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martes, 22 de agosto de 2017

El terrorismo y los miones

Tras el atentado de Barcelona se ha reunido el Pacto antiyihadista, del que forman parte los principales partidos políticos, con la excepción de los nacionalistas, IU y Podemos. El objeto de este Pacto es el de presentar un bloque de sólida unidad de los partidos democráticos frente al terrorismo, por encima de las lógicas dferencias ideológicas y estratégicas que los sepran en casi todos los asuntos.

Los partidos que no quisieron suscribir ese Pacto en 2015, se ampararon en razones diversas que podemos encontrar más o menos justificadas, pero en todo caso legítimas. Personalmente, creo que la razón última de los naionalistas es la de no aparecer en una foto junto al gobierno de España, y la de IU y la de Podemos la de no aparecer en ningún foto junto a ningún gobierno que no sea presidido por ellos.

Hasta aquí nada que se salga de la lógica de la pugna entre partidos, donde siempre prima el interés electoral sobre el interés general. Donde empieza el toque surrealista –tan acostumbrado en la política española- consiste en que esos partidos que han decidido quedarse fuera del Pacto antiyihadista, están encantados de asistir a las reuniones del mismo como “observadores”. Es decir: que unos señores que no quieren formar parte de los que combaten al terrorismo (sea por marcar distancias, por cobardía, o por simpatía con los terroristas) reciben, sin embargo, la misma información que los que se han comprometido en esa lucha.


La verdad es que no sé qué es lo que me sorprende más: la cara dura de estos mirones que quieren ver el espectáculo sin pagar la entrada, o la ingenuidad bobalicona de los que les ponen una silla sin atreverse a darles con la puerta en las narices.

jueves, 15 de enero de 2015

Tolerancia intolerante


La revista satírica francesa Charlie Hebdo ha vuelto a los quioscos, una semana después de los atentados  en los que unos iluminados intolerantes acabaron con la vida de parte de su equipo de redacción. Los tres millones de ejemplares puestos a la venta se han agotado enseguida, y para mañana preparan otra edición millonaria.

Es la respuesta de los ciudadanos europeos, algunos de los cuales –entre los que me encuentro- no aprecian ese tipo de humor despiadado, que rebasa continuamente los límites del respeto hacia los demás. Y que, a pesar de ello, estamos dispuestos a defender que los dibujantes de Charlie Hebdo puedan seguir decidiendo libremente a quién quieran ofender, sometidos, eso sí, a las responsabilidades que las leyes civiles establecen.

A menudo confundimos la tolerancia con la anomia, la ausencia de reglas, la indiferencia o la claudicación. Es tolerancia admitir sin reservas que cada cual pueda profesar la fe que prefiera, comer lo que más le guste, o vestirse como le venga en gana. Es tolerancia entender que otras personas pueden tener otras ideas, otras creencias, otros valores y otras costumbres.

Pero renunciar a las propias ideas, creencias, valores y costumbres no es tolerancia. Es estupidez. Quizá con demasiada frecuencia hemos sacrificado nuestras propias señas de identidad para hacer más fácil la integración entre nosotros de personas provenientes de otras culturas muy diferentes. Con todo, si ese sacrificio sirve realmente para la integración, puede ser un esfuerzo que merece la pena hacer.

Lo que no tiene sentido es renunciar a nuestra cultura por la imposición de los intolerantes que no tienen la menor intención de integrarse entre nosotros, sino que aspiran a imponernos sus propias ideas, creencias, principios y costumbres. Ante ellos debemos mostrarnos absolutamente intolerantes. Debe existir una línea roja que nadie pueda traspasar impunemente: en nuestra tierra se aplican nuestras leyes civiles para todos los que aquí se hallen. Después, cada uno puede seguir en su vida particular las leyes divinas que más le gusten. Y si para alguno son incompatibles sus leyes divinas con nuestras leyes civiles, nuestra reacción sólo puede ser una: esas personas están de más entre nosotros.

lunes, 22 de julio de 2013

Religión y política

asuntos muy diferentes. La primera se fundamenta en la fe revelada y establece dogmas que no necesitan demostración. La segunda se configura en torno a la racionalidad y al contraste de argumentos lógicos, y los que defienden determinados postulados confían en poder demostrarlos.Pero en España religión y política caminan por caminos separados pero revueltos. Tanto los que profesan alguna religión como los que no, actúan políticamente más con criterios religiosos que estrictamente políticos. Unos se consideran de derechas y otros de izquierdas con la misma convicción que otros se dicen musulmanes o católicos. Ambos consideran a los del otro color como infieles, generalmente perversos, y en el mejor de los casos, equivocados. Lo que les importa no es lo que propone alguien, sino de qué color es ese alguien. Les basta con saber qué bandera lleva para decidir si están a favor o en contra de lo que diga.Ni unos ni otros entienden que también haya ateos políticos. personas ajenas a esa clasificación simplona, y que analizan cada propuesta con espíritu crítico sin importarles quién la haya hecho.Entre los países con regímenes teocráticos, donde la ley emana de textos sagrados, y las democracias avanzadas occidentales hay un estado intermedio: el de los sistemas formalmente democráticos, cuyos ciudadanos y cuyos políticos todavía no han sido capaces de entender que la religión y la política pertenecen a esferas diferentes. En España no daremos el paso definitivo hacia la democracia plena mientras cada cual siga adorando a sus siglas políticas, y creyendo ciegamente lo que diga su profeta de turno, vestido de presidente de su partido del alma.

