá se jurará no volver a gritarle a sus hijos. Y esas buenas intenciones con las que dicen que está empedrado el camino del purgatorio nos devolverán a todos a la senda de lo cotidiano. A ese recorrido al que llamamos “vida”, y en el que estas fechas no son sino los mojones kilométricos que nos recuerdan cuánto llevamos andado, y cuánto nos queda por andar.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Tetas con conetenido


Una mujer panameña, de 23 años, ha sido detenida en el aeropuerto del Prat, y tras llevarla a un centro hospitalarios, se han encontrado 1,4 kilos de cocaína en el interior de las prótesis mamarias que tenía implantadas.

Me temo que pronto veremos alguna reacción furiosa por parte de los feministas más exaltados, por el alto componente machista que este hecho supone. Se trata, sin duda, de un ejemplo más de utilización de las pobres mujeres al servicio de los miserables intereses de los hombres.

Claro que, bien pensado, este tipo de discriminación tiene su lógica. Desconozco el tamaño de los pechos de la panameña, pero apostaría que los traficantes habrán escogido a una camella dotada de dos portaequipajes formato XL. En esto también la biología se empeña en llevarles la contraria a los feministas radicales, y deja en clara desventaja a los hombres para competir en esta clase de negocios.

Mientras que no es nada extraño ver circular por los aeropuertos a mujeres dotadas de potentes air-bags delanteros, un hombre que intentara pasar 1,4 kilos de droga en los testículos sería inmediatamente detectado, aunque sólo fuera por la extraña manera de caminar, con semejante peso y volumen en la entrepierna.

A partir de ahora, ya ninguna mujer estará segura de lo que esté pensando un hombre que le diga: “qué tesoros llevas debajo de la blusa”.  Y estoy seguro de que algún mercader de drogas ya estará calculando cuánta cocaína podría caber en las nalgas de una colombiana bien dotada.

viernes, 8 de junio de 2012

Menos gestos, y más hechos

Hoy, en las redes sociales está haciendo furor una iniciativa que consiste en escribir al revés, poner fotos del revés, o hacer cualquier cosa al revés. Todo, supuestamente “para ayudar a los demás, dándole la vuelta a las cosas”. Me vienen a la mente docenas de ideas similares: lazos de diversos colores, pegatinas, camisetas; mil maneras de expresar que uno está contra algo o a favor de algo. Gestos. Pero me sigo preguntando en qué favorecen esos gestos a los pobres de Somalia, a los enfermos de SIDA, a los niños con cáncer, a las mujeres maltratadas, o a los refugiados del Sahara. Me lo pregunto, pero una y otra vez me respondo que absolutamente de nada. Con lazos, pegatinas o fotos del revés no les llega ni un paquete de arroz a los somalíes no se compra ni un tratamiento contra el SIDA, no se salva una sola mujer asesinada por su pareja, y no llega un sólo litro de agua al desierto. Pero estas campañas son ingenuas pero no inútiles. Sirven para que cientos de miles de personas se queden más tranquilas penando que han hecho algo útil para otros. Sirven para que una vez colocado el lazo o la pegatina, uno se pueda ir a tomar unas cañas con los amigos, sin sentir remordimiento por los que no pueden ni beber agua. Sirven para demostrar a los demás que uno es solidario, bueno, justo, y benéfico, y poder a continuación despellejar a la compañera de trabajo, o mirar con desprecio al negro que vende pulseras. Y de paso también sirve para ayudar a los que lo organizan, a los que venden las chapas, los lazos o las camisetas; a los que venden libros, discos, o folletos sobre el asunto; a los que obtienen una popularidad mediática gracias a estas campañas tan infantiles como inútiles para los que se supone que van a beneficiar. Más valdría hacer menos gestos y más hechos. Hay mil formas de contribuir de verdad a aliviar las tragedias ajenas. Claro que eso suele hacerse de manera anónima, sin que nadie tenga por qué enterarse. Y, al parecer, lo que importa es que se sepa.

viernes, 30 de marzo de 2012

La gran depresión

El 29 de octubre de 1939, en el llamado jueves negro, se inició la Gran Depresión que afectó dramáticamente a los países más desarrollados durante toda la década de los años 30.

