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domingo, 24 de marzo de 2019

La felicidad y el odio


Todo el mundo quiere ser feliz, pero hay elementos que son incompatibles con la felicidad. Unos son naturales –como el hambre y el dolor-, otros de carácter psicológico –como el miedo-, y otros esencialmente sociales –como la envidia, el rencor y el odio.


Éste último se está convirtiendo en el principal obstáculo para la felicidad de los españoles. Hay odios para todos los gustos. A la derecha y a la izquierda, a los católicos o los musulmanes, a los hombres o a las mujeres, a los inmigrantes, a los homosexuales, al equipo de fútbol rival, a los fumadores, a los políticos, a los taurinos. Los odiadores más activos son capaces de mantener simultáneamente varios tipos de odios. Incluso no falta quien se odia a sí mismo.

El odio tiene un fuerte componente inercial. Una vez se apodera de la mente se atrinchera en ella y devora toda capacidad de análisis racional, lo que impide revisar si sus fundamentos son reales o imaginarios. Frecuentemente son el rencor y la envidia los factores que subyacen y lo mantienen activo.

El nacionalismo del País Vasco –con la ayuda de la brutalidad de ETA- fomentó el odio a España y a los españoles. En Cataluña –mediante herramientas más inteligentes- se han construido la misma clase de odio. Durante cuarenta años se ha venido inoculando en la mente de muchos catalanes el odio. A través de los medios de comunicación de los gobiernos nacionalistas, mediante los textos escolares y las enseñanzas de los maestros, millones de personas en Cataluña han aceptado una larga lista de agravios sufridos por Cataluña a manos de los odiosos españoles. Por supuesto, esos catalanes no están locos, ni son tontos ni malvados. La inmensa mayoría creen de buena fe que sus exigencias y sus aspiraciones son razonables y están plenamente justificadas. Podrían ser felices, podrían disfrutar de más prosperidad. Pero no se puede ser feliz cuando se odia. Y cuando prospera el odio disminuye la prosperidad.


domingo, 10 de marzo de 2019

Sobre feminismo y antisemitismo


En los años 30 del pasado siglo se impuso en Alemania la idea de que los judíos eran la causa de todos los males de la nación. Se les consideró una raza degradada, improductiva y parasitaria. Es cierto que muchos judíos se dedicaban a las finanzas y al comercio, y disponían de grandes fortunas. Igual de cierto que muchos otros judíos ejercían profesiones liberales, como médicos y abogados. Pero también es cierto que la mayoría de los judíos alemanes desempeñaban trabajos más humildes: escribientes, camareros, artesanos, etc. El odio hacia los judíos –estimulado por el nacionalsocialismo- dio lugar a que la mayoría de los alemanes contemplaran con aprobación o con indiferencia como millones de judíos fueron perseguidos, humillados, detenidos y eliminados. Este es un ejemplo de cómo la masa puede aceptar una leyenda inventada como si fuera real.

Terminada la II guerra mundial, el genocidio perpetrado contra los judíos sirvió de excusa para perpetrar el sometimiento y la expulsión de sus tierras de los millones de personas que vivían en los territorios donde se implantó el estado de Israel.

Este es un ejemplo de cómo se pueden cometer gravísimas injusticias al amparo de otras injusticias pretéritas.

En la España de 2019 se ha impuesto la idea de que las mujeres sufren una discriminación insoportable, que carecen de derechos, y que se les impide desarrollar su vida en libertad.

Es cierto que cada año alrededor de 50 mujeres mueren a manos de sus parejas o exparejas. También es cierto que el promedio de salarios de todas las mujeres es inferior al promedio de salarios de todos los hombres. Y sigue siendo cierto que la mayoría de las mujeres tenían muchos menos derechos que los hombres hace 50 años. Pero no es cierto que el número de homicidios contra mujeres sea mayor en España que en el resto de Europa. De hecho, es inferior a la media europea. Tampoco es cierto que las mujeres tengan menos derechos que los hombres. La Constitución establece la igualdad entre los sexos, y no existe ninguna discriminación legal para ellas. Cualquier mujer puede estudiar cualquier carrera universitaria, desempeñar cualquier trabajo, ingresar en el Ejército o crear una empresa. Si hay menos mujeres en la pesca, la minería, en la construcción o en las carreras técnicas es únicamente porque libremente eligen no hacerlo. Tampoco es verdad que las mujeres reciban menor salario cuando desempeñan la misma función, con igual responsabilidad, antigüedad, horario y disponibilidad. La llamada “brecha salarial” entre hombres y mujeres no es diferente de la brecha salarial entre los madrileños y los zamoranos. La media de los salarios de los primeros es superior a la de los segundos, pero eso se debe a diversos factores, entre los que no está que se discrimine a nadie por ser zamorano. Este es otro ejemplo de cómo una leyenda inventada puede ser asumida como algo real por la masa.

