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martes, 24 de julio de 2012

El espíritu de D'Artagnan

La Unión Europea se tambalea. Aquél ambicioso proyecto que surgió tras la dramática inyección de sentido común que recibieron los estadistas tras la 2ª Guerra Mundial puede estar a punto de desvanecerse. Lo que podía haber sido un proceso que desembocara en una unión efectiva, que borrara todos los recelos y egoísmos nacionales, se ha quedado a medias. Los países se han puesto de acuerdo para regular los cierres de las latas de refresco, pero han sido incapaces de establecer una fiscalidad común, un sistema financiero compacto, o una política exterior unificada.

Los burócratas que canibalizan el poder político, tanto en Bruselas como en Berlín, París, Roma o Madrid, han olvidado la lección de 1939. Adocenados en suntuosos despachos, son incapaces de ver Europa, y sólo ven las urnas de su propio país. Todo parecía ir medio bien mientras los PIB aumentaban cada año. En cambio, cuando la recesión impone su tiranía reaparecen los intereses nacionales. La idea inicial al estilo D’Artagnan “todos para uno y uno para todos” se transforma la clásica de los naugragios: “sálvese quien pueda”.

Exactamente igual que ha ocurrido en España. A la muerte de Franco, el recuerdo de la Guerra Civil inyectó una buena dosis de sentido común a los políticos del momento, que fueron capaces de firmar los Pactos de la Moncloa. Pero se promocionó de forma desmedida el sentimiento nacionalista-regionalista-aldeano de la gente, y 35 años después, al igual que en Europa, tenemos 17 nacioncitas, con sus aeropuertitos, sus televisioncitas, y sus banderitas.

Mientras había crecimiento, la cosa iba funcionando: cada virreinato se daba por satisfecho con ir arrancando algo del Estado. Malcriaron a sus ciudadanos diciéndoles que les regalaban toda clase de cosas innecesarias: universidades en poblaciones de 40.000 habitantes; líneas AVE para unir ciudades sin pasajeros; polideportivos para pueblos de 200 habitantes envejecidos. Crearon cientos de miles de puestos de trabajo ficticios: en la minería para extraer carbón que no se utiliza; en las televisiones autonómicas para emitir programas calcados de las privadas; en las universidades para dar clases en carreras que ninguna empresa necesita.

Los españoles, nuevos ricos, llevábamos a nuestros hijos a estudiar para que fueran ingenieros, abogados, biólogos marinos o educadores sociales. Con nuestros hijos estudiando ocho años carreras que deberían aprobarse en cinco, hacían falta camareros, peones agrícolas, trabajadores de la construcción, de la limpieza, del servicio doméstico. Y vinieron de África, de América, de Europa del Este a hacer esos trabajos. Nos compramos pisos a precios astronómicos sin tener dinero ni para pagar una tienda de campaña decente. En verano, las ciudades europeas y las playas del Caribe rebosaban de españoles felices y confiados, que habían pedido un préstamo para pagarse unas buenas vacaciones.

¿Y ahora, qué? ¿Quién le explica a los funcionarios que muchos de ellos sobran porque no deberían haber obtenido su plaza? ¿Quién les dice a los jubilados que sus exiguas pensiones son demasiado altas? ¿Quién les cuenta a los padres que sus niños tienen que hincar los codos porque no puede haber un maestro por cada diez alumnos? ¿Seremos capaces de entonar el lema de los tres mosqueteros? ¿O nos disputaremos unos a otros los salvavidas en el naufragio?

jueves, 5 de julio de 2012

¿Para qué sirve UPyD?

El juez Fernando Andreu ha decidido admitir a trámite la querella interpuesta por UPyD, y tendrán que declarar como imputados Rodrigo Rato y los demás exconsejeros y exdirectivos de Bankia. Los delitos de los que se les acusa son estafa, apropiación indebida, falsificación de cuentas, administración fraudulenta y maquinación para alterar el precio de las cosas.

La economía española está agonizando, a causa de la mala gestión de unos, la avaricia de otros, y la irresponsabilidad de casi todos. El hundimiento de Bankia ha dañado gravemente la estructura financiera del país, y ha contribuido de manera importante a la desconfianza internacional. Además ha dado lugar a que miles de personas perdieran sus ahorros, y ha hecho subir dos puntos el enfado social ante las multimillonarias retribuciones de los gestores que tan mal han gestionado.

Y en ese panorama la partitocracia se ha mostrado completamente insensible. Ni el gobierno, ni el mayor partido de la oposición; ni los defensores oficiales de los pobres; como IU, BNG; ERC, CHA, etc.; ni los tahúres de dos barajas de CiU y el PNV; ni los come-ricos de UGT y CC.OO.; han movido un sólo dedo para intentar aclarar lo qué ha pasado en Bankia y en las cajas de ahorro que la formaron.

Sólo gracias a la existencia de un partido joven, sin hipotecas, sin ataduras, que llama a las cosas por su nombre, y que tiene ideas en vez de un catecismo ideológico, se ha podido dar el primer paso para aclarar lo sucedido. Todos los demás partidos se han negado a que los directivos de Bankia dieran explicaciones en el Congreso. Ningún partido y ningún sindicato han tomado la iniciativa de presentarse ante un juez. Ejemplo lamentable de la gran hipocresía nacional: todo el mundo critica a todo el mundo, pero nadie toma medidas porque todos están chupando de la vaca.