Otro jueves, otro 29, en este caso de marzo, ha tenido lugar la huelga general auspiciada por la izquierda contra las reformas de un gobierno de derechas elegido por mayoría absoluta hace tres meses. Y en el contexto de una fuerte crisis financiera internacional, con una economía sobreendeudada, un Estado de Bienestar en demolición, una estructura del Estado sobredimensionada, unas instituciones que no se fían unas de otras, y una sociedad polarizada entre izquierdas y derechas fanatizadas, y entre separatistas e integradores.

Por si fuera poco, hoy se presentan unos presupuestos del estado de infarto, que van a reducir el gasto y la inversión pública de manera que producirán un importante aumento del desempleo –aún más. Y para terminar, los líderes Méndez y Toxo –no sé a qué esperan para contraer matrimonio- anuncian una espiral de movilizaciones “de la calle”.

No sé si esto puede ser el comienzo de otra gran depresión en España. Pero yo me voy a la farmacia a comprar dos carretillas de Prozac. Por si acaso.

viernes, 23 de marzo de 2012

La SGEA. Sociedad General de Egoísmo Autonómico

Cataluña pretende recibir compensaciones por los estudiantes de otras CC.AA. que estudian en universidades catalanas.

Un pasito más en el largo camino hacia la desmembración de España en pedazos cada vez más inconexos. Un paso más hacia el ombliguismo aldeano, hacia la regresión, hacia la vuelta a la época feudal.

Puedo imaginar el paisaje que se esconde tras ese horizonte que tanto anhelan los nacionalistas de toda laya. Será obligatorio que cada ciudadano lleve un emisor que permita situarlo geográficamente en cada momento. Así controlados los movimientos, un potente sistema –la SGEA- establecerá múltiples compensaciones interregionales para equilibrar los pagos. Cada CC.AA. de origen tendrá que abonar cánones por la utilización que hagan sus ciudadanos de los bienes y servicios de otras. Canon para estudiantes de fuera; para los que vayan a las fallas, a los sanfermines o a la Semana Santa de Sevilla; para los que pidan una tapa de jamón de Jabugo sin ser andaluces; para los que beban agua del Ebro sin haber nacido en Aragón; y para los que se bañen en el Mediterráneo sin ser peces.

Estamos construyendo un Estado de Derecho con pies de barro: hemos confundido los derechos de los ciudadanos con los supuestos derechos de los territorios.

martes, 17 de enero de 2012

Empresarios y emprendedores

En los últimos meses se han puesto muy de moda los emprendedores. Todo el mundo habla de ellos. El gobierno socialista estableció un discurso oficial que consistía en mostrar una abierta desconfianza hacia los empresarios, a los que consideraba una especie de ogros devoradores de bondadosos trabajadores. Según ese discurso, los empresarios formaban una especie de secta maligna, que se levantaba cada mañana pensando en la manera de despedir a sus trabajadores, al tiempo que se fumaban enormes Montecristos.

El esquema era tan simplón que no resistía el menor análisis. Nos guste o no, formamos parte de un sistema capitalista, en el que la figura del empresario es tan imprescindible como la del trabajador. Así que –recurriendo de nuevo a las triquiñuelas del lenguaje- se inventaron lo de los emprendedores: personajes admirables que decidían correr riesgos para competir, elevar el PIB, y crear puestos de trabajo.

Alguien podría apuntar que “emprendedor” es exactamente lo mismo que “empresario”, y tendría mucha razón. Pero la mentalidad colectiva ha aceptado que son cosas distintas. ¿Por qué?

“Empresarios” y “emprendedores” hacen lo mismo: tienen una empresa, contratan y despiden trabajadores, intentan prosperar más que sus competidores, y aspiran a obtener el máximo beneficio posible. ¿Por qué nos parecen cosas tan diferentes? ¿por qué los unos nos inspiran recelo o rechazo, y los otros despiertan nuestra simpatía y nuestra admiración?