Con la excusa de que las mujeres españolas del siglo pasado dependían de sus maridos y carecían de los mismos derechos que éstos se ha creado el actual estado ginocrático. Están en vigor leyes que penalizan a los hombres por el hecho de serlo. Funcionan infinidad de organismos dedicados en exclusiva a facilitar diversas ayudas sólo para mujeres. Se destinan miles de millones de dinero público a innumerables asociaciones de mujeres, pero no existe ni una sola asociación sólo de hombres.

Este es otro ejemplo de cómo se pueden cometer gravísimas injusticias al amparo de otras injusticias pretéritas.


martes, 28 de abril de 2015

UPyD contra el viento


¿Qué le ha pasado a UPyD para que siendo el partido más, transparente, coherente e innovador, se le haya vuelto el viento de cara, al menos en Andalucía? Los detractores de UPyD lo atribuyen a errores estratégicos y de comunicación de la dirección nacional. Pero ¿bastarían esos errores para explicar el giro de las expectativas electorales?

Para entender lo ocurrido hay que considerar el fenómeno que Durkheim llamaba “efervescencia colectiva”. Algo como un viento que supla con fuerza en la misma dirección durante el suficiente tiempo como para inclinar todo un bosque en esa dirección, y que genera un sentimiento compartido por la sociedad. Al igual que ocurre con las modas en el vestir, no es una decisión racional, sino el resultado de unos desencadenantes en un ambiente social propicio.

Ël desencadenante ha podido ser una profunda crisis económica, una interminable cadena de casos de corrupción política, y el alejamiento de los partidos tradicionales de los problemas de la gente. Todo ello ha hecho surgir la necesidad de un cambio radical en la política. Ese cambio podría haberse orientado hacia el totalitarismo de uno u otro signo, hacia el anarquismo, hacia la religiosidad, o hacia la desestabilización revolucionaria.

Sin embargo, el viento ha soplado en una dirección sin precedentes históricos: una parte significativa de la población ha pensado que la solución a sus problemas llegará de la mano de la juventud. Una creencia irracional que no se apoya en ninguna lógica. Pero ¿acaso tiene lógica que a todo el mundo le gusten al mismo tiempo los pantalones “campana”?

UPyD se ha encontrado con este viento de cara, y sus siete años de coherencia, de trabajo riguroso en las instituciones, de transparencia, de democracia interna, de acciones legales contra la corrupción, han quedado eclipsados por la retórica de unos jóvenes líderes de partidos embrionarios que no pueden alegar nada de lo anterior en su pedigree.

En una reciente intervención ante el Consejo Político, Rosa Díez dijo a loa asistentes: “Recordad que tenemos que seguir diciendo siempre lo que creemos más beneficioso para los eapañoles. Y lo tenemos que decir sin pensar en si eso nos da o nos quita votos”. Pues parece que esa honestidad ética, ese amor a la verdad impulsado por una líder que ya ha cumplido los 60 se encuentra ahora frente al viento que sopla en alas de la juventud.

Dentro de mes y medio los aragoneses decidirán. Pero sea cual sea su veredicto, la gente de UPyD, los que no hayamos sido arrastrados por el viento, seguiremos durmiendo con la conciencia tranquila. Después de todo, los aviones despegan con más seguridad cuando tienen el viento de cara. Sin olvidar que otra característica del viento son sus inesperados cambios de dirección.

jueves, 20 de junio de 2013

La escayola mental

Los que seguimos la actividad política en España, vemos como en debates y comparecencias los líderes políticos se suelen amparar en su ideología para defender sus posiciones. “Esto es una cuestión de ideología”; “No podemos estar de acuerdo por ideología”; “Nuestra ideología no nos permite…”; “Tenemos una ideología deferente”.

Por otra parte, tanto los políticos como mucha gente de a pie intenta averiguar cuál es la ideología de los otros: “Ese es de derechas”; “Fulano es del PP”; “Yo siempre he sido de izquierdas”. “Mengano es nacionalista”.

En nuestra sociedad las ideas han sido suplantadas por las ideologías, dando como resultado una permanente batalla “ideológica”, en la que nadie escucha a nadie para conocer sus ideas, y todos inrentan hacer valer los dogmas de su ideología. Las ideas son individuales, libres, frescas y sujetas a la evolución. Por el contrario, las ideologías son de grupos, vienen impuestas por un catecismo doctrinario, arrastran el olor a rancio de un origen remoto, y no admiten cambios.