jueves, 20 de junio de 2013

La escayola mental

Los que seguimos la actividad política en España, vemos como en debates y comparecencias los líderes políticos se suelen amparar en su ideología para defender sus posiciones. “Esto es una cuestión de ideología”; “No podemos estar de acuerdo por ideología”; “Nuestra ideología no nos permite…”; “Tenemos una ideología deferente”.

Por otra parte, tanto los políticos como mucha gente de a pie intenta averiguar cuál es la ideología de los otros: “Ese es de derechas”; “Fulano es del PP”; “Yo siempre he sido de izquierdas”. “Mengano es nacionalista”.

En nuestra sociedad las ideas han sido suplantadas por las ideologías, dando como resultado una permanente batalla “ideológica”, en la que nadie escucha a nadie para conocer sus ideas, y todos inrentan hacer valer los dogmas de su ideología. Las ideas son individuales, libres, frescas y sujetas a la evolución. Por el contrario, las ideologías son de grupos, vienen impuestas por un catecismo doctrinario, arrastran el olor a rancio de un origen remoto, y no admiten cambios.


Las ideas son el producto de la mente. Pueden ser geniales o descabelladas; posibles o quiméricas; lógicas o absurdas; beneficiosas o dañinas. Pero del contraste de ideas surge el entendimiento, el acuerdo y la cooperación. En cambio, las ideologías funcionan como una escayola mental: no hay posibilidad de entendimiento; si se alcanzan acuerdos es sobre la base de un intercambio interesado; y la cooperación nunca es leal, sino interesada y provisional.

martes, 15 de enero de 2013

Paranoia


Hace unos días, en una entrevista en RNE,le preguntaron a Albert Boadella qué titulo le pondría a una obra sobre la situación en Cataluña. El veterano director teatral respondió con una sola palabra: “Paranoia”.
La paranoia es un trastorno mental en la que el individuo sufre ideas delirantes, que pueden incluir que se sienta amenazado, y perciba toda clase de peligros y conspiraciones contra él. Puede ser un trastorno grave, que puede llevar al enfermo al aislamiento, debido a que las personas de su entorno terminan alejándose de él. Afortunadamente, la enfermedad no es contagiosa el sujeto sólo percibe peligros para sí mismo; lo que no supone amenza alguna para los demás..

Caso diferente es el de la “paranoia social” –a la que se refería Boadella-. En este caso, los delirios y las amenazas imaginarios no van dirigidas contra un individuo concreto –el enfermo-, sino contra un grupo determinado. Las personas afectadas por la paranoia social tratan de convencer a los demás miembros de su grupo de que los delirios son reales. Su insistencia, y la convicción con la que describe las amenazas –que en su mente aparecen como totalmente ciertas- puede sembrar fácilmente la duda en la mentes -en principio, sanas- de otras personas: ¿Y si tuviera razón? ¿y si sus temores fueran ciertos? ¿y si nos quisieran destruir? ¿y si fuera más listo que yo, y por eso no me he dado cuenta?

Paranoia social. Un gusano sutil e insidioso que va taladrando poco a poco el cerebro de mucha gente. En Cataluña se observan los efectos de largos años de acción cosntante, y es posible que los efectos sean ya irreversibles. Pero el enfermizo gusano está presente en muchos otros lugares, en Aragón también. Por el bien de la salud mental colectiva, convendría que todos supiéramos identificar a los propagadores como lo que son: personas que deliran y creen vivir en un mundo que no existe.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Las tres caras del miedo


El miedo es una emoción que cualquier ser humano y cualquier animal puede experimentar. Dejando aparte los miedos irracionales, se trata de una emoción útil y funcional porque nos ayuda en la primera necesidad de cualquier ser vivo: la supervivencia. Es una luz roja que pone en alerta nuestros sentidos ante un peligro, y desencadena inmediatamente determinados mecanismos biológicos que facilitarán nuestra respuesta.