Es el juego del doble lenguaje, cuya principal utilidad consiste en que permite hacer una cosa y la contraria, según interese. Se puede subir los impuestos para que los empresarios paguen más, y al tiempo se establecen subvenciones para ayudar a los emprendedores. Así todos contentos. Y lo que es más importante: así todos desorientados.

viernes, 13 de enero de 2012

Hipopótamos perplejos

El Ministerio de Asuntos Exteriores de Zapatero, acordó el reparto de 63 millones de euros en ayudas “a la cooperación”, al día siguiente de haber perdido las elecciones. Es práctica habitual en los países democráticos que un gobierno saliente se limita a tomar las decisiones imprescindibles durante los días o semanas de interregno, dejando al siguiente gobierno todas las decisiones que no sean urgentes.

Aún así, podría entenderse la adjudicación de subvenciones para casos de extrema gravedad, en los que unas semanas de demora pudieran suponer graves daños para la salud y la integridad de las personas. Pero lo que rebasa el límite del esperpento –o de la desvergüenza- es repasar el destino de muchas de esas ayudas, tanto destinadas al exterior, como a nuestro país.

Un vistazo a los enlaces nos proporciona una nítida visión de lo que era el concepto de urgencia social del anterior gobierno. Hay partidas de decenas de miles de euros para proyectos tan innecesarios como descabellados, especialmente en unos tiempos en los que los ayuntamientos no pagan a sus proveedores, las CC.AA. recortan servicios, y el gobierno central sube los impuestos. Pero a mí la que me parece más bonita es la que destina 300.000 euros “para la resolución de conflictos con los hipopótamos en Guinea”.

Desconozco cómo es la vida social de los hipopótamos. Reconozco que nunca he pensado en ellos como animales de compañía, y jamás he apadrinado un hipopótamo. Pero a la vista de la cuantía de la subvención, deduzco que esos pobres animalillos deben padecer graves conflictos, y que era más urgente atender a sus problemas que a las necesidades escolares de los niños del mismo país.

Aunque no es nada fácil, intento ponerme en la piel de esos tiernos artiodáctilos, e imaginar cuál será su perplejidad cuando vean la noticia en el Hipopótamus News. Si yo fuera hipopótamo me preguntaría cómo se van a emplear esos 300.000 euros para resolver mis conflictos. ¿Se creará un comité de mediación interhipopotamaria? ¿se formarán patrullas hipopotámicas que recorrerán los ríos? ¿acaso algunos hipopótamos serán enviados a universidades europeas para formarse como jueces?

Pero no. Tratándose de una ayuda proveniente de España, lo más probable es que el dinero se destine a los gastos de representación de un Observatorio de Conflictos entre Hipopótamos e Hipopótamas.

lunes, 9 de enero de 2012

Pobres y desfavorecidos

La ingeniería social no es nueva. Diferentes élites han puesto en marcha ambiciosos proyectos para transformar la sociedad a la medida de sus deseos. Los resultados han sido muy diversos, pero no se conoce ningún caso en el que se hayan correspondido perfectamente con lo que habían previsto los diseñadores del cambio.

Como observó Robert K. Merton, en 1936, siempre existen consecuencias inesperadas de la acción social. La materia prima de la ingeniería social no es aluminio o cerámica, sino seres humanos que reaccionan individualmente a los cambios, que actúan movidos por emociones, y que terminan desvirtuando el proyecto diseñado.

El ámbito político idóneo para intentar esos cambios son los regímenes totalitarios. Pero los sistemas democráticos no se salvan de los intentos de manipulación social. En la España reciente se han puesto en marcha planes de ingeniería social apoyados en dos patas: la legislación y el lenguaje. Por la vía de la legislación se ha pensado que bastaba con cambiar la ley para cambiar la sociedad. Buenos ejemplos son la Ley de Igualdad, la Ley Antitabaco, o la Ley de Memoria Histórica.

Pero la que me parece más interesante es la vía del lenguaje. El método es simple: se trata de cambiar la denominación de determinados conceptos. De esta forma el concepto al que se alude sigue siendo el mismo, pero con la nueva palabra “parece” diferente, y además se le dota de un nuevo significado.