Las ideas son el producto de la mente. Pueden ser geniales o descabelladas; posibles o quiméricas; lógicas o absurdas; beneficiosas o dañinas. Pero del contraste de ideas surge el entendimiento, el acuerdo y la cooperación. En cambio, las ideologías funcionan como una escayola mental: no hay posibilidad de entendimiento; si se alcanzan acuerdos es sobre la base de un intercambio interesado; y la cooperación nunca es leal, sino interesada y provisional.

lunes, 13 de mayo de 2013

Niño: eso no se dice

Cuando yo tenía pocos años, y aún no había aprendido a mentir, recuerdo que decía las cosas con la limpia espontaneidad de todos los niños. Con frecuencia, mi madre me reprendía con una frase tan incomprensible como inapelable para mí: “niño: eso no se dice”. Yo no entendía por qué no podía decir que la tía Matilde estaba gorda, que el señor Paco olía a vino, o que el Cristo del dormitorio de mis padres me daba miedo. Pero como en aquella época los niños solíamos ser obedientes, dejaba de decir esas cosas, aunque, naturalmente, seguía pensado exactamente lo mismo. Así fue como aprendí a autocensurarme.

Es curioso observar como décadas más tarde esa fórmula del “niño, eso no se dice” se haya extendido al mundo de los adultos. Ha cambiado el formato, eso sí, y ahora se llama “eso no es políticamente correcto”. Pero es el mismo mecanismo, sólo que en vez de actuar sobre niños en pleno proceso de socialización, ahora funciona para modelar el pensamiento de unos adultos que ya deberían haber desarrollado su capacidad de pensar y hablar por sí mismos.

Por lo demás, el efecto es idéntico. Bajo el imperativo de ser políticamente correctos mucha gente evita decir públicamente una buena parte de las cosas que piensan. Alguien –no se sabe muy bien quién- se ha erigido en madre educadora de toda la sociedad, y ha decidido qué idas son aceptables y qué opiniones son rechazables.

Lo más sorprendente es que tantos millones de adultos hayan aceptado sumisamente ese código de autocensura, que les obliga a callar lo que piensan; a decir lo que no sienten; y a sentirse culpables por tener las ideas que tienen. No sorprende, en cambio, que muchos políticos traten como a niños a unos adultos que se dejan dirigir tan fácilmente en sus manera de pensar y de expresarse.

martes, 16 de abril de 2013

El mito de la república

Se acaban de cumplir 82 años de la proclamación de la II República, tras conocerse los resultados parciales de unas elecciones municipales. El debate monarquía o república está plenamente vigente, ya las noticias relativas a miembros de la familia real que vamos conociendo no hacen sino crispar la cuestión. Como ocurre con todo, tanto una monarquía como una república tienen ventajas e inconvenientes. En mi opinión, el componente hereditario de la monarquía chirría mucho en un ámbito geográfico en el que se han consolidado los principios políticos emanados de la Revolución Francesa. A favor, la monarquía presenta la ventaja de la estabilidad, lo que facilita la función simbólico-representativa, y quizá que el heredero recibe una formación adecuada para el cargo que tendrá que desempeñar. Por lo demás, que el sistema de gobierno sea una monarquía o una república no supone ninguna garantía de nada. Varios de los países más democráticos, civilizados y desarrollados del mundo son monarquías, como es el caso de Gran Bretaña, Holanda, Suecia, Noruega o Japón. Y son repúblicas otros países igualmente democráticos, civilizados y desarrollados, como EE.UU. Francia o Alemania. En el otro extremo, Marruecos, Arabia Saudí o Abu Dabi son monarquías, y Corea del Norte, Somalia y Nicaragua son repúblicas. Ninguno de estos países destaca por sus virtudes democráticas, por el respeto a los derechos humanos o por el nivel de desarrollo. Con todo, lo que más me llama la atención es que en España, cuando la gente pide la implantación de la III República, no suele estar penando en EE.UU, en Francia o en Alemania, sino que lo que visualiza es la reencarnación de la II República, aquella que tantas ilusiones despertó, que tantas decepciones produjo, y que terminó ahogada en un baño de sangre. Es el mito de la II República: de izquierdas, proletaria, y anticlerical. Esas características tuvieron mucho peso en su colapso final, porque en ese diseño no tenía cabida la mitad de los españoles. Una república en la que todo el mundo sería honrado, no habría injusticias, ni corrupción, ni pobreza, ni cárceles. Un mito, porque con monarquía o con república, los españoles somos como somos. Es posible que España se transforme algún día en una república, pero tendría que ser otra república, que en nada se pareciera a la de 1931. Una república democrática, en la que fuera tan legítimo y decente ser de derechas como de izquierdas; católico, musulmán o ateo; hombre o mujer; trabajador o empresario; rico o pobre. Los que sueñan con resucitar la II República o no saben de lo que hablan, o no son demócratas, o no viven en el siglo XXI.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El festival del sofisma


Un sofisma es una razón o argumento aparentemente consistente, con el que se quiere defender o persuadir de algo que es falso. Entre muchas otras habilidades, nuestros políticos se han especializado en manejar los sofismas con la mayor soltura. Lanzan un mensaje que parece coherente, y millones de ciudadanos lo hacen suyo sin pararse ni un minuto a pensar si les han vendido una burra coja. Los ejemplos son innumerables, y darían para un extenso tratado, pero hoy me quiero referir a uno que está muy de moda estos días, con motivo de las protestas de personal sanitario por la intención de la Comunidad de Madrid de privatizar la gestión de algunos hospitales.

