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miércoles, 23 de enero de 2013

Que se mueran los viejos


El ministro de Finanzas de Japón, Taro Aso, ha pedido a los ancianos japoneses que se den prisa en morir, para que el estado del Sol Naciente pueda ahorrarse el altísimo coste de su atención sanitaria.

Sorprende que la noticia venga del un país que tiene fama de venerar a sus ancianos. Pero, al parecer, eso de “la pela es la pela” está más extendido de lo que podíamos creer. Y también es cierto que la economía japonesa (y la europea) va a tener muchas dificultades para mantener el equilibrio entre una esperanza de vida cada vez más alta y una tasa de natalidad cada vez más raquítica.

Pero lo que me aterroriza es pensar que la noticia puede estar circulando por los despachos del ministerio del señor Montoro. Me imagino al pobre hombre, compungido, mirando sus enormes tijeras, y sin saber ya de dónde recortar. Y entonces los japoneses le regalan la gran idea: ¿Por qué no recortar la esperanza de vida? ¿Por qué dejar que la caprichosa Naturaleza decida cuando termina el ciclo vital de los ciudadanos? Si tenemos regulada la edad para poder beber alcohol, para entrar o no en prisión, para entrar a un casino, y para jubilarse, ¿por qué no regular por ley la edad para morirse? O bien ¿por qué no establecer un nuevo impuesto, que se iría incrementando en cada cumpleaños, a partir de los 65?

Sería un inesperado final para la larga evolución de los estados. Nacieron para ponerse al servicio del pueblo, para garantizar su libertad y su seguridad. Llevan décadas engordando sus estructuras, insaciables, exprimiendo cada vez un poco más a los ciudadanos. La implantación de una edad obligatoria para morirse supondría el paso definitivo, el final del trayecto hacia unas sociedades en las que los ciudadanos nacieran con el único fin de mantener al Estado.

lunes, 21 de enero de 2013

Silencio culpable (II)


En la España de Franco no se hablaba de política. En su lugar la gente podía encauzar sus anhelos y sus emociones a través de dos grandes canales: la religión y el fútbol. En 1978 los españoles llegaron a la democracia, pero la democracia no llegó a los españoles. Treinta y cinco años después la política se sigue empapada de esos dos componentes. Los nacionalismos funcionan como religiones; y la rivalidad partidista funciona como el fútbol.

Por otra parte, la corrupción empapa una sociedad que lleva en sus genes a Rinconete y Cortadillo. Con frecuencia lo único que diferencia al gran mangante del pequeño tramposo es que uno y otro no tienen las mismas ocasiones de llevarse su tajada.

Para completar el montaje del país de Trincaloquepuedas, el silencio cómplice se ocupa de amortiguar la realidad. Silencio entre iguales. En el instituto nadie se chiva del que copia el examen. En el trabajo nadie delata al que no da palo al agua. En los partidos políticos nadie denuncia al corrupto que defiende las mismas siglas. Los militantes del PSOE claman ahora contra la corrupción en el PP, igual que los del PP claman contra la corrupción en el PSOE. Pero nunca nadie ha dicho nada contra la corrupción en su propio partido.

Es el toque futbolístico. La afición se pone en pie aullando con el menor empujón de un jugados del equipo contrario a uno de los suyos. Pero permanece en silencio cuando uno de los suyos le da una patada en el tobillo a un contrario.

Ante lo que se está sabiendo sobre el caso Barcenas los militantes del PP tendrían que haber salido los primeros para exigir a la direción de su partido que explique qué ha pasado. Que aclare si se entregaron sobres con dinero negro a altos cargos. Que se sepa qué altos cargos cobraron. Que se expulse del partido a todos los que hayan podido participar en el asunto. Los militantes del PP honrados deberían hacer esto inmediatamente, o bien darse de baja del partido. En caso contrario estarán respaldando la corrupción. En este caso –y en los casos que afectan a otros partidos- el silencio no es sólo cómplice: es culpable.

viernes, 18 de enero de 2013

Carta de un español honrado a un político corrupto


Corrupto señor ministro, consejero, director general, o lo que sea:

Me he enterado de que usted ha falsificado las cuentas públicas, que ha colocado a sus amiguetes, que ha amañado subvenciones, y que se ha quedado con el dinero de mis impuestos. Por todo ello me dirijo a usted para exigirle su inmediata dimisión, y que abandone España para siempre.

Soy un honrado ciudadano que ha tenido que abrirse camino en la vida sin ayuda de nadie. De adolescente se me daban muy mal las matemáticas, y me vi obligado a copiar en el examen para poder aprobar el bachillerato. Pocos años después me libré de la mili gracias a un coronel médico que era cuñado de mi tío Serafín. Pero no me quedé cruzado de brazos en casa, el padre de mi amigo Joaquín, que era concejal. me colocó de administrativo en la empresa que hace la limpieza de la ciudad.