Ahora la justicia tendrá que investigar, y en su momento dictar sentencia, que puede ser absolutoria o condenatoria. Pero sea cual sea el resultado, ahora los ciudadanos saben con mayor claridad para qué sirve un partido como UPyD. Sin duda, el único que, si los ciudadanos quieren, –y con mucha dificultad- podría llegar a limpiar este establo político-financiero llamado España. Los que están instalados en el sistema perverso no lo van a hacer porque el sistema perverso son ellos. Ahora se entiende por qué les molesta tanto UPyD, y no sólo porque sea el único partido que no ha aceptado venderse a cambio de un cargo institucional.

martes, 26 de junio de 2012

El virus de la insidia

De todos es conocido el aforismo que dice “calumnia, que algo queda”. Los efectos del rumor, de la calumnia insidiosa son siempre muy superiores al esfuerzo que cuesta lanzarlos. Adquieren su propia inercia, y pueden crecer y crecer hasta hacer aparecer como verdadero lo que nunca ha existido.


Veamos uno de los métodos de propagación del virus:

V le dice a A en un lugar discreto: “Voy a contarte algo porque mereces toda mi confianza. Pero no se lo digas a nadie. X es un borracho, aunque lo disimula muy bien”.

Después, V –de nuevo en plan confidencial- le transmite a B el mismo virus: “X es un borracho”.

“No me digas, nunca le he visto bebido”, responde B.

“Claro, lo disimula perfectamente. Pregúntale a A y verás”.

Y va repitiendo el mensaje a C, a D, etc. Ninguno tiene motivos para desconfiar de V; y todos ellos se sienten halagados por la confianza que V ha depositado en ellos.

Pero A, B, C, y los demás se relacionan también entre sí. Un día C le comenta a B: “creo que X tiene problemas con el alcohol”, a lo que B responde: “sí, eso tengo entendido”, demostrando así a C que está bien informado. Escenas parecidas se van repitiendo, y al final todos están absolutamente seguros de que X es un bebedor incorregible, aunque ninguno de ellos le haya visto tomar una gota de alcohol.

Existen numerosos expertos en el lanzamiento de insidias. A menudo se trata de personas mediocres, carentes de escrúpulos y que desconocen el significado del la palabra “ética”, y que utilizan esa táctica para medrar en el mundo laboral, social, o político. Otras veces son individuos con patologías mentales, que buscan desesperadamente el protagonismo para sentirse importantes. En ocasiones, se combinan ambas cosas.

En cualquier caso, el daño que pueden hacer es muy grande. Si bien es cierto que la verdad suele terminar imponiéndose antes o después, no es menos cierto que ese camino puede ser largo, y destruir en el proceso a una empresa o una organización. Y en el mejor de los casos, siempre habrá alguien que siga observando a X, intentando descubrir en él un ligero temblor de manos.

miércoles, 20 de junio de 2012

El catalanés

Contra lo que pudiera pensarse, “el aragonés oriental” no es el propietario del bazar chino de la esquina. Se trata de la última ocurrencia del gobierno de Aragón, destilada sin duda por las profundas mentes políticas del PAR. Consiste en eliminar de la nueva ley de lenguas el término “catalán” para referirse al idioma que hablan muchos aragoneses de Nonaspe, Maella, y demás localidades de la zona. Como cualquier nacionalista de pro, se trata de aplicar la máxima de “al enemigo, ni agua”, considerando enemigo a todo aquél que no es de su aldea. Cuando entre en vigor la ley, todas esas personas ya no hablarán oficialmente catalán, sino “aragonés oriental”, que es mucho más patriótico.

El proceso de atontamiento generalizado de la sociedad española le debe mucho al empleo profuso de los eufemismos. A base de dejar de llamar a las cosas por su nombre, terminamos sin saber qué significa cada cosa, lo que asegura la confusión más absoluta. Y de la dificultad en el hablar a la dificultad en el pensar sólo hay un paso. Algo muy bueno para nuestros políticos, ya que cuando es difícil pensar, es más fácil votar al más tonto, al más inepto, o al más corrupto.

Lo de “aragonés oriental” es como si en Méjico decidieran llamar a su idioma “mexicano europeo”; o en Argentina llamaran al suyo “argentino boreal”. Ya puestos a hacer ingeniería lingüística, podrían haber buscado una única palabra, en vez de dos. Seguro que en Valderrobres estarían orgullosos de hablar “catalanés” o “aragolán”. El ridículo sería el mismo, pero tendría algo más de originalidad.

viernes, 15 de junio de 2012

Tocar fondo antes de remontar

La situación económica de España es crítica. Todos lo sabemos. El entramado institucional, la partitocracia hinchada, las subvenciones generalizadas, y los servicios de primera son imposibles de mantener, al menos, no todos al mismo tiempo. Algunos lo sabemos. Otros no quieren ni oír hablar de ello. La situación política y económica de la UE es cada semana más precaria. Todos lo sabemos. Europa camina torpemente, como una minusválida con una pierna de atleta y la otra atrofiada. Con la pierna sana ha creado un bosque administrativo-institucional. Parlamento, Comisión, Consejo, directivas, supervisiones, normativa, y moneda común. La otra pierna apenas se mueve: cada país sigue siendo un coto cerrado de soberanía, en el que todos se miran de reojo, tratando de superar al vecino, incapaces de fijar una fiscalidad común ni una política exterior común. El gran sueño de Schuman, Adenauer, Monnet y Di Gasperi languidece, pilotado por unos dirigentes de mirada corta que sólo sueñan con las urnas del año siguiente. España cae cada día un poco más, y con ella Europa se derrite un poco más. Nos debatimos para no caer como un borracho en una pista de hielo. Llevamos tres años de “situación crítica”. Tanto, que ya nos hemos acostumbrado, que casi pensamos que la crisis es un estado y no un proceso. Faltos de un liderazgo europeo sólido, todo apunta a que continuará la deriva hacia ninguna parte. Todo indica que tendremos que llegar a tocar un fondo tenebroso –en el que no queremos ni pensar- para, quizá, después volver a enderezarnos. Más pobres, más torpes, menos orgullosos, menos ambiciosos. Como en tantas ocasiones, será una terrible realidad la que nos despertará de un espejismo que nos resistimos a abandonar. Aceptaremos entonces -¡qué remedio!- que Europa ha dejado de ser la quintaesencia mundial, y buscaremos humildemente un hueco junto a China y EE.UU.