El sofisma aireado a bombo y platillo por socialistas y comunistas es el que dice: “quieren hacer negocio con la salud de la gente”. Dicho con tono de escándalo y con gesto de incredulidad, y dando a entender implícitamente que hacer negocio es malo en sí mismo, y que si es a costa de la salud de la gente es aún peor.

Puede entenderse que ciertos líderes políticos carezcan de vergüenza y engañen masivamente a los ciudadanos, con tal de arañar unos miles de votos al adversario político. No es ético, no es leal, no es limpio, pero ya estamos acostumbrados a que la ética, la lealtad y la limpieza no sean las cualidades más destacadas de la mayoría de los partidos políticos. Lo que cuesta más entender –y dice bien poco de la madurez ciudadana de los españoles- es la facilidad con la que aceptan manipulaciones tan groseras.

Porque con la salud vienen haciendo negocio decenas de miles de personas. Desde los que trabajan en un laboratorio farmacéutico hasta los que venden ambulancias, pasando por todo el personal sanitario, las empresas que proveen a los hospitales de toda clase de suministros. El personal administrativo de la Seguridad Social, los farmacéuticos, los veterinarios, y los funcionarios de la OMS. Todos ellos viven a costa de la salud de la gente.

Igual que los panaderos, los carniceros, los fruteros, los agricultores, los ganaderos, y los supermercados viven a costa del hambre de la gente. O tal como los fabricantes e instaladores de cerraduras y sistemas de seguridad viven a costa del miedo de la gente; los jueces, procuradores y abogados viven a costa de los conflictos que tiene la gente; y las funerarias viven a costa de la muerte de la gente.

¿Por qué no se dejan de tonterías? ¿Por qué no dicen que los sanitarios de Madrid protestan porque no quieren perder su estatus de empleados públicos? ¿Por qué no reconocen que la gestión privada introducirá modelos de eficacia que reducirán su calidad laboral? Es legítimo protestar por eso. No hace falta engañar a la gente. Pero hay que deducir que si existen tantos grupos de interés dedicados a engañarnos, debe ser porque somos muy fácilmente engañables.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Las tres caras del miedo


El miedo es una emoción que cualquier ser humano y cualquier animal puede experimentar. Dejando aparte los miedos irracionales, se trata de una emoción útil y funcional porque nos ayuda en la primera necesidad de cualquier ser vivo: la supervivencia. Es una luz roja que pone en alerta nuestros sentidos ante un peligro, y desencadena inmediatamente determinados mecanismos biológicos que facilitarán nuestra respuesta.

Esa respuesta dependerá de la evaluación que hagamos del peligro. Si creemos que podemos enfrentarnos a él, la respuesta será defendernos y luchar. Por el contrario, si creemos que no podríamos que nos sería imposible salir airosos de la lucha, la respuesta es la huída. Tanto en un caso como en otro, el organismo habrá reaccionado para proporcionarnos los recursos físicos necesarios para pelear o para correr.

Pero también puede producirse otra reacción ante la sensación de miedo intenso: la parálisis. El cerebro no consigue decidir si luchar o escapar, quedando así totalmente desvalido, incapaz de protegerse ni de ponerse a salvo.

Cada cierto tiempo sucede alguien, en algún país occidental, ejerciendo esa conquista social que es la libertad de expresión, publica algún documento, viñeta, película, en el que se menciona, se representa, o se hace humor sobre toda clase de reyes, gobernantes, jerarquías religiosas, personajes históricos, profetas, santos o dioses. Invariablemente, cuando lo publicado hace referencia a alguno de los iconos del Islam, se desencadena una ola de furia salvaje que recorre los países islámicos y sacude con violencia los países occidentales y sus representaciones en aquellos.

Cabrían dos respuestas a esos ataques. La huída, que supondría reformar las leyes occidentales, reprimiendo la libertad de expresión para prohibir la mención de cualquier elemento que pudiera ofender la sensibilidad islámica. Y la defensa, que supondría expulsar de los países occidentales a los islamistas radicales que en ellos residen, romper relaciones diplomáticas con los países que amparen los desmanes contra intereses occidentales, y la persecución y castigo de los agresores.