Un buen ejemplo es la palabra “desfavorecidos”, que se emplea ahora para referirse a lo que en español se conoce como “pobres”. Aparentemente, “pobre” y “desfavorecido” tienen significados equivalentes. Cuando sale un ministro hablando de los desfavorecidos, todos visualizamos mentalmente a un pobre, pero aceptamos “desfavorecido” como animal de compañía, y vamos adoptando el término en nuestro lenguaje.

Pero no es lo mismo. “Pobre” alude a una situación objetiva, dentro de un determinado contexto social. Es decir: se es pobre en relación a otros que no lo son. Pero se puede medir la pobreza, y sus signos son perfectamente observables. La palabra “pobre” hace referencia a una situación, pero no a sus causas.

En cambio, la palabra “desfavorecido” implica la noción de otro agente: el desfavorecedor. Puede ser cualquier cosa (el Estado, el sistema capitalista, un empresario, o la Providencia divina). Pero “desfavorecido” es un participio sustantivado, que proviene del verbo desfavorecer. Por lo tanto en la expresión “desfavorecido” va implícita la acción de alguien que desfavorece.

El pobre puede serlo a causa de una enfermedad, de un accidente, o de la mala intención de otros. Pero también puede ser él mismo el responsable de su pobreza: por alcoholismo, abandono escolar prematuro, delincuencia, estulticia, o indolencia. Por el contrario, el desfavorecido no tiene responsabilidad alguna en su situación. Siempre tiene que haber otros que le hayan privado del favor al que tenía derecho.

Dos palabras que parecen sinónimos, pero que no lo son. Ingeniería social que tendrá consecuencias imprevistas que aún no conocemos.

jueves, 25 de agosto de 2011

Risoterapia y política

Me decía una amiga que la gente se desentiende de la cosa política por la aburrida seriedad de las intervenciones. En su opinión, lo que se necesita son “más sonrisas y menos crispación”.

Coincido en que la crispación, la cara de perro, la descalificación y el insulto son componentes muy negativos, ya que enturbian el diálogo, dificultan la comprensión, y cierran las puerta a los acuerdos. Convierten la política en una confrontación –como si de una liga futbolística se tratara- en la que el objetivo es ganar al contrario, y no exhibir buen juego.

En cambio, me alarma lo de que la política es aburrida y seria, y que hacen falta más sonrisas. Si fuera cierto que una mayoría de los españoles piensa así –y es probable que lo sea-, eso abre un boquete en la línea de flotación de la democracia, que puede terminar hundiéndola.

El hedonismo se ha convertido en uno de los valores más sólidos de nuestra sociedad. Todo tiene que ser placentero y divertido: las comidas, las clases escolares, los programas de televisión, y ahora también la política. Y no es así: no todo puede ser divertido. La alimentación es una necesidad biológica; el estudio requiere esfuerzo; la televisión debería hacernos pensar y no sólo reír; y la política sirve para organizar la vida en común.

Sin darse cuenta, lo que mi amiga echa de menos es algo muy antiguo: el “pan y circo” de los romanos, o el “pan y fútbol” de Franco. Zapatero llegó al poder a lomos de su sonrisa, y ahí tenemos las consecuencias. La sociedad a soportado sin rechistar la suprema levedad de unos gobiernos banales porque le ofrecían sonrisas y buenismo, y sólo ha empezado a revolverse cuando comienza a escasear el pan. Lo cierto es que los políticos que nos hacen reír suelen ser unos políticos que se ríen de nosotros. La política es algo muy serio porque nos jugamos todos mucho. Si lo que esperamos de la democracia son sonrisas, es que lo que necesitamos no es democracia, sino otra cosa.

martes, 2 de agosto de 2011

El señor Riesgo y su prima

No tengo el gusto de conocer al señor Riesgo. No sé si ha hecho nada importante en su vida. He buscado en los libros de Historia, y lo más parecido que he encontrado ha sido el general Riego, cuyo mérito más destacado fue el de dar su apellido al himno que adoptó la República española.