Mi vida no ha sido fácil. Tengo un hijo deportista, y muchas veces he tenido que inventarme dolores de espalda para pedir la baja y poder acompañarle a sus competiciones fuera de la ciudad. Llevo 20 años trabajando dos horas por las tardes llevando la doble contabilidad de un taller, lo que me ha permitido adquirir la casa unifamiliar en la que vivimos, ya que me pagan en negro.

Soy una persona sensible, que ayuda a los inmigrantes: una mujer ecuatoriana ayuda a mi mujer en las tareas de la casa; un senegalés cuida mi jardín, y un colombiano se encarga del mantenimiento. Ninguno de ellos tiene permiso de residencia, y si no fuera por mí, habrían tenido que volverse a su país.

Soy austero y ahorrador. Los medicamentos que necesitamos en casa los consigue mi suegra con su tarjeta de pensionista, gracias a la amabilidad de su médico, don Alejandro. Como mi mujer trabaja en un hotel de lujo, hace más de 15 años que no compramos toallas, ropa de cama, ni cubiertos, ni vajilla. La gasolina de mi coche la cargo a nombre de la empresa. En una palabra: soy un español normal y corriente, que vive como todos los españoles, honradamente.

Por eso le exijo que dimita y se vaya de España. Porque los españoles honrados como yo no nos merecemos políticos como usted.

Atentamente: Un español honrado.

jueves, 17 de enero de 2013

Silencio culpable (I)


El caso de los millones en Suiza del ex-tesorero del PP, Luis Bárcenas salta a la actualidad tapando el caso Pallerols, que apareció tapando el caso de los ERE de Andalucía, que hizo sombra al caso Gürtel.

¿Qué pasa en España? ¿Somos una sociedad corrupta, que produce políticos corruptos? ¿o somos una sociedad limpia, con un sistema de partidos que favorece la corrupción?

Yo me temo que las dos cosas al mismo tiempo. La Constitución dotó a los partidos políticos de un protagonismo absoluto, convirtiéndolos en tutores de la libertad y la soberanía de los ciudadanos. Se convirtieron en empresas endogámicas más preocupadas por el marketing que por la calidad del producto, Empresas sin accionistas, que obtienen su capital directamente de los impuestos, y que sólo rinden cuentas cada cuatro años en campañas electorales entre música y mentiras.

Los partidos se han convertido en estructuras burocráticas cuyo primer objetivo es conseguir y mantener el poder, El segundo objetivo es proporcionar medios de vida a sus afiliados y simpatizantes, repartiendo cargos, subvenciones, ayudas y prebendas. En tercer lugar intentan cambiar la sociedad para adecuarla a los dogmas de su ideología. Y ya por último se interesan por el progreso del país y el bien común.

Todos los partidos están pringados, de manera proporcional a la cuota de poder que han alcanzado. Es inverosímil que todos los casos de corrupción conocidos se han destapado por la intervención de algún juez o de algún periódico, casi siempre originadas porque alguien resentido se ha ido de la lengua. Es increíble que ni uno solo de estos casos haya sido denunciado por el propio partido. Es imposible que nadie en los órganos directivos de los partidos se haya enterado nunca de ninguna irregularidad.

Ahora dice Esperanza Aguirre que nadie debería desempeñar un cargo público sin haber trabajado antes en algo fuera de la política. Bienvenida, señora Aguirre. Una idea del más elemental sentido común. Tanto, que UPyD lo establece en sus estatutos como obligatorio para sus propios cargos públicos.

martes, 15 de enero de 2013

Paranoia


Hace unos días, en una entrevista en RNE,le preguntaron a Albert Boadella qué titulo le pondría a una obra sobre la situación en Cataluña. El veterano director teatral respondió con una sola palabra: “Paranoia”.
La paranoia es un trastorno mental en la que el individuo sufre ideas delirantes, que pueden incluir que se sienta amenazado, y perciba toda clase de peligros y conspiraciones contra él. Puede ser un trastorno grave, que puede llevar al enfermo al aislamiento, debido a que las personas de su entorno terminan alejándose de él. Afortunadamente, la enfermedad no es contagiosa el sujeto sólo percibe peligros para sí mismo; lo que no supone amenza alguna para los demás..

Caso diferente es el de la “paranoia social” –a la que se refería Boadella-. En este caso, los delirios y las amenazas imaginarios no van dirigidas contra un individuo concreto –el enfermo-, sino contra un grupo determinado. Las personas afectadas por la paranoia social tratan de convencer a los demás miembros de su grupo de que los delirios son reales. Su insistencia, y la convicción con la que describe las amenazas –que en su mente aparecen como totalmente ciertas- puede sembrar fácilmente la duda en la mentes -en principio, sanas- de otras personas: ¿Y si tuviera razón? ¿y si sus temores fueran ciertos? ¿y si nos quisieran destruir? ¿y si fuera más listo que yo, y por eso no me he dado cuenta?