La huída nos llevaría, con el tiempo, a una sucesiva renuncia a nuestros principios democráticos, y probablemente a que dentro de unos años nuestras hijas llevaran burka para no molestar a los integristas. La lucha nos situaría ante la escalofriante tesitura de enfrentarnos a países de los que dependemos para el suministro de petróleo.

Difícil elección. Y quizá por eso la reacción de los gobiernos de Europa y Norteamérica es más bien la tercera salida: la parálisis. Una actitud indefinida, en la que no se quiere renunciar a la libertad de expresión, pero tampoco enfrentarse abiertamente a la sinrazón de cientos de millones de musulmanes. Es comprensible. Pero, paralizados seremos devorados. Parafraseando a Winston Churchill: “Teníais que escoger entre evitar la lucha y aceptar la indignidad, y habéis elegido evitar la lucha. Al final tendréis la indignidad y la lucha”

lunes, 5 de abril de 2010

Sobre buenos y malos

El otro día, Eduardo Punset, en su programa Redes, le preguntaba a un eminente investigador en psicología (cuyo nombre no recuerdo) por la tan debatida cuestión de si el ser humano es esencialmente bueno, o fundamentalmente malo.
El debate sobre el asunto viene de muy antiguo, y, quizá, los representantes más conocidos de una y otra postura sean Rousseau y Hobbes. El primero afirmaba que el hombre era bondadoso por naturaleza, hablaba del “buen salvaje” y aseguraba que es la sociedad la que corrompe a ese ser angelical.
Por contra, Hobbes defendía que el hombre era un lobo para el hombre, y que sólo la sociedad lograba moderar esos impulsos naturales hacia el mal.
Los partidos políticos actuales han resuelto a su manera el dilema. Los de izquierdas tienen muy claro que los de derechas son malvados por naturaleza; y los de derechas están totalmente convencidos de que los de izquierda son auténticos malvados.
¿Quién tiene razón? ¿Rousseau o Hobbes? ¿los de derechas o los de izquierdas? ¿Todos al mismo tiempo? ¿Ninguno?
Y más aún: ¿Existen la maldad y la bondad en sí mismas? ¿o sólo hay personas que hacen el bien o el mal? ¿Hay alguien que sea siempre malo o siempre bueno? ¿y qué pasa cuando lo que es bueno para unos es malo para otros?

martes, 9 de febrero de 2010

El mereciómetro

Es curiosa la manera en que las personas solemos abordar la cuestión de los merecimientos. Por ejemplo: son legión los que piensan que la vida les ha dado menos de lo que merecen, que la gente les trata peor de lo que merecen, o que ganan menos de lo que merecen por su trabajo. En cambio, resulta rarísimo encontrar a alguien que crea que tiene, le tratan, o gana más de lo que merece.
¿A qué se puede deber esa asimetría? Porque admitiendo que el mundo no es justo, lo normal sería que esa falta de equidad se diera en los dos sentidos: mientras unos obtendrían menos de lo que merecen, otros tendrían que obtener más.
También es interesante ver cómo mucha gente reclama cosas a la Administración (un centro de salud, un colegio, un puesto de trabajo, una vivienda “digna”) dando como único argumento “porque nos lo merecemos”,
Me gustaría saber dónde venden los “mereciómetros”.

miércoles, 27 de enero de 2010

Querer es poder

Las personas percibimos el mundo que nos rodea –incluyendo a las demás personas- a través de nuestros sentidos. Después evaluamos esas percepciones en base a nuestros conocimientos, creencias y experiencias. Y por último nos comportamos ante cualquier situación según la evaluación que hayamos realizado.
Ahora bien: nuestros sentidos nos engañan continuamente, nuestros conocimientos son siempre incompletos, las creencias son a menudo infundadas, y las propias experiencias pueden estar sesgadas.
Dentro del apartado de las creencias, muchas de ellas se sustentan en sentencias populares muy extendidas, que hemos escuchado desde pequeños, y que pocas veces nos atrevemos a poner en cuestión.
Una de esas sentencias es la que afirma que querer es poder.
Pero ¿realmente es así? ¿basta con desear algo con mucha intensidad para conseguirlo? ¿cuando algo se nos resiste es simplemente porque no lo deseamos suficientemente? ¿O bien se trata de una afirmación errónea?

martes, 29 de septiembre de 2009

Dos Hermanas y una falla

El domingo el PP celebró un acto multitudinario en Dos Hermanas, Sevilla. Resultó un éxito de participación ciudadana en el corazón del gran feudo socialista –Andalucía- y además en el núcleo de las esencias felipistas –Dos Hermanas-. La gran afluencia de ciudadanos refleja el hartazgo de parte de la población ante un gobierno débil, que prefiere negar los problemas antes que afrontarlos.