viernes, 8 de junio de 2012

Menos gestos, y más hechos

Hoy, en las redes sociales está haciendo furor una iniciativa que consiste en escribir al revés, poner fotos del revés, o hacer cualquier cosa al revés. Todo, supuestamente “para ayudar a los demás, dándole la vuelta a las cosas”. Me vienen a la mente docenas de ideas similares: lazos de diversos colores, pegatinas, camisetas; mil maneras de expresar que uno está contra algo o a favor de algo. Gestos. Pero me sigo preguntando en qué favorecen esos gestos a los pobres de Somalia, a los enfermos de SIDA, a los niños con cáncer, a las mujeres maltratadas, o a los refugiados del Sahara. Me lo pregunto, pero una y otra vez me respondo que absolutamente de nada. Con lazos, pegatinas o fotos del revés no les llega ni un paquete de arroz a los somalíes no se compra ni un tratamiento contra el SIDA, no se salva una sola mujer asesinada por su pareja, y no llega un sólo litro de agua al desierto. Pero estas campañas son ingenuas pero no inútiles. Sirven para que cientos de miles de personas se queden más tranquilas penando que han hecho algo útil para otros. Sirven para que una vez colocado el lazo o la pegatina, uno se pueda ir a tomar unas cañas con los amigos, sin sentir remordimiento por los que no pueden ni beber agua. Sirven para demostrar a los demás que uno es solidario, bueno, justo, y benéfico, y poder a continuación despellejar a la compañera de trabajo, o mirar con desprecio al negro que vende pulseras. Y de paso también sirve para ayudar a los que lo organizan, a los que venden las chapas, los lazos o las camisetas; a los que venden libros, discos, o folletos sobre el asunto; a los que obtienen una popularidad mediática gracias a estas campañas tan infantiles como inútiles para los que se supone que van a beneficiar. Más valdría hacer menos gestos y más hechos. Hay mil formas de contribuir de verdad a aliviar las tragedias ajenas. Claro que eso suele hacerse de manera anónima, sin que nadie tenga por qué enterarse. Y, al parecer, lo que importa es que se sepa.

jueves, 7 de junio de 2012

Jibarizar el Estado

Jibarizar el Estado De nuevo Esperanza Aguirre ha dado la campanada con una propuesta rompedora. Para ahorrar unos mil millones, ha anunciado reducción de salarios a funcionarios, aumento de tasas judiciales, peajes en carreteras, menos dinero para guarderías, y –esto es inaudito- ¡reducción a la mitad del número de diputados de la Asamblea de Madrid! Ya veremos si la cosa prospera. Ya veremos si la idea se extiende a las demás CC.AA. Pero es el primer asomo de tijeretazo a esa estructura política elefantiásica de un Estado que lastra a una sociedad muy debilitada. Aparte de las reducciones de sueldos de los políticos –que ya se han producido- en casi todas las administraciones, esta iniciativa supone el primer mordisco a la cabeza del pulpo que nos atenaza a todos. Sin duda, la reducción de diputados no tendría un efecto significativo en las cuentas públicas. Es evidente que el dinero se escapa en grandes cantidades por otras infinitas grietas, desde la proliferación de organismos públicos, el excesivo número de funcionarios y la baja productividad de buena parte de ellos, la construcción de infraestructuras innecesarias, las subvenciones generalizadas a todo bicho viviente, el fraude fiscal socialmente tolerado, y el abuso de lo público en beneficio del particular. Pero el efecto simbólico de esa medida es de la mayor importancia. Supone plantearse que igual el Estado no necesita tantas cabezas pensantes y legislantes. Que se puede adelgazar la nube de políticos que viven del erario público, y que además se han especializado en crear problemas donde no los había. España se ha convertido en un monstruo con una cabeza gigantesca, unas extremidades poco musculosas, y poca sangre corriendo por sus venas. Como ocurría en el Ejército del franquismo, sobran generales y sobran soldaditos enchufados. Hay que reducir esa cabeza en vivo, y no esperar a tener un cadáver para aplicar las técnicas de los jíbaros.