Paranoia social. Un gusano sutil e insidioso que va taladrando poco a poco el cerebro de mucha gente. En Cataluña se observan los efectos de largos años de acción cosntante, y es posible que los efectos sean ya irreversibles. Pero el enfermizo gusano está presente en muchos otros lugares, en Aragón también. Por el bien de la salud mental colectiva, convendría que todos supiéramos identificar a los propagadores como lo que son: personas que deliran y creen vivir en un mundo que no existe.

viernes, 4 de enero de 2013

Ubundu


Ubundu era un joven que vivía en una choza de una pequeña aldea africana, con su hermano mayor Bangoro. Era un muchacho tímido y apocado, y mostraba poco interés por seguir las costumbres de la tribu.
Su hermano mayor hacía todo lo posible para evitar que los demás miembros del poblado se dieran cuenta de que Ubundu era diferente. Salía muy temprano a cazar, y siempre volvía con dos piezas: la suya y la de Ubundu.
Como Ubundu era poco diestro, Bangoro era el que se encargaba de hacer fuego, de despellejar las piezas cazadas, y de preparar las tortas de cereal de las que se alimentaban.
Ubundo pasaba los días sin tener ninguna ocupación, paseando por los alrededores de la aldea, o sentado en un rincón de la choza, sumido en sus pensamientos. Así pasaron muchos años sin que los vecinos de la aldea notaran nada especial en Ubundu.
Un día sonaron los tambores de alarma en todo el poblado. Una partida de guerreros irrumpieron entre grandes alaridos, incendiaron varias chozas, y se llevaron a algunos hombres y mujeres jóvenes para que les sirvieran como esclavos. Ubundu se libró porque no se movió de su rincón en la choza, pero su hermano Bangoro fue hecho prisionero.
Entonces Ubundu quedó completamente desamparado. No sabía cazar ni preparar alimentos. No sabía hacer fuego ni reparar los desperfectos de la cabaña. Tampoco había aprendido las danzas rituales, ni sabía tomar parte en las ceremonias de la tribu.
El Consejo de la tribu, que creía que Ubundu era un joven como los demás, se reunió para decidir sobre su caso. Unos pensaban que Ubundo despreciaba sus costumbres. Otros que era un perezoso que quería vivir a su costa. Otros defendían que estaba ofendiendo gravemente a los dioses.
El Consejo decidió expulsar al joven del poblado, y Ubundu se perdió en la jungla, maldiciendo a su hermano por no haberle enseñado a valerse por sí mismo.

jueves, 27 de diciembre de 2012

El bigote de los nacionalistas


Esta mañana, en una entrevista en Onda Cero, Rosa Díez decía que el gobierno tenía que hacer cumplir la Constitución y la ley en todas las CC.AA., a lo que le respondía Miguel Ángel Rodríguez que  cuando el ministro de Educación ha dicho que hay que hablar el español, en Cataluña “se ha montado la marimorena”. A lo que Rosa Díez replicaba sin titubear: “Ah, pues que se monte. Es que hay cosas que hay que hacer, a pesar de los nacionalistas”.

Se puede coincidir o no con las opiniones y las propuestas de la portavoz de UPyD; pero lo que nadie puede decir es que no hable claro. Sabe lo que quiere decir, lo dice, y además se le entiende. Toda una rareza en el panorama político español.

Yo estoy de acuerdo con Rosa en que las políticas de apaciguamiento que todos los gobiernos han venido siguiendo respecto a los nacionalismos españoles sólo han servido para alimentar más a la fiera. Para darle ánimo, y para que prosiguiera en su escalada de exigencias sin límite.

En los años 30 del siglo pasado Francia y Gran Bretaña cometieron el mismo error respecto a Hítler –casualmente, otro ultranacionalista-. Como advirtió Churchill, tenían que elegir entre la indignidad y la guerra; escogieron la indignidad; pero tuvieron también la guerra.

Alguien me dirá que no se puede comparar al nacionalismo catalán o al vasco con el nazismo. Pero se equivocan: se puede. Comparar no es igualar, sino analizar semejanzas y diferencias; y decir que Charles Chaplin llevaba bigote al igual que Hítler no significa que ambos personajes tuvieran la misma catadura. Sólo que los dos llevaban bigote. En eso son comparables.

Y los nacionalismos españoles llevan el mismo bigote que Hítler. Gritan, hacen discursos patrióticos, acusan a los demás de toda clase de agravios, se inventan la Historia; y sus exigencias no tienen fin. En eso son idénticos. Por lo demás, es cierto que los nacionalistas no han dicho que quieran exterminar en cámaras de gas a los que no son catalanes (o vascos); es cierto que no están creando un poderoso ejército para invadir las regiones vecinas. Es cierto que los nacionalistas catalanes no han dicho que pertenezcan a una raza superior –aunque los nacionalistas vascos sí que lo han hecho-.