Pero al mismo tiempo algo huele a quemado en el PP de Valencia. Si el asunto de los trajes podía ser una anécdota de escasa relevancia, las grabaciones policiales que ahora se han conocido parecen indicar irregularidades de mucho mayor calado. El PP debería también tener valor para afrontar los problemas. No los de España –que eso le toca al gobierno- sino sus propios problemas internos.

El progresismo ha conseguido extender la noción de que el PP encarna a los viejos fantasmas de España: la Iglesia, los ricos, los caciques, los herederos del franquismo, los fachas. Y sin duda parte de los restos de aquellos fantasmas se acomodan en el seno del PP, aunque sólo supongan una muy escasa minoría. Es por ese motivo que al PP no se le perdona ni una. Se le dio una gran oportunidad en 1996 y en 2000, que Aznar echó a perder al casarse con Bush.

El PSOE, en cambio, ha conseguido atribuirse las mejores cualidades: la solidaridad, la tolerancia, el diálogo, el pacifismo, y la igualdad. No importa que sea mentira que en el PP se esconden los demonios del infierno y que el PSOE tenga más santos que el calendario. “Cría buena fama y échate a dormir”. Es la percepción dominante hoy en día. Y por eso el PP sólo podrá sustituir al PSOE en el gobierno si aparece absolutamente limpio. La sociedad perdonó a Felipe una marea de corrupción durante seis años, pero no parece dispuesta a permitirle al PP ni la menor mancha –como debería hacerse siempre-.

Si el PP no ataja con energía cualquier asomo de corrupción en su seno, actos como el de Dos Hermanas se convertirán en humo en la falla de Valencia.

viernes, 25 de septiembre de 2009

¡Qué raritos son los suizos!

Ayer exponía Pilar, desde Suiza, un comentario del que recomiendo su lectura. Desde el punto de vista de la psicología social me parece un texto de lo más esclarecedor, ya que nos permite contemplar una mentalidad social completamente diferente de la nuestra:

Si no te necesitan...adiós. Si tu no estas contento...te vas.
Parece lógico ¿Por qué la empresa tiene que indemnizar al trabajador si lo despide y el trabajador no tiene que indemnizar a la empresa si la deja colgada?

Creo que la mentalidad de la gente ya es que no quieren subsidios, ni ayudas "especiales"
Aquí sí.

puesto que si es un porcentaje del salario...pues ya pagan mas los que mas ganan
Aquí se espera que los que más ganan paguen aún más.

Claro que votamos mucho... Pero eso te obliga a informarte, y a valorar los pro- y los contras.
Aquí no necesitamos informarnos. Nos basta con saber que Fulanito nos cae bien o que Menganito nos cae mal.

un empleado intenta que le paguen su trabajo lo mejor posible, pero no dice es que este patrón me esta explotando
Aquí todos los empresarios explotan a todos los trabajadores.

mi hijo pequeño dijo que claro que iba a votar porque pagáramos todos el mismo porcentaje... que el no pensaba ser "pobre" toda su vida.
Este comentario me ha parecido especialmente revelador. El hijo de Pilar asume que su estado actual de “pobre” es accesorio a su persona, y está dispuesto a hacer lo que pueda para dejar de ser “pobre”. Aquí el que se considera “pobre” lo ve como algo inherente a su persona (como si hubiera nacido cojo o sordo). Asume que siempre será “pobre”, y la única manera de dejar de serlo que se le ocurre es que le toque la lotería (España es el país del mundo en el que más dinero se gasta en loterías).

cuando se habla de plafonar los "bonus" a los presidentes de los bancos..o de la Nestle...si se votara saldría un NO rotundo...si no se les paga...se irán a otro pais, y si la gente "capacitada" se va...seria una catástrofe.
Aquí nadie piensa que los que ganan mucho dinero sean “competentes”. Son unos chorizos. Aquí creemos que todos valemos lo mismo. Todos somos iguales. Por eso nos parece tan injusto que unos ganen más que otros. Y si se van “los ricos” ¡buen viaje!

Esa es la manera en que pensamos los españoles. Con todas las excepciones que se quiera. Pero esa es la tónica dominante en la mentalidad colectiva.

lunes, 22 de junio de 2009

Progres y fachas ¿Una dicotomía?