martes, 5 de junio de 2012

Ponerse las pilas

El presidente de Mercadona, Juan Roig, ha vuelto a hacer sonar la campana con unas declaraciones cuyo sonido destaca en el apagado murmullo de este bosque en el que millones de animalillos huelen el incendio, sin atreverse a levantar la cabeza para no ver las llamas. Al decir que “España será intervenida si los españoles no se ponen las pilas”, el empresario ha polarizado la opinión pública. Muchos se han escandalizado porque varios millones de españoles no pueden ponerse a trabajar aunque quieren hacerlo, y porque otros millones cumplen cada día responsablemente con sus obligaciones. Pero un número no menor de ciudadanos está de acuerdo con Roig, porque también hay varios millones de españoles que obedecen escrupulosamente a la vieja ley del mínimo esfuerzo, que aprovechan todos los resquicios para escaquearse del trabajo, para arañar unos eurillos de donde sea, y para amorrarse a la teta del Estado del Bienestar. Eso sí: enarbolando grandes banderas reivindicativas de sus derechos, y echando pestes contra todo aquél que tiene más que ellos, sin diferenciar entre los que lo han conseguido por su esfuerzo, su inteligencia, y su tesón; y aquellos otros que lo han logrado a costa de aprovecharse ilícitamente de los demás. No se puede generalizar. No es cierto que todos los españoles sean unos vagos oportunistas, tramposos y caraduras. Pero tampoco es cierto lo contrario. Hay de todo. Pero los millones de ciudadanos honrados, cumplidores, trabajadores. esforzados e íntegros no pueden contentarse con serlo. Además tienen que ser agentes activos para desmontar el cáncer que suponen los otros españoles. No basta con clamar contra la corrupción política, contra la mala gestión financiera, o contra la sumisión de los medios de comunicación. En estos momentos críticos para todos, esos españoles que se consideran limpios –y que lo son- tienen la obligación de denunciar a los otros españoles, a los Rinconetes y los Cortadillos que pululan en su entorno. En su familia, en su edificio, en su taller, en su oficina, en el colegio de sus hijos, en su parroquia. Es imprescindible la colaboración ciudadana en ese terreno. Hay que mirar a los ojos a esos sinvergüenzas conocidos y mostrarles el rechazo y el desprecio que merecen, en lugar de sonreírles educadamente, y comentar a sus espaldas sus fechorías. Aunque se suele creer lo contrario, hacen más daño veinte millones de personas robando a pequeña escala, que diez mil políticos o financieros despilfarrando o estafando.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Despersonalizando el personalismo

Una de las acusaciones que emplean los detractores de UPyD es la de ser un partido “personalista”. Como suele ocurrir con todos los tópicos, no se fundamenta en datos objetivos, y les basta con hacer vagas alusiones a la destacada personalidad de su líder, Rosa Díez.

Hace pocos días ha presentado la dimisión la que ha sido durante dos años Coordinadora del Consejo Territorial de Aragón, Cristina Andreu. Tal como ella ha manifestado, no existen discrepancias ideológicas con el partido, y afirma que continuará defendiendo los mismos principios como simple ciudadana. Tras esa dimisión, el Consejo de Dirección ha nombrado a Carlos Aparicio para dirigir la Comisión Gestora que regirá el partido en Aragón hasta que los afiliados elijan a un nuevo Consejo Territorial en los próximos meses. Todo ello supone una refutación de ese sambenito de “personalismo”, que tanto jalean los partidos mayoritarios y los nacionalistas. Por una parte porque Cristina Andreu, que ha desarrollado una importante labor política durante su mandato, ha sido coherente con lo que predica UPyD, y cuando no se ha sentido cómoda en el partido ha decidido apartarse. Podría haber tratado de capitalizar que ha llegado a ser una persona conocida en Aragón con una maniobra “personalista”, pero ha hecho lo razonable: dejar que el partido continúe su evolución natural, que viene siendo de lento, pero continuo crecimiento desde su fundación. La segunda prueba de que UPyD tiene menos de personalista de lo que dicen sus adversarios es que el Consejo de Dirección no ha designado al frente de la Gestora a uno de los fundadores de la formación, ni a una “personalidad” de las más destacadas del partido. Ha optado por un hombre riguroso y equilibrado, que ha venido desempeñando con eficacia y discreción la función de Responsable de Comunicación y Prensa, y que ha demostrado no tener el menor interés en destacar “personalmente”. Lo más alejado que pueda pensarse del dichoso “personalismo”. Y en tercer lugar la inmensa mayoría de afiliados y simpatizantes de Aragón, que continúan adelante trabajando para dar a conocer a los ciudadanos unas propuestas políticas que resultan revolucionarias: regenerar la política y la sociedad; poner las ideas por delante de los intereses personales; mantener el mismo discurso en cualquier lugar de España; actuar coherentemente con lo que se predica; y pedir a los españoles que actúen como ciudadanos y no como súbditos. Esos afiliados y simpatizantes que conocían a la anterior Coordinadora, y que respetando su decisión, se disponen a seguir participando en política, con independencia de quién dirija el partido, demuestran claramente que también para ellos lo importante no son las personas, sino las ideas. Algo muy poco común en la práctica política española, y de lo que deberían aprender aquellos que acusan a UPyD de ser un partido “personalista”.

viernes, 18 de mayo de 2012

La niña bonita ha perdido la virginidad

Unión Progreso y Democracia se fundó en 2007 como una opción política diferente, centrada en las ideas y no en las ideologías; orientada al futuro y no a recordar las heridas del pasado; dirigida a los que votan con la cabeza, y no con el corazón; para defender los derechos de las personas, y no de los territorios; para administrar el interés general, y no el de sus afiliados. La tarea no era fácil en una España con más adeptos que afines. Durante cuatro años Rosa Díez fue la única voz que defendía esos principios en un Congreso de rebaños balando al unísono. Rosa Díez se mantenía en primer lugar en la valoración pública, y el porcentaje de votos de UPyD iba aumentando de manera lenta y constante. El partido magenta era opción limpia, libre de ataduras, sin compromisos previos y sin nada que agradecer a nadie. Era la niña bonita de la política. Tras las elecciones de Asturias, el voto de Ignacio Prendes era decisivo para la formación de un gobierno “de izquierda” o “de derecha”. Por primera vez en los últimos 35 años, un partido ha estado negociando su apoyo, no a cambio de consejerías, ni de un puñado de lentejas para un terruño, sino para obtener avances en la línea de sus principios fundacionales. Al final UPyD apoyará un gobierno del bloque PSOE-IU. Ante la incapacidad de entenderse PP y FAC, el partido magenta tenía que optar por apoyar al otro bloque o asumir la responsabilidad de nuevas elecciones. La decisión ha supuesto la pérdida de la virginidad de UPyD. La mitad de esa España sectaria ya puede proclamar que UPyD es “de izquierda”, al igual que habría hecho la otra mitad si el apoyo hubiera sido para el bloque “de derecha”. Una parte de los afiliados, de los simpatizantes, y del largo millón de votantes de UPyD están decepcionados. Pero hay que recordarles que para UPyD hacer política es tomar decisiones. Es elegir lo menos malo. Es pensar a largo plazo, y no sólo en la inmediatez. Es trabajar con un horizonte amplio, y no mirándose el ombligo. El reto de la regeneración democrática y social de España es mucho más ambicioso que el gobierno de un territorio de un millón de habitantes. Los grandes objetivos de UPyD se mantienen íntegros. Sus cinco diputados en el Congreso, sus representantes en la Asamblea de Madrid, y en gran número de ayuntamientos están dando a diario ejemplo de que se puede hacer política de otra manera. Nacho Prendes lo ha demostrado. Los españoles que votan con la cabeza y no con el corazón así lo entienden, y saben que apoyar a PSOE-IU en Asturias no significa entregar nada ni renunciar a nada. La niña bonita ha perdido la virginidad. La niña bonita se ha hecho adulta.