Esa respuesta dependerá de la evaluación que hagamos del peligro. Si creemos que podemos enfrentarnos a él, la respuesta será defendernos y luchar. Por el contrario, si creemos que no podríamos que nos sería imposible salir airosos de la lucha, la respuesta es la huída. Tanto en un caso como en otro, el organismo habrá reaccionado para proporcionarnos los recursos físicos necesarios para pelear o para correr.

Pero también puede producirse otra reacción ante la sensación de miedo intenso: la parálisis. El cerebro no consigue decidir si luchar o escapar, quedando así totalmente desvalido, incapaz de protegerse ni de ponerse a salvo.

Cada cierto tiempo sucede alguien, en algún país occidental, ejerciendo esa conquista social que es la libertad de expresión, publica algún documento, viñeta, película, en el que se menciona, se representa, o se hace humor sobre toda clase de reyes, gobernantes, jerarquías religiosas, personajes históricos, profetas, santos o dioses. Invariablemente, cuando lo publicado hace referencia a alguno de los iconos del Islam, se desencadena una ola de furia salvaje que recorre los países islámicos y sacude con violencia los países occidentales y sus representaciones en aquellos.

Cabrían dos respuestas a esos ataques. La huída, que supondría reformar las leyes occidentales, reprimiendo la libertad de expresión para prohibir la mención de cualquier elemento que pudiera ofender la sensibilidad islámica. Y la defensa, que supondría expulsar de los países occidentales a los islamistas radicales que en ellos residen, romper relaciones diplomáticas con los países que amparen los desmanes contra intereses occidentales, y la persecución y castigo de los agresores.

La huída nos llevaría, con el tiempo, a una sucesiva renuncia a nuestros principios democráticos, y probablemente a que dentro de unos años nuestras hijas llevaran burka para no molestar a los integristas. La lucha nos situaría ante la escalofriante tesitura de enfrentarnos a países de los que dependemos para el suministro de petróleo.

Difícil elección. Y quizá por eso la reacción de los gobiernos de Europa y Norteamérica es más bien la tercera salida: la parálisis. Una actitud indefinida, en la que no se quiere renunciar a la libertad de expresión, pero tampoco enfrentarse abiertamente a la sinrazón de cientos de millones de musulmanes. Es comprensible. Pero, paralizados seremos devorados. Parafraseando a Winston Churchill: “Teníais que escoger entre evitar la lucha y aceptar la indignidad, y habéis elegido evitar la lucha. Al final tendréis la indignidad y la lucha”

viernes, 10 de septiembre de 2010

El cáncer del fanatismo

Un pastor norteamericano llamado Terry Jones ha promovido la quema de ejemplares del Corán en la próxima conmemoración de los atentados del 11 de septiembre.
Como consecuencia se ha desatado un bueno lío a nivel mundial. La Interpol ha lanzado una alerta mundial en previsión de atentados generalizados, y altos cargos del gobierno de EE.UU. aseguran que la quema del Corán puede dar lugar a gran número de víctimas entre los soldados estadounidenses.

Parece surrealista que la locura de un fanático –el pastor Jones-, que sólo cuenta con una cincuentena de seguidores, haya dado lugar a semejante lío. Los medios de comunicación –como casi siempre- han desempeñado un buen papel para desorbitar el asunto, y el acojonamiento antropológico del mundo occidental ha hecho el resto.
El asunto pone de relieve la claudicación de las sociedades occidentales respecto a sus propios valores más fundamentales. Al igual que ocurrió con el asunto de las caricaturas de Mahoma en un diario danés, todo el mundo se echa a temblar ante la idea de que los islamistas radicales puedan molestarse.

Desde luego, no se trata de resucitar las Cruzadas. Pero ¿cuándo vamos a ser capaces los occidentales de plantarnos frente a los caprichos y las impertinencias de los islamistas? ¿por qué les damos toda clase de facilidades para que expandan su odio hacia Occidente desde mezquitas situadas en Occidente?

Está muy extendida la idea de que “dos no discuten si uno no quiere”. pero como tantas otras sentencias populares no es del todo cierta. Dos no discuten si uno no quiere… y siempre que ese uno esté dispuesto a someterse por completo al otro.
Sólo hay dos maneras de evitar la discusión con alguien cuyo único objetivo es esclavizarnos: mantenerse lejos del otro, o someterse a esa esclavitud. Llevamos años haciendo lo contrario de la primera condición. Y pasito a pasito vamos haciendo lo segundo, a base de pequeñas renuncias al valor fundamental de la democracia: la libertad de expresión.
El fanatismo es un cáncer social, y contra el cáncer no basta con buenas palabras ni con infusiones de valeriana.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Monteagudo