A menudo se presenta como una alternativa ineludible la opción entre ser progre o ser facha. ¿Es acertado ese planteamiento? ¿No hay otras opciones? Los progres creen que todos los de derecha son fachas, y los fachas creen que todos los de izquierda son progres. Pero están equivocados
Desde mi punto de vista, la alternativa es doblemente falaz. Primero porque oculta el hecho de que los progres y los fachas no son sino dos entre las muchas ideologías posibles. Y segundo porque trata de identificar a los progres con la izquierda y a los fachas con la derecha, y ambas cosas son groseras simplificaciones –muy propias de progres y fachas-.
Existen muchas personas de izquierda y de derecha, que no son ni progres ni fachas. Existe una sólida base teórica para las ideas de derecha y para las de izquierda. Hay importantes intelectuales de derecha y de izquierda. Ambas corrientes realizan análisis de la realidad social diferentes, y a partir de esos análisis expresan propuestas diferentes para llegar a objetivos diferentes.
Pero las personas de derechas o de izquierda no tienen por qué ser malvados ni imbéciles. Pueden discutir sus postulados respetándose mutuamente, escuchando con atención al otro, y tratar de no caer en la fantasía.
Ser progre o ser facha es otra cosa. Son subproductos de la derecha y de la izquierda. Representan a esas ideologías tanto como un monigote pintado por un niño de tres años representa a un ser humano. Adoptan dos o tres ideas de la derecha o de la izquierda, y sin llegar a entenderlas del todo, se las hacen tatuar en el cerebro. Son incapaces de escuchar con atención a los que ellos consideran sus enemigos, y que sólo son personas con ideas diferentes.
Unos y otros forman parte de ese gran rebaño humano que bala a coro, expresando una consigna sagrada, y que son incapaces de ver nada fuera del rebaño. Dependiendo del rebaño, unos balan ¡Abajo los fachas! ¡Mueran los rojos! ¡Abajo el Barça! ¡Muera el Islam! ¡Abajo el capitalismo! ¡Nucleares no! ¡No al aborto!
En ambos se detectan los mismos tufos: el rencor, la envidia, el odio, la desconfianza, el miedo, la soberbia, la prepotencia, y el fanatismo.
Hace un tiempo hablábamos aquí de la respetabilidad de todas las ideas. A mí las ideas fachas y las progres me merecen el mismo respeto: ninguno.

lunes, 15 de junio de 2009

El destino

Una mujer italiana perdió el vuelo de Air-France que cayó al Atlántico. Gracias a eso salvó la vida. Una semana más tarde, en Austria, murió en un accidente de tráfico.

La noticia tiene su punto. Y nos acerca a ese concepto, mitad magia, mitad fe- al que llamamos “destino”.
¿Existe eso que llamamos “destino”? Es decir: ¿todos tenemos preestablecido un devenir que es ajeno a nuestros actos? Y si es así, ¿quién ha diseñado ese “destino”?
Yo no creo en absoluto en tal cosa. Los que defienden la existencia del “destino” suelen argumentar que “sólo ocurre lo que tenía que ocurrir”. En realidad es una inversión lógica. Lo podemos afirmar es algo diferente: “Sólo ocurre lo que ha ocurrido”.
Evidentemente, una vez que ha ocurrido, nada puede modificarlo. Pero afirmar, a partir de eso, que “nada podría haber ocurrido de otra manera” me parece un osado salto en el vacío. Y sin embargo… son millones las personas que creen que existe el “destino”.
¿A qué se debe esa tendencia tan extendida a creer en algo sobrenatural, inexplicable, mágico? ¿De verdad el hombre es –como suele repetirse- un animal racional?

miércoles, 20 de mayo de 2009

Todas las ideas no son respetables

Una afirmación muy común. Una opinión compartida por millones de personas: “todas las ideas son respetables”.
¿Es realmente así? ¿O sólo es una afirmación “políticamente correcta”? ¿O quizá es el último recurso que tiene quien se queda sin argumentos para defender “su idea”? ¿Hay ideas no respetables?
Quizá a veces confundimos lo que debe ser el respeto a las personas –como seres humanos- haciéndolo extensivo a ciertos atributos de esas mismas personas.
Pero una persona puede merecer todo el respeto del mundo, y no así su conducta.
No es respetable la conducta del que quema coches para divertirse, ni la del que espera agazapado en un parque para acosar sexualmente a una niña.
Lo mismo ocurre con las ideas. No es respetable la idea de que los judíos deben ser exterminados. Tampoco merece mucho respeto la idea de asar la manteca, o la de poner la zorra a cuidar del gallinero.
Lamentablemente, las personas solemos tomar nuestras propias ideas como parte de nosotros mismos –y en cierto modo lo son-, con lo que a menudo consideramos un ataque personal lo que no es sino el rechazo a una de nuestras ideas.
Es un error que suele hacer muy difícil el diálogo y el entendimiento. Nos ponemos a la defensiva; es decir: al ataque, y nos cerramos completamente a admitir la posibilidad de que podamos haber tenido una idea insensata.
Sin embargo, en contra de lo que afirmaba Forrest Gump, tonto no es el que dice tonterías, sino el que crea más problemas de los que soluciona.Los más grandes sabios de la Historia también han tenido alguna idea desacertada.