lunes, 14 de mayo de 2012

La burbuja del Estado

A estas alturas todos sabemos en qué ha consistido la “burbuja inmobiliaria”, ese espejismo de riqueza que, al estallar, nos está obligando a volver dolorosamente a una situación menos ambiciosa, pero más acorde con la realidad. En esencia, la burbuja inmobiliaria ha consistido en la edificación de millones de viviendas, adquiridas por millones de españoles con cientos de millones que no tenían, y que bancos y cajas les prestaban alegremente. Convencidos todos de que la prosperidad estaba garantizada por los siglos de los siglos, los ciudadanos –con el aliento de unas entidades bancarias complacientes- pidieron dinero para pisos más grandes, con terrazas más amplias, con muebles más caros, electrodomésticos más sofisticados, y cortinas más lujosas. Todo al fiado, como sus abuelas compraban los garbanzos en el colmado de la esquina. En paralelo, el Estado ha ido creando su propia burbuja, ha edificado un enorme entramado institucional, con administraciones duplicadas; lujosos edificios para sedes de gobiernos autónomos y parlamentos regionales; cientos de empresas públicas –porque hace falta mucha gente para ganar elecciones, y hay que agradecerles el esfuerzo colocándolos bien-; unos sindicatos bien engrasados para garantizar su docilidad; universidades por doquier, aeropuertos en cada esquina; líneas de AVE para llenar el mapa; prestaciones sanitarias universales; ordenadores en las aulas; prejubilaciones para post-adolescentes; subvenciones a miles de ONG’s; polideportivos para septuagenarios; auditorios monumentales, carriles-bici para no desgastar las calzadas; festivales; conciertos; y hasta condonación de la deuda de otros países. Al igual que en el caso de la otra burbuja –la inmobiliaria- todo ello sin tener dinero para hacerlo. Recurriendo al préstamo de los inversores internacionales –antes generosos y complacientes-, como si la prosperidad estuviera garantizada por los siglos de los siglos. Ahora nos encontramos con que la primera burbuja ha estallado, el colmado está a punto de cerrar, y ya no encontramos quién nos fíe los garbanzos. Los bancos, antes complacientes, son ahora malvados buitres que se alimentan de nuestros despojos. Desesperados por la necesidad, volvemos la mirada hacia el Estado, última esperanza –aparte de la Providencia Divina-, implorando, exigiendo, gritando para que nos saque del pozo en el que nos hemos metido. Pero el Estado está a punto de ver como estalla su propia burbuja. Los inversores internacionales, antes complacientes, son ahora malignos especuladores que se han propuesto arruinarnos. Los gobiernos se debaten en el laberinto que ellos mismos han ido creando, incapaces de encontrar la salida. Necesitan a los votantes para existir, pero les resulta imposible darles todo lo que les habían ofrecido para conseguir sus votos. Ya no tienen nada que ofrecerles, sino sangre, sudor y lágrimas. Y el pueblo, desconcertado e incrédulo, asiste entre indignado y aterrado al desmoronamiento de una quimera de Estado Providencia; al estallido de la inmensa burbuja de un Estado que les ha engañado. Que les dijo que la democracia era la garantía de la libertad, de la justicia, de la prosperidad y de la seguridad. Que les hizo creer que con democracia todo sería maravilloso, que los derechos no tendrían límites, que alguien se encargaría de subsanar las consecuencias de sus errores, que podían despreocuparse de todo… excepto de votar cada cuatro años.

viernes, 11 de mayo de 2012

El peso de los escombros

El gobierno se ha puesto el traje de faena y se ha metido en obras. Pretende reformar España de arriba a abajo: el salón de la educación; el cuarto de baño de la sanidad; el dormitorio de las pensiones; el despacho del sistema bancario; y el trastero de la reglmentación laboral. Somos muchos los que pensamos que debería reformar también la instalación eléctrica del sistema autonómico; las ventanas de la separación de poderes; los desagües de las subvenciones; y los armarios empotrados de la partitocracia. Y ya puestos, tendría que hacerse un buen pulido y abrillantado del funcionariado. Se necesitan reformas, muchas y de envergadura. Pero, como en toda obra- se producen gran cantidad de escombros. Nadie está a salvo de que le caiga algún cascote en la cabeza, y todos vamos a quedar manchados con el polvo. Es inevitable: tendremos que soportar las incomodidades durante un tiempo, si queremos después disfrutar de una España convenientemente rehabilitada. Pero el gobierno debería planificar bien las obras, y tener mucho cuidado con los escombros. Existe el peligro de que –si se acumulan en exceso, sin orden ni previsión- el peso de esos desechos supere la resistencia de la estructura. A ver si por reformar a lo loco se nos va a hundir el edificio entero.