Ahora se trata de saber si el gobierno de España seguirá cometiendo la misma torpeza que cometieron los bienintencionados gobiernos de Francia y Gran Bretaña. Los nacionalistas vascos y catalanes (y también los gallegos, los aragoneses, y todos los nacionalistas) no son iguales que los nazis. Pero llevan el mismo bigote.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Mojón de decepciones


Ya pasaron la Nochebuena y la Navidad. Esas fechas míticas en las que lo religioso se combina con lo comercial con tanta dificultad como el agua con el aceite. Se logró el milagro de surtir de viandas la mesa, con más imaginación que presupuesto. Transcurrieron los festines, en muchos casos al borde de esa catástrofe que supone juntar a familiares que no se terminan de tragar, y además regarlos con vinos, cavas y licores.

Se consumó la segunda gran decepción. Esa en la que se constata que no basta que el calendario señale “25 de diciembre” para que todo el mundo olvide sus rencores y miserias, y todos nos convirtamos en seres beatíficos, pacíficos, generosos y magnánimos.

La primera gran decepción tuvo lugar tres días antes. Ante el desconcierto de millones de jugadores esperanzados la ley de probabilidades volvió a imponer su criterio, y aunque muchos fueron los llamados, muy pocos fueron elegidos por la suerte.

En unos pocos días experimentaremos otra gran decepción. Aprovechando el comienzo de un nuevo año todos acariciaremos las mejores intenciones. Unos dejarán de fumar; otros irán al gimnasio; aquél aprenderá inglés; el otro hará dieta; el de más allá se jurará no volver a gritarle a sus hijos. Y esas buenas intenciones con las que dicen que está empedrado el camino del purgatorio nos devolverán a todos a la senda de lo cotidiano. A ese recorrido al que llamamos “vida”, y en el que estas fechas no son sino los mojones kilométricos que nos recuerdan cuánto llevamos andado, y cuánto nos queda por andar.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Tetas con conetenido


Una mujer panameña, de 23 años, ha sido detenida en el aeropuerto del Prat, y tras llevarla a un centro hospitalarios, se han encontrado 1,4 kilos de cocaína en el interior de las prótesis mamarias que tenía implantadas.

Me temo que pronto veremos alguna reacción furiosa por parte de los feministas más exaltados, por el alto componente machista que este hecho supone. Se trata, sin duda, de un ejemplo más de utilización de las pobres mujeres al servicio de los miserables intereses de los hombres.

Claro que, bien pensado, este tipo de discriminación tiene su lógica. Desconozco el tamaño de los pechos de la panameña, pero apostaría que los traficantes habrán escogido a una camella dotada de dos portaequipajes formato XL. En esto también la biología se empeña en llevarles la contraria a los feministas radicales, y deja en clara desventaja a los hombres para competir en esta clase de negocios.

Mientras que no es nada extraño ver circular por los aeropuertos a mujeres dotadas de potentes air-bags delanteros, un hombre que intentara pasar 1,4 kilos de droga en los testículos sería inmediatamente detectado, aunque sólo fuera por la extraña manera de caminar, con semejante peso y volumen en la entrepierna.

A partir de ahora, ya ninguna mujer estará segura de lo que esté pensando un hombre que le diga: “qué tesoros llevas debajo de la blusa”.  Y estoy seguro de que algún mercader de drogas ya estará calculando cuánta cocaína podría caber en las nalgas de una colombiana bien dotada.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

El recuerdo de la barbarie


Ayer se cumplieron 25 años desde que unas bestias de apariencia humana segaron la vida de once personas que dormían tranquilamente en la casa cuartel de la Guardia Civil, en Zaragoza. Seis adultos y cinco niños que soñaban con cosas que nunca sabremos. Quizá algún guardia civil estuviera soñando con que identificaba a un terrorista, que lo detenía, y que a él le ascendían. Puede que alguna esposa estuviera soñando que les tocaba el gordo de Navidad, y que se compraban un bonito piso, con más comodidades que la vieja casa cuartel.

Y las niñas, ¿qué soñaban las niñas? Es posible que con las próximas vacaciones navideñas, o con los regalos que sin duda les traerían los Reyes Magos. Quizá las gemelas de tres años soñaban que se hacían mayores; que iban a un colegio y aprendían muchas cosas; que se casaban con un guardia civil muy guapo, como había hecho su mamá; o que vivían en un mundo sin preocupaciones, sin miedos ni peligros, sin hombres del saco, sin terroristas como los que había en las fotos del cuartel.

Los despiadados asesinos que cometieron aquella masacre eran unos descastados, sí. Pero eso no fue causa suficiente para el crimen. El motor que impulsó aquella matanza era una idea insensata. Hizo falta una idea aberrante, una distorsión enfermiza de la realidad, una historia inventada, un fanatismo sin límites. Aquellos iluminados no fueron sino la herramienta que servía a una idea.

