Las fechas navideñas constituyen
el momento álgido para el altruismo. De repente, todo el mundo siente la
necesidad de ayudar a los que más lo necesitan. Por doquier se organizan
rastrillos, recogida de alimentos y conciertos “solidarios”. Una oleada de
generosidad que puede servir para calmar la mala conciencia de unos dispendios
navideños que en muchos casos exceden lo razonable. Los medios de comunicación
nos bombardean con apelaciones a la solidaridad, y una y otra vez nos recuerdan
la existencia de los “desfavorecidos”.
Los desfavorecidos han venido a
sustituir en el lenguaje políticamente correcto a los pobres de toda la vida,
de igual manera que la solidaridad ha sustituido al altruismo. Para muchos es
sencillamente una cuestión de modas en el lenguaje, aunque el lenguaje nunca es
casual y siempre esconde los postulados de la ideología dominante en cada
sociedad.
Dice el diccionario que “pobre”
significa “necesitado, que no tiene lo suficiente para vivir”. En cambio, “desfavorecer”
es “dejar de favorecer a alguien, desairarle”. La diferencia no es banal. En el
primer caso se trata de un sustantivo que se corresponde con una situación
objetiva que posee el “pobre”. Define un hecho sin pronunciarse sobre el origen
del mismo.
En cambio, el término “desfavorecido”
implica la necesaria existencia de otros –los que desfavorecen-. Induce a
pensar que junto a cada persona necesitada hay alguien que le ha privado de lo
que le correspondía, de lo que se deduce que sin la presencia de ese malvado no
existiría tal necesidad.
Este sesgo del lenguaje construye
así dos nociones profundamente ideológicas: por una parte, que los que padecen
una situación de pobreza no tienen ninguna responsabilidad en ello; que son
meros sujetos pasivos, víctimas indefensas y eternas de otros; y que no está en
su mano acabar con su situación. Y en segundo lugar que la sociedad está
formada por dos clases de personas: los inocentes desfavorecidos, y los
malvados desfavorecedores.
No niego que pueda haber algo de esto. Pero creer que es así de forma general supone aceptar que la pobreza es un estado consustancial del que no se puede salir si no es gracias a la bondadosa solidaridad de otros. Supone negar la capacidad de esas personas para encontrar la manera de ayudarse a sí mismas. Supone admitir que se necesita un Estado protector que cuide de unas personas incapacitadas para sobrevivir sin su ayuda, que tienen que estar agradecidas a su bondad, y que -por lo tanto- no pueden ejercer de ciudadanos críticos, sino votar ciegamente al que les da de comer.
Un caso curioso del que me he acordado al leer el texto:
ResponderEliminarhttp://www.elconfidencial.com/tecnologia/2013-12-18/el-mendigo-que-aprendio-codigo-y-creo-una-app-revolucionaria-en-109-dias_67323/