martes, 8 de mayo de 2012

La importancia de las motos

En un lejano país había un labrador que mantenía a sus cuatro hijos con el fruto de unas tierras que trabajaba con ahínco. Deseando que tuvieran un futuro digno del siglo XXI los envió a estudiar a la ciudad. Como los gastos eran muchos, pensó en instalar invernaderos para aumentar la producción de sus tierras. Obtuvo un préstamo del banco del pueblo para adquirir los materiales, y al año siguiente la cosecha se multiplicó, con lo que pudo devolver parte del crédito y dedicar el resto al mantenimiento de sus hijos en la ciudad. A la vista de la buena situación, los hijos le explicaron que estudiarían mejor si pudieran disponer de en un piso amplio, en vez de en vivir en la estrecha habitación de una pensión junto a la universidad. El padre lo entendió, y solicitó y obtuvo un nuevo préstamo del banco. La cosecha volvió a ser cuantiosa, y pudo devolver la parte del préstamo de ese año. Entonces los hijos le dijeron que perdían mucho tiempo en desplazamientos desde el nuevo piso de la ciudad hasta la universidad. Le propusieron que comprara una moto para cada uno, y que tenía que ser de gran cilindrada, para no ser menos que sus compañeros. El padre volvió a hablar con el banco, y obtuvo un nuevo préstamo para comprar cuatro soberbias máquinas. Ese año la cosecha fue también buena, pero las tormentas primaverales habían dañado las instalaciones del invernadero. El hombre volvió al banco para pedir dinero para reparar su explotación, pero esta vez el banco no accedió a su demanda. Habló entonces con sus hijos, y les pidió que vendieran las motos para con ese dinero arreglar el invernadero. Los hijos le dijeron que eso era imposible porque todos sus compañeros se burlarían de ellos. Para no enfrentarse con ellos, el hombre aplazó las reparaciones. La cosecha fue menor ese año, y el invernadero se deterioró aún más. No pudiendo devolver lo pactado al banco, les dijo a sus hijos que no podría enviarles sino la mitad del dinero de otros años. Los hijos se enfurecieron: le dijeron que estaban en mitad de sus carreras, que él les había enviado a estudiar, que tenían derecho a hacerlo, y que no podían ir en autobús a la universidad. Tampoco aceptaron alquilar dos de las habitaciones de la casa a otros estudiantes porque estarían todos demasiado apretados. El padre se resigno. El dañado invernadero produjo ese año una cosecha ínfima. No pudo devolver los préstamos. El banco embargó las tierras, el piso de la ciudad, y las motos. Los hijos tuvieron que abandonar los estudios, y sin un lugar donde vivir se alistaron en el ejército del país vecino. No volvieron a dirigir la palabra a su padre, culpándole de haber administrado mal las tierras y de haberles dejado sin dinero y sin futuro.

viernes, 27 de abril de 2012

Quimioterapia social

Standard & Poor’s rebaja la calificación de la deuda española en dos grados. El desempleo aumenta hasta el 24,44%. El crédito bancario continúa asfixiado. Decenas de miles de jóvenes buscan una salida fuera de España. Estudiantes, sanitarios, sindicatos, y los del 15-M se preparan para demostrar en las calles su cabreo. Rajoy ya no sabe dónde esconderse. La situación es terrible; el horizonte plomizo; el pesimismo cunde; seguimos avanzando en un larguísimo túnel sin saber cuánto falta para llegar a la salida. Es la consecuencia del tratamiento con quimioterapia. El enfermo está muy grave. Lo estaba desde hace años, y durante demasiado tiempo han intentado curarlo a base de pomadas, masajes, analgésicos y dieta blanda. Pero la enfermedad era mucho más profunda. Es imprescindible un tratamiento agresivo. La quimioterapia tiene unos efectos secundarios dramáticos. El enfermo se queda para el arrastre, y la familia termina odiando al equipo médico, pero es la única manera de que después pueda recuperar la salud. Hay que aguantar y tener paciencia. Sin embargo, no estoy tranquilo. De momento parece que esos médicos se olvidan de los 8.300 ayuntamientos, de los 460.000 políticos que viven del dinero público, de la televisiones autonómicas, de los servicios duplicados y triplicados, de las CC.AA. que continúan gastando con alegría porque no recaudan ellas. Creo que pese a su dureza, el tratamiento va en la buena dirección. Pero temo que estén tan obsesionados con la quimioterapia que se les está olvidando que hay que extirpar el tumor.

martes, 24 de abril de 2012

Sálvese quien pueda

Ahora que parece que casi todo el mundo –a excepción de los partidos nacionalistas- va reconociendo que sí, que UPyD tenía razón, que este Estado de las Autonomías es inviable, que nos hemos pasado 8.300 pueblos –literalmente-, el gobierno central aprieta las tuercas a las CC.AA., y éstas se ven obligadas a reducir lo que siempre dijeron que no tocarían: la sanidad y la educación.

La reacción ha sido inmediata. Los maestros y profesores, y el personal sanitario, a través de sus variopintos sindicatos han visto venir la pérdida de miles de puestos de trabajo interino, y puede que empiecen a sentir el vértigo de un futurible despido de funcionarios con oposición. En otros países ha ocurrido, y no hay razón para pensar que en España no llegue a ser posible.