Hagamos que aquellas muertes no hayan sido inútiles. Aprendamos que son determinadas ideas las que desencadenan la potencial perversión que se esconde en el corazón humano. Aprendamos a reconocer esas ideas cuando están germinando, cuando todavía parecen inofensivas. Sepamos cortarlas de raíz. Rechacemos a todo tipo de iluminados. Desconfiemos de los que nos hablan de la Tierra Prometida. Hagamos callar a toda clase de fanáticos, si no queremos que algún día se interrumpan brutalmente nuestros sueños.

martes, 11 de diciembre de 2012

Nacionalismo de niños y viejos


En mi opinión los nacionalismos son una manera irracional de canalizar los sentimientos primarios de la gente para beneficiar a una élite dirigente. No se trata de una ideología propiamente dicha, sino de un anhelo que tiene mucho más que ver con la religión que con la política. Para los nacionalistas la Independencia ocupa el mismo lugar que el Cielo para los cristianos. Después de más de un siglo de nacionalismo, en Cataluña han llegado a las puertas de un Cielo, que visto de cerca más parece un Purgatorio.

En Aragón nunca habíamos sido infectados por esa enfermedad. Pero a partir de la Constitución del 78 –que tanto claudicó ante nacionalistas vascos y catalanes-, también se izaron en esta tierra banderines de enganche nacionalistas. Ahora que se está tramitando la Ley de Lenguas de Aragón, se puede ver a dónde nos quiere llevar el despropósito de un nacionalismo aragonés, que intenta emular las fechorías intelectuales de sus vecinos de Cataluña.

No nos extraña, pues, que CHA e IU propongan cosas como que el catalán y la fabla sean cooficiales en todo Aragón; que en todos los colegios se impartan la mitad de las clases en catalán o aragonés; que se puedan catalanizar o “aragonesizar” los apellidos; o que la televisión pública emita también en catalán. Propuestas que se hallan a mitad de camino entre lo absurdo y lo totalitario, sin olvidar el enorme coste económico que supondría su implantación.

Más llamativo resulta que el Partido Socialista Obrero Español, con más de 100 años de historia a sus espaldas, se sume a esta alocada carrera hacia ninguna parte, y proponga también el doblaje de películas al aragonés y al catalán; la existencia de traductores en las administraciones; que en los hospitales de Aragón se atienda en catalán si el paciente lo solicita; o que para opositar se valore el conocimiento del catalán.

Si las propuestas de CHA recuerdan la ingenuidad de los niños cuando piden a sus padres que les den La Luna; las del PSOE se parecen más a los anhelos del anciano que en su decrepitud se sube a un autobús para rozarse con las jovencitas. Patético espectáculo el de unos y otros tratando de inventar la Historia, y empeñados en controlar algo tan personal como es el idioma que deben utilizar los ciudadanos. Como siempre, cuando los partidos se apropian de las lenguas, terminan utilizándolas contra alguien.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El festival del sofisma


Un sofisma es una razón o argumento aparentemente consistente, con el que se quiere defender o persuadir de algo que es falso. Entre muchas otras habilidades, nuestros políticos se han especializado en manejar los sofismas con la mayor soltura. Lanzan un mensaje que parece coherente, y millones de ciudadanos lo hacen suyo sin pararse ni un minuto a pensar si les han vendido una burra coja. Los ejemplos son innumerables, y darían para un extenso tratado, pero hoy me quiero referir a uno que está muy de moda estos días, con motivo de las protestas de personal sanitario por la intención de la Comunidad de Madrid de privatizar la gestión de algunos hospitales.

El sofisma aireado a bombo y platillo por socialistas y comunistas es el que dice: “quieren hacer negocio con la salud de la gente”. Dicho con tono de escándalo y con gesto de incredulidad, y dando a entender implícitamente que hacer negocio es malo en sí mismo, y que si es a costa de la salud de la gente es aún peor.

Puede entenderse que ciertos líderes políticos carezcan de vergüenza y engañen masivamente a los ciudadanos, con tal de arañar unos miles de votos al adversario político. No es ético, no es leal, no es limpio, pero ya estamos acostumbrados a que la ética, la lealtad y la limpieza no sean las cualidades más destacadas de la mayoría de los partidos políticos. Lo que cuesta más entender –y dice bien poco de la madurez ciudadana de los españoles- es la facilidad con la que aceptan manipulaciones tan groseras.

Porque con la salud vienen haciendo negocio decenas de miles de personas. Desde los que trabajan en un laboratorio farmacéutico hasta los que venden ambulancias, pasando por todo el personal sanitario, las empresas que proveen a los hospitales de toda clase de suministros. El personal administrativo de la Seguridad Social, los farmacéuticos, los veterinarios, y los funcionarios de la OMS. Todos ellos viven a costa de la salud de la gente.