Lo único que sé del señor Riesgo es que tiene una prima –cuyo nombre de pila desconozco también-. Por lo que sé, debe practicar algún deporte, porque se pasa las semanas subiendo y bajando. Ignoro de qué deporte se trata, pero no creo que sea alpinismo, ya que observo que cuanto más sube, más se mosquea el personal, en lugar de aplaudirla como sería lo lógico. Tampoco creo que sea una afamada ciclista porque ni en el “tour” ni en el “giro” ni en la “vuelta” se permite la participación de mujeres (Y me extraña que Leyre Pajín no haya hecho aún nada al respecto). Podría ser ascensorista, pero jamás he visto que ese digno oficio proporcione tanta fama.

Sea lo que sea, no cabe duda que la dichosa prima del señor Riesgo ha superado en popularidad a Belén Esteban y a toda la fauna patético-televisiva. A ver si un día de éstos consigo encontrar una foto suya en alguna revista. Y si estuviera con su primo, muchísimo mejor.

martes, 14 de junio de 2011

El principio de Peter

El principio de Peter dice que “cualquier persona que hace bien su trabajo asciende en la organización hasta que alcanza un nivel en el que resulta incompetente”. Y lo peor del postulado es que, generalmente, ahí se quedan.


El fenómeno se da en ámbitos empresariales, políticos, administrativos, educativos, asociativos, etc. Las consecuencias son enormemente perjudiciales para la sociedad. Un encargado de taller incompetente puede llevar a la ruina a la empresa, si el gerente no se da cuenta a tiempo. Hemos visto ejemplos de malos gestores en las finanzas internacionales, que han propiciado la actual crisis económica mundial, además de haber provocado la quiebra de su banco.

En lo político, estamos asistiendo a un largo proceso en el que un incompetente secretario general del PSOE está conduciendo a éste al borde del abismo. Pero lo mismo puede ocurrir en un partido pequeño, en cualquier provincia, en un sindicato o en una ONG. Una persona –que puede ser competente para otras cosas- puede destruir en poco tiempo el trabajo de muchas otras, si está situada en un puesto para el que carece de habilidad o capacidad. La organización chirría, se resiente, los demás miembros se desmotivan, reducen su nivel de desempeño, o sencillamente abandonan.

Cuando esto sucede, casi todo el mundo se da cuenta de la causa del problema. Todos excepto quien ha designado al incompetente para su función. Especialmente si éste consigue filtrar los flujos de información, de manera que el máximo responsable no pueda evaluar acertadamente la magnitud del desastre que se le viene encima.

Es, probablemente, uno de los principales errores del actual presidente del gobierno: haberse rodeado de incompetentes muy poco capacitados para resolver problemas, pero muy hábiles para pelotear al jefe y hacerle creer que es listísimo y que todo lo que funciona mal es siempre culpa de terceros. Naturalmente, la catástrofe es inevitable. El daño que puede hacer un incompetente situado fuera de lugar es letal para la organización, y siempre arrastra en la caída al que lo nombró. Hábil para nadar y guardar la ropa, incluso puede sobrevivirle.

lunes, 21 de marzo de 2011

Diálogo a la española

Se tropezaron en la acera, como cada día.

- Hola Fernando.
- Buenos días Paco.
- ¿Qué te parece lo de los ERE’s de Andalucía?
- Lo peor es lo de Gurtel, y los trajes de Camps.
- ¿Y te has enterado que cazas españoles intervienen en el ataque a Libia?
- Nada que ver con lo de la foto de las Azores. Lo que me preocupa es que siguen muriendo mujeres asesinadas por sus parejas.
- Más grave es que se asesinen niños antes de nacer.
- Pues anda que lo de los casos de curas pedófilos…
- Eso me recuerda lo de la obsesión por quitar crucifijos de todas partes.
- Bueno… que tengo que ir a comprar Público. Me alegro de verte.
- Igual que yo. Vengo de comprar La Gaceta. Que pases buen día.

Los dos vecinos se alejaron uno del otro caminando despacio. Como dos clones, sus cerebros producían dos pensamientos idénticos:

“A ver si se cree éste que me iba a dejar convencer. Es un pobre fanático. Apañados vamos con gente así”.