Por su parte, los padres de alumnos, los universitarios, los enfermos, y los candidatos a enfermos –que somos todos- también han puesto el grito en el cielo, temiéndose que van a verse perjudicados por una u otra vía.

Es curiosa la diferente vara de medir que utilizamos las personas para evaluar las situaciones y establecer soluciones. La conciencia de que existe un gasto público desmesurado es universal. La asunción de la necesidad de reducir gastos y servicios se extiende cada día más. Pero cuando llegamos a lo concreto, y esa reducción se plasma en consecuencias que nos afectan directamente a cada uno, olvidamos lo anterior, y exigimos que a nosotros no nos toquen los derechos adquiridos.

No sé si España será capaz de salir airosa de esta dura y larga prueba. Se necesitaría mucha cordura, visión de futuro, y sentido de estado por parte de los dirigentes políticos; y no son esas las características que más les distinguen. Pero haría falta también grandes dosis de responsabilidad y coherencia por parte de los ciudadanos. Si todos nos obstinamos en que los sacrificios los hagan los demás, podemos entrar en la peligrosa espiral del “sálvese quién pueda”.

viernes, 20 de abril de 2012

Recortes o reformas

Ayer defendía la necesidad de reformar el sistema sanitario -y lo mismo ocurre con el educativo, que abordaré otro día-. No se puede seguir manteniendo el espíritu de buffet libre en la prestación de servicios, porque los ciudadanos no son del todo conscientes de lo que les cuestan, y porque fomentan el abuso y la ineficiencia.

Con todo, las medidas anunciadas en Sanidad no me parecen las más convenientes. Dejando aparte el hecho de que todo el alud de medidas del gobierno deja en evidencia la falsedad y la cobardía que desplegó el PP durante la campaña electoral –hecho gravísimo en sí mismo-, en todas ellas se aprecia la imperiosa necesidad de recortar, y una insuficiente elaboración de reformas estructurales imprescindibles.

Las medidas de racionalización en Sanidad podrán ser aplicadas o no en las CC.AA., con lo que pueden aumentarse la diferencia en los derechos de los españoles en función de la región en que habitan. Si no todas las CC.AA. las aplican, el efecto esperado en cuanto a recuperar confianza de los mercados internacionales se habrá perdido en buena medida. Como viene proponiendo UPyD, habría sido necesario, primero, devolver al Estado las competencias normativas sobre estos servicios, para que la Sanidad fuera la misma para todos, aunque siguiera estando gestionada por lso gobiernos autonómicos.

Se crea, además, un sistema complejo, ligado a la renta de cada usuario, lo que supondrá un elevado coste, una mayor burocracia, y abrirá una puerta más al fraude y al chanchullo –cosas en las que somos expertos en España-. Nada garantiza que muchos médicos vayan a dejar de recetar alegremente todo lo que le piden sus pacientes. Nada garantiza que los pensionistas –y ahora también los parados sin prestación- sigan consiguiendo recetas para toda la familia. No se hace nada para evitar el abuso de las urgencias, ni de las consultas de atención primaria.

En definitiva: un parche para ir tirando. Una leve mejora respecto a lo anterior. Pero todavía muy lejos de una reforma que fomente la responsabilidad de los usuarios y del personal sanitario. Aceptamos el recorte. Pero esperamos la reforma.

jueves, 19 de abril de 2012

Sanidad de buffet libre

El gobierno ha anunciado una reforma sanitaria que incluye el pago parcial de los medicamentos por parte de los pensionistas. Pagarán el 10% de su importe, con un máximo mensual entre 8 y 18 euros, según sus ingresos. También pagarán un 10% más los trabajadores en activo, y en cambio no pagarán nada los desempleados sin prestación.

La reacción de una parte de la opinión pública ha sido explosiva: inadmisible; ataque a la sanidad; los jubilados tendrán que escoger entre comer o medicarse; afectará a la salud de los más pobres, etc. Me pregunto por qué en España tenemos tanta dificultad para contemplar con serenidad los asuntos. Aquí no hay términos medios: o las cosas son maravillosas o terroríficas. Ángeles o demonios.

Resulta increíble la ceguera de aquellos que no entienden que el sistema actual es completamente irracional, además de insostenible. No es razonable que España se haya convertido en el primer destino mundial de turismo sanitario, porque aquí se proporciona sanidad gratuita a cualquiera que viene. No tiene sentido que un mileurista con dos hijos pague el 40% de los medicamentos, y un jubilado con pensión de 3.000 euros los obtenga gratis. No es eficiente que las urgencias se utilicen generalizadamente en sustitución de la atención primaria. No puede ser que los botiquines domésticos estén atiborrados de medicamentos. No es legítimo que familias enteras obtengan medicinas gratis a través de la tarjeta sanitaria del abuelo.

Se argumenta, con razón, que ya pagamos la sanidad a través de las cotizaciones y los impuestos. El gran fallo de este método es que existe gran distancia entre el que paga y el que recibe. Todos pagamos la sanidad –la utilicemos o no-, pero al no pagar según su uso, se dispara la tendencia a abusar del sistema. Igual que ocurre en los restaurantes de buffet libre: al mismo precio, la gente tiende a atiborrarse, y al que sólo se come un plato de ensaladilla se le pone cara de idiota.

Con todo, creo que la reforma anunciada no va a terminar con las ineficiencias. Pero eso lo explicaré mañana.

martes, 17 de abril de 2012

Hítler y los recortes

La ex-vicepresidente del Gobierno, M. T. Fdez. de la Vega, ha relacionado las políticas de austeridad actuales con el ascenso al poder de Hítler.