Igual que los panaderos, los carniceros, los fruteros, los agricultores, los ganaderos, y los supermercados viven a costa del hambre de la gente. O tal como los fabricantes e instaladores de cerraduras y sistemas de seguridad viven a costa del miedo de la gente; los jueces, procuradores y abogados viven a costa de los conflictos que tiene la gente; y las funerarias viven a costa de la muerte de la gente.

¿Por qué no se dejan de tonterías? ¿Por qué no dicen que los sanitarios de Madrid protestan porque no quieren perder su estatus de empleados públicos? ¿Por qué no reconocen que la gestión privada introducirá modelos de eficacia que reducirán su calidad laboral? Es legítimo protestar por eso. No hace falta engañar a la gente. Pero hay que deducir que si existen tantos grupos de interés dedicados a engañarnos, debe ser porque somos muy fácilmente engañables.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Cada uno en su casa es rey


Al hilo de la aventura independentista que ha emprendido Artur Mas, y del respaldo que muchos catalanes han dado al proyecto –que no a su impulsor-, podríamos hacer algunas reflexiones sobre los factores que impulsan a idealizar la independencia.

Cada uno en su casa es rey, y puede hacer y deshacer a su antojo, aunque siempre limitado por su posibilidades físicas y económicas. En el espacio hogareño uno puede decidir desde el color de las paredes hasta la temperatura de la calefacción, pasando por el menú diario o la disposición de los muebles. Se trata de una sensación muy agradable que acaricia nuestro ego y nos hace sentirnos importantes.

Pero en cuanto salimos al rellano la cosa cambia por completo: las luces de la escalera ya no dependen de nosotros, sino del presidente de la comunidad. Al salir a la calle todavía es peor: los semáforos, las zonas azules, la limpieza de las calles, o los horarios de la biblioteca escapan a nuestro control, y dependen del alcalde.

Así pues, cuanto más pequeño sea el ámbito político, mejor para engordar el ego. Pero hace varios miles de años que los seres humanos se vienen agrupando en tribus, aldeas, condados, reinos y naciones. Y no para machacarse el ego, sino porque las sociedades complejas permiten una mejor división del trabajo y mejor aprovechamiento de los recursos escasos. La mayoría de la gente ha descubierto que es más práctico colaborar con sus vecinos que aislarse de ellos.

Sin embargo, ese vanidoso ego sigue ahí dentro, y no faltan profesionales de la política dispuestos a alimentarlo con atractivos cantos de sirena. Tampoco faltan personas que se dejan atrapar por ellos, soñando con que todo sería maravillosos si además de ser reyes en su casa, pudieran tener un reyecito en el barrio.

martes, 27 de noviembre de 2012

La indiopendencia

Al hilo de la fiebre independentista he recuperado un artículo publicado en Heraldo de Aragón, allá en 1991. No sin cierta sorpresa, he comprobado que sigue siendo de plena actualidad, si acaso con unos ligeros retoques. Da pena constatar lo poco que hemos avanzado.

La indiopendencia

La indiopendencia consiste en el arte desarrollado últimamente por algunos políticos, consistente en hacer el indio ellos mismos, y simultáneamente fomentar la aparición de pendencias entre determinados ciudadanos.
Ha bastado que tres pequeños países a orillas del mar Baltico recuperen la independencia para que, para que en esta vieja nación se inicie la carrera para demostrar quién es el más independentista. Es una verdadera pena que a nuestros administradores y a sus correspondientes opositores no les entren las mismas ansias emulativas hacia las autopistas alemanas, la sanidad francesa, las prestaciones sociales suecas, o la competitividad japonesa.
Claro que para lograr estas últimas ventajas se requiere capacidad, organización y eficacia; mientras que para erigirse en adalides del independentismo basta con agitar un pedazo de tela con los correspondientes colores.
Mientras en la Europa democrática y desarrollada se trabaja en pro de la eliminación de fronteras, aquí se busca lo contrario en nombre del derecho a la autodeterminación de los pueblos.
Pero, ¿de qué pueblos hablan? Aquí se pueden enarbolar supuestos derechos a partir de los celtas, los íberos, los fenicios, los cartagineses, los romanos, los visigodos, los musulmanes, o los de Orejilla del Sordete.
Incluso sin necesidad de remontarnos tan lejos, tomemos por ejemplo a los vascos. ¿A qué vascos se refieren? ¿a los que allí residen? ¿a los que los vienen haciendo desde hace cinco años? ¿a los que hablan correctamente vascuence? ¿o a los que son capaces de levantar piedras de más de 75 kilos?
Indudablemente todos llevamos dentro un pequeño rey, y creemos que tenemos soluciones originales para terminar con los innumerables problemas que aquejan a nuestra sociedad. Cada uno de nosotros nos sabemos insignificantes ante el conjunto de millones de habitantes que pueblan Europa, pero, simultáneamente, somos conscientes de la importancia que cobramos en el seno de nuestra familia.
No es de extrañar, por lo tanto, que la idea de empequeñecer el mundo el mundo que nos rodea pueda parecer deseable para muchos.
Yo tengo un amigo de Ejea de los Caballeros, que está encantado con la idea. Sueña con tener un presidente de la República propio, dos cámaras legislativas, un Consejo de Estado y un Tribunal Constitucional. Un gobierno, embajadores en todo el mundo y su bandera ondeando ante la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Imagina, además, disponer de moneda acuñada en la ciudad; un ejército (reducido pero muy profesional), universidad, aeropuerto internacional, y dos cadenas de televisión.
El único problema estriba en que desde que comenzó a acariciar estas ideas ha discutido ya tres veces con su esposa (nacida en Tauste) por no ponerse de acuerdo sobre la nacionalidad que debe corresponder a sus tres hijos, nacidos en la maternidad de Zaragoza.
Mi amigo opina que deberían ser ciudadanos con pasaporte de Ejea, ella opina que tendrán derecho a ostentar la doble nacionalidad; y el hijo mayor, para acabar de compliarlo, cree que la solución idónea pasa por la formación de la Federación de las Cinco Villas, la cual podría formar parte de la CEA (Comunidad Económica Aragonesa), e intergrarse en la OTEN (Organización del Tratado del Ebro Norte).
Lástima que nadie le explique a mi amigo, y a tantos que como él piensan, que estas absurdas veleidades que tanto agradan a nuestro ego, se traducen en un desorbitado coste económico que se obtiene de los impuestos de cada ciudadano.
Dinero que mejor podría ser empleado en la construcción de hospitales, escuelas, carreteras, y todo tipo de infraestructuras para propiciar el desarrollo y bienestar de todos lo que, hasta ahora, utilizamos el mismo formato de Documento Nacional de Identidad.