Un grupo de demócratas tolerantes ha pedido al Tribunal Superior de Justicia de Madrid que se retire el Cristo de Monteagudo, situado en un monte propiedad del Estado, en el pueblo de Murcia del mismo nombre. Argumentan que al estar en un lugar público, se puede identificar al Estado con el credo católico.
Pues me parece muy bien. A ver si cunde el ejemplo y dejan de utilizarse los espacios públicos para mostrar ideas y creencias privadas.
Podríamos empezar por la demolición de todas las iglesias, catedrales y monumentos religiosos- que además se ven mucho y estropean el paisaje-. Después tendrían que prohibirse todo tipo de procesiones, actos de Semana Santa, ofrendas de flores, etc., porque utilizan la vía pública.
A continuación se prohibirán los actos de celebración de acontecimientos deportivos en la vía pública, y por la misma razón todas las manifestaciones de cualquier signo.
Después se prohibirá transitar por la vía pública a cualquier persona vestida con ropas que les identifiquen con alguna religión. Quedará prohibido caminar por la vía pública llevando medallas de la Virgen del Pilar o cualquier otro símbolo religioso. O mejor aún: cualquier persona que tenga alguna creencia religiosa deberá permanecer sin salir de casa. Es más: habría que prohibir el uso de la vía pública a cualquier persona que tenga creencias, a cualquiera que piense.
Da gusto comprobar cómo ejercen la tolerancia muchos que se autoproclaman tolerantes.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Desmontar el Cristo

ERC ha presentado una propuesta en el Congreso para retirar los crucifijos de los centros de enseñanza. Ha sido aprobada con sus votos, los del PSOE, y los del BNG. Después, unos miembros del PSOE han dicho que la cosa se refiere sólo a los centros públicos y otros han dicho que se refiere a todos. Así seguro que alguno acierta.

Me parece que en los colegios no debería haber más que libros, mapas, compases y laboratorios. Las creencias religiosas forman parte de la intimidad de la conciencia de cada cual, y no existe ni un sólo dato verificable que dé más credibilidad a lo que predica una religión sobre lo que asegura otra. Por eso sería muy conveniente que sus símbolos y sus doctrinas quedaran fuera de la escuela. Por lo tanto, soy partidario de esa medida.
Pero dicho eso, tampoco me parece que esa sea la gran cuestión que preocupa a la sociedad en estos momentos. Yo no soy creyente, pero paso todos los días cerca de alguna cruz: en el pórtico de una iglesia, en una farmacia, o en una ambulancia. Y la verdad es que jamás me han producido la menor molestia.
¿De verdad es un asunto importante lo de las cruces en los colegios? ¿Se aprenden más matemáticas sin crucifijos? ¿Contribuye a crear una sociedad normalizada? ¿O más bien a profundizar en el enfrentamiento de las dos Españas? ¿Quizá sólo es un señuelo para que nos olvidemos de la creciente cifra de parados?
¿Esto de desmontar el Cristo no tiene el peligro de terminar en todo lo contrario?

martes, 1 de diciembre de 2009

Los minaretes

Los suizos han rechazado en referendum la construcción de minaretes en las mezquitas. En el país existe completa libertad de culto para todas las religiones. El referendum se ha planteado desde un enfoque urbanístico. El gobierno suizo defendía el “sí”. El partido mayoritario de derecha ha obtenido un significativo triunfo. Gobiernos de toda Europa han manifestado su desaprobación por el resultado.
Esos son los hechos. Pero ¿qué hay detrás de ellos? ¿todo es cuestión del impacto ambiental que pueden producir unas torres sobre el sereno paisaje?
A mí me parece que no. Creo que los suizos han expresado también su temor a perder su propia identidad ante el empuje de una cultura radicalmente diferente: la musulmana.
¿Y por qué temen eso? ¿Acaso son intolerantes los suizos?
Me da la impresión de que los suizos han actuado de manera muy parecida a lo que harían los ciudadanos de otros países europeos, si se les consultara a ellos también. En contra del discurso oficial –políticamente correcto- de mano tendida al Islam, de apaciguamiento, y de ojos cerrados ante ciertas prácticas, la gente sigue con preocupación el aumento del número de residentes islámicos, y no precisamente por que no sean cristianos. El problema que plantea el Islam en Europa es que su religión empapa todos los aspectos de su vida. Les dice cómo comer, cuándo fornicar, qué hay que beber, cómo deben ser las leyes, y cuál el papel de las mujeres. Para ellos la religión está antes que el Estado. Y precisamente eso es algo que hemos superado en Europa hace mucho. Aquí la religión es un asunto personal, y el Estado tiene la primacía.
El Islam de hoy es muy semejante al cristianismo de hace 500 años. Los musulmanes tienen todo el derecho a construir sus vidas así, si lo prefieren. Pero los occidentales también deberíamos tener derecho a no permitir que se nos cambien nuestros valores, nuestra concepción democrática, y nuestra manera de entender la vida.