Como siempre que se hace una comparación con Hítler, la intención es sacudir a alguien, en este caso al gobierno del PP. Pero, aparte de eso, hay algo de verdad en las palabras de De la Vega. La Alemania de los años 20 padeció las durísimas condiciones que los Tratados de Versalles habían impuesto como reparaciones de guerra, en 1919. Se produjo una inflación desorbitada, y se llegaron a utilizar meros papeles como sustitutos del dinero. La patria de Kant y de Hegel no podía resignarse a ser los pordioseros de Europa, y el discurso de Hítler tenía el terreno abonado.

Nadie sabe cómo puede terminar la profunda crisis en la que se debate España. Tanto la situación del país como las circunstancias internacionales son muy diferentes a las de 90 años atrás. Pero no deberíamos dejar de preocuparnos, y convendría exigir a los líderes políticos de todos los partidos una visión más amplia que la mezquina de intereses electorales que suelen exhibir.

No es el hambre lo que provoca revoluciones y las guerras. Países en los que millones de personas viven en la penuria se mantienen pacíficamente, soportando su destino con resignación. Lo que da lugar a las explosiones sociales es la frustración de las expectativas, con independencia del nivel objetivo de bienestar que tenga una sociedad. Un habitante de Somalia no se moverá si mañana sigue igual que hoy: sin poder comer más que un puñado de arroz. En cambio, un chaval de París o de Madrid puede llegar a asaltar el Elíseo o La Moncloa si de repente se queda sin poder echar gasolina a su moto.

viernes, 13 de abril de 2012

Padres al cole

El chico, de 14 años, ha suspendido todas las asignaturas. El padre, indignado, ha ido a hablar con el tutor, y ha exigido entrevistarse con cada uno de los profesores de cada asignatura. Aunque no es el procedimiento habitual, porque para eso está la figura del tutor, el jefe de estudios accedió, y el padre fue visitando a cada profesor.

¿Quería saber cuáles eran los puntos débiles de su hijo? ¿O preguntar de qué manera podría él contribuir desde casa a que el chico estudiara más?

No. Era que el padre no estaba de acuerdo con las calificaciones. Exigió ver los exámenes, y las notas que habían merecido los trabajos realizados por su hijo en casa. No estaba de acuerdo con ellas: “Este trabajo NOS ha costado hacerlo casi diez horas a mi hijo y a mí. No puede ser que le ponga un 4”.

Me pregunto quién debería ir a cole ¿el hijo o el padre?

miércoles, 11 de abril de 2012

Escuelas democráticas

Algunos padres y maestros defienden la existencia de las llamadas “escuelas democráticas”, en las que los alumnos serían los responsables de su propio proceso educativo. Ellos decidirían qué aprender y qué no aprender; ellos decidirían cómo organizar las clases; no habría exámenes ni calificaciones; y los alumnos (?) podrían dedicar al juego todo el tiempo que desearan.

Se trata de una idea que ya surgió a finales del siglo XIX, y que –a primera vista- parece atractiva, y más aún a la vista del alto grado de fracaso escolar que produce el sistema generalmente aceptado. Además, contiene elementos de indudable interés, como el papel de la mediación en la resolución de conflictos; el fomento del debate y de la toma de decisiones por mayoría. Sin embargo, el hecho de que sea la antítesis del autoritarismo exacerbado no hace que la “escuela democrática” se convierta en la mejor vía para la educación y el aprendizaje. Ni un extremo, ni otro.

Si profundizamos más allá del mero voluntarismo bienintencionado, pronto veremos que se trata de una propuesta idílica, pero que contradice buen número de realidades biológicas, psicológicas, y sociales. Quizá bastaría decir que si la idea fuera tan buena como creen sus defensores, no se explica que –tras más de cien años- no haya conseguido extenderse en ningún país del mundo.

Surgen, además, muchas dudas: ¿a qué edad se inicia? ¿a los tres años, a los seis, a los doce? Si es a los tres, ¿deben decidir los niños democráticamente a qué hora se van a la cama o cuándo se duchan? Si es a los seis, ¿deciden ellos qué programas de televisión pueden ver o qué alimentos toman? Si es a los doce, ¿ellos deciden cuándo tienen que ir al médico? Por otra parte, ante la ausencia de evaluaciones y calificaciones ¿cómo se garantiza que al final de la escolarización estén capacitados para acceder a una universidad? ¿cómo pueden saber los padres si van evolucionando adecuadamente en la adquisición de conocimientos?

La idea puede ser atractiva, sí. Pero olvida que el aprendizaje requiere ciertas condiciones: curiosidad, esfuerzo y constancia. Y lo cierto es que no todos los niños poseen esas cualidades en el mismo grado ¿qué hacemos si una mayoría de niños de una clase tienen poca curiosidad, pocas ganas de esforzarse, y ninguna constancia? ¿tiene que resignarse la minoría que sí tenga esas cualidades a avanzar al ritmo de los más perezosos mayoritarios?

Y por último: el proceso educativo –como otras actividades humanas- no es igualitario. No puede serlo porque no es simétrico. El profesor, igual que los padres, ocupan una posición diferente, y superior en su ámbito, a la de los alumnos y los hijos. Exactamente igual que en un quirófano el cirujano no está en el mismo plano que el paciente. Igual que el capitán de un barco no lo está respecto a los pasajeros. El capitán de un barco sabe a dónde tiene que ir el barco, sabe qué rumbo hay que seguir, qué velocidad conviene, y cómo organizar a la tripulación. Los pasajeros no pueden decidir democráticamente cómo se gobierna un barco. Los alumnos tampoco puede decidir cómo se lleva una clase. Los experimentos, con gaseosa.