lunes, 19 de noviembre de 2012

El derecho al espejismo


Me llega una de las numerosas invitaciones que circulan por internet para firmar toda clase de peticiones. La de hoy dice: “A todos los bancos, suspendan inmediatamente los desahucios”. Me he quedado petrificado ante semejante muestra de mezquindad: ¿Por qué los que han lanzado la petición se conforman con tan poca cosa?

Yo voy a lanzar otra petición mucho más razonable y mucho más ambiciosa:
  • A todas las administraciones, suspendan inmediatamente todos los impuestos.
  • A todas las jefaturas de tráfico, suspendan inmediatamente todas las multas.
  • A todos los ayuntamientos, suspendan inmediatamente todas las tasas.
  • A todos los jueces, suspendan inmediatamente todas las condenas.
  • A todas la compañías telefónicas, suspendan inmediatamente todas las facturas.
  • A todas las tarjetas de crédito: suspendan inmediatamente todos los recibos.
  • A todos los supermercados, suspendan inmediatamente todas las cajas.

 ¿Por qué vamos a conformarnos con dejar de pagar sólo a los bancos? Seamos osados. Construyamos un mundo infantil. Dejemos que la economía la gestionen los Reyes Magos, el comercio el Ratoncito Pérez, y la Justicia el Hombre del Saco. Seamos infinitamente felices, Vivamos en el mundo de la fantasía, expulsemos a la realidad de nuestra mente, dejemos que las quimeras gobiernen nuestra conducta. Todos tenemos derecho a vivir en un espejismo.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Alguien se ha llevado el queso


Con más de cinco millones de parados, con aumentos de impuestos, con reducción de salarios, con cientos de miles de personas que han tenido que abandonar una vivienda que no podían pagar, con reducciones en la prestación de servicios públicos, con un gobierno que aplica políticas económicas distintas de las que había anunciado… Es completamente lógico que los ciudadanos se sientan desconcertados, asustados y angustiados.

En cinco años han cambiado las expectativas de la gente. Cosas que parecían muy sólidas se han evaporado. Lo que se consideraba derechos para siempre se están convirtiendo en recuerdos de tiempos mejores. Me viene a la mente el cuento de Spencer Johnson “Quién se ha llevado mi queso”, en el que dos ratones reaccionan de manera muy distinta ante el inesperado hecho de que el trozo de queso que alguien colocaba todos los días en el mismo lugar deja de aparecer.

Las protestas, las huelgas generales, las mareas de diversos colores son comprensibles como reacción inmediata a la desaparición de un queso al que estábamos muy acostumbrados. Podemos sentarnos a esperar, podemos llorar, gritar, patalear, arañar las paredes, pero el queso no vendrá. Ya no está. También podemos entretenernos en debates y discusiones sobre cómo se ha producido la desaparición del queso, sobre las causas o los culpables. El queso no vendrá. Ya no está.