lunes, 4 de mayo de 2009

Amén

Las religiones desempeñan tres funciones principales: a) dar respuestas a infinidad de preguntas que se hacen los seres humanos; b) proporcionar consuelo psicológico prometiendo una continuidad tras la muerte, protección divina y un bálsamo para curar las heridas; y c) establecer un control social que ayuda a evitar la ley de la selva, proporcionando normas básicas de interés general, y facilitando también la aceptación de grandes injusticias.
La primera ha perdido mucha fuerza, a medida que la ciencia ha ido desvelando gran parte de los misterios que la naturaleza nos ocultaba.
La segunda sigue siendo igual de útil, y millones de personas se sirven de su fe como una muleta que les ayuda a soportar los sinsabores de la vida.
En cuanto a la función de control social la evolución ha sido muy diferente. En muchos países –especialmente en las teocracias islámicas- continúa ejerciendo un alto control sobre las conductas individuales y colectivas. Pero en otros –como ocurre en España- la religión ha perdido para millones de personas su papel de guía y referente.
La pregunta es ¿está la sociedad en condiciones de prescindir de ese control religioso?
Dicho de otra forma ¿pueden todos los individuos ejercer de vigilantes de sí mismos?
A todos nos gusta sentirnos libres, pero ¿estamos todos dispuestos a aceptar la responsabilidad del ejercicio de esa libertad? ¿O en el fondo preferimos que haya alguien que nos señale el camino?
¿No será que estamos trasladando la dependencia y la sumisión religiosas a una dependencia y una sumisión equivalentes, pero ahora hacia el Estado?

martes, 10 de febrero de 2009

Las creencias irracionales

El psicólogo estadounidense Albert Ellis introdujo el concepto de “creencias irracionales”, que son una serie de postulados que condicionan los pensamientos y las conductas de la mayoría de la gente, al menos en el ámbito de Occidente. Éstas son alguna de ellas:

  • Uno debería ser querido y aceptado por cualquier persona de su entorno.
  • Las cosas deberían ser como uno espera que sean, y es un desastre cuando no es así.
  • La felicidad o la desgracia dependen sobre todo de factores externos.
  • La conducta de alguien depende invariablemente de hechos del pasado.
  • Uno debe sentirse fuertemente afectado por los problemas de los demás.

Estas creencias no se basan en ninguna realidad, y contribuyen a generar malestar, infelicidad, y problemas relacionales. Afectan negativamente al equilibrio emocional y al comportamiento individual.
Junto a esas creencias sobre uno mismo, existen otras que podríamos denominar creencias irracionales sociales.

  • La sociedad debería ser justa. Es dramático cuando no lo es.
  • La sociedad tiene una evolución predeterminada, que supone un avance ininterrumpido hacia mejores niveles en todos los campos.
  • Mis costumbres y mis estilos de vida son mejores que los de otras gentes.
  • En cualquier conflicto social hay unos que son intrínsecamente malos y otros que tienen toda la razón.
  • A uno no debería ocurrirle nada malo, si no ha hecho nada para merecerlo.
  • Si todo el mundo pensara como yo, desaparecerían muchos problemas sociales.
  • Antes o después todo el mundo tiene el premio o castigo que merece.

Estas y muchas otras son también creencias infundadas, que sólo contribuyen a la frustración y la infelicidad. Como son falsas, casi todo lo que sucede a nuestro alrededor viola esas presunciones, dando lugar a desasosiego, preocupación, desorientación y tristeza.
Sin embargo, en lugar de sacar las conclusiones lógicas de esa contradicción –revisando las creencias irracionales-, las personas tendemos a mantener las creencias, atribuyendo la infinidad de acontecimientos que las refutan a causas excepcionales.
Contra viento y marea, solemos empeñarnos en mantener nuestro punto de vista. En lugar de reconocer que el mundo –la sociedad- es como es, y no como a nosotros nos gustaría que fuese, persistimos en el autoengaño y preferimos pensar que la sociedad “normal” es como nosotros pensamos, y que todo lo que se sale de ese modelo ideal son anomalías pasajeras, que terminarán por desaparecer.
Desde Platón hasta hoy, pasando por los defensores del socialismo utópico, los seres humanos se empecinan en soñar con un mundo perfecto, que no ha existido ni existirá jamás. Cabe preguntarse si no sería mucho más productivo para las personas y las sociedades que toda la energía empleada en construir quimeras se destinara a aprender a adaptarse al mundo real, y a encontrar mejor acomodo en él.
Soñar con lo que yo haría si me tocara la lotería y entristecerme o enfadarme porque no me toca, no parece una actitud muy inteligente. Sin duda sería mucho más feliz aceptando la realidad de mi escaso sueldo, y organizando mi vida para vivir lo mejor posible con él.