No sé si esta sociedad tardará poco o mucho en reaccionar. Pero cuanto antes nos demos cuenta de que ya no hay queso, antes nos pondremos a buscar otras alternativas, otros alimentos, incluso otros quesos obtenidos de distinta manera.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Hacer de su toga un sayo


El elevado número de casos de desahucio como consecuencia del desempleo galopante supone un drama nacional que las autoridades habrían tenido que afrontar hace ya muchos meses. Es preciso encontrar fórmulas que permitan paliar esas situaciones, garantizando también la seguridad jurídica, sin que supongan un estímulo al incumplimiento de los contratos. No será nada fácil –en el país campeón de la trampa y la picaresca- establecer un sistema que ayude a los que realmente lo necesitan, sin permitir que se aprovechen los “listos”, que nunca faltarán.

Se viene produciendo una legítima presión en ese sentido, que va desde las movilizaciones de asociaciones ciudadanas hasta la decisión de algunos ayuntamientos de retirar sus fondos de determinados bancos, pasando por la sensibilización de la opinión pública que vienen ejerciendo los medios de comunicación. No tengo la menor objeción que hacer a todo ello.

Pero lo que me deja estupefacto es el desparpajo con el que algunos jueces afirman que ellos “no quieren ser el cobrador del frac de los bancos”, o con el que representantes del Sindicato Unificado de Policía alientan a los policías a no participar en los procesos de desahucio. Se trata, sin duda, del reflejo de un clima general en el que todo el mundo está convencido de que eso de que la soberanía reside en el pueblo significa que cada persona puede decidir qué leyes le gustan o no, y cumplirlas o no, según su libre albedrío.

Si gobiernos autonómicos pueden saltarse impunemente las resoluciones del Tribunal Constitucional; si el presidente de una región puede incumplir la Constitución que le permite a él disfrutar de su cargo; no es de extrañar que los jueces crean que pueden decidir en qué partes de la ley actúan o no, o que los policías quieran decidir con qué leyes colaboran y con cuáles no.

Se trata de un peligroso síntoma –uno más- de la descomposición del Estado de Derecho. Los señores jueces y los señores policías tienen la obligación de cumplir y hacer cumplir todas las leyes. Las que les gustan y las que no les gustan. Los que tienen la facultad de crear, suprimir o modificar las leyes no son ellos, sino los legítimos representantes de los ciudadanos. Y si a un señor juez o a un señor policía le remuerde la conciencia cumplir su trabajo aplicando una ley determinada, tiene en su mano evitarlo. Es tan sencillo como darse de baja en el cuerpo, dejar de cobrar el sueldo que le pagamos entre todos, y buscarse la vida en la empresa privada, o ponerse en la cola del paro, donde puede estar seguro de que no se va a encontrar solo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Como pollos sin cabeza


Nadie que tenga un mínimo de sensibilidad puede dejar de condolerse con la tragedia de la mujer que se ha suicidado arrojándose al vacío en Baracaldo. Dicho esto, sería bueno que todos –y especialmente los medios de comunicación y los políticos- reflexionáramos unos momentos sobre la cuestión, en vez de lanzarnos a correr como pollos sin cabeza.

El suicidio se ha producido cuando se iba a producir el desahucio de su vivienda, pero sería ingenuo concluir que no había otros factores previos en la situación personal de la víctima. Si los desahucios desencadenaran automáticamente suicidios ya se habrían suicidado varios cientos de miles de personas por ese motivo. El desahucio ha podido ser la gota que ha colmado el vaso de una larga serie de elementos –depresión, soledad, fallos en la red familiar y social-, sin los cuales esa mujer hubiera reaccionado de manera diferente ante el desahucio.

Una vez conocida la noticia, la opinión pública, convenientemente agitada por los medios de comunicación ha reaccionado con espanto, y tras ella prácticamente la totalidad de los políticos, que parecen haber descubierto de pronto que impedir los desahucios será impedir los suicidios.

Pues bien, cada año se producen en España unos 3.500 suicidios, sin que nadie mueva un dedo, ni muestre la menor alarma. Además, por cada suicidio consumado se producen dos intentos de suicidio fallidos, lo que supone que cada año intentan quitarse la vida unas 11.000 personas, Cada una de ellas es el reflejo de un drama. Empresarios arruinados, parados desesperados, novios abandonados, incluso estudiantes suspendidos. Los desencadenantes pueden ser docenas.

¿Qué piensan hacer los políticos ahora? ¿Legislarán para que nadie se arruine, por si acaso se quita la vida? ¿Impedirán que haya parados que puedan suicidarse? ¿Harán un decreto prohibiendo que nadie deje tirado a su novio? ¿Quizá reformarán la Constitución para erradicar la depresión por ley?

Se suele decir que no es bueno “legislar en caliente”. Sin embargo, en este caso parece que todo el mundo está de acuerdo en hacer lo que sea, tenga o no sentido; sea o no injusto con los que son lanzados de su vivienda por no pagar un alquiler. De nuevo una alocada estampida. De nuevo el aleteo insensato de unos pollos sin cabeza.

Es probable que sea conveniente reformar la Ley Hipotecaria, pero mal vamos si la razón principal es porque se ha producido un suicidio.

martes, 6 de noviembre de 2012

De borrachos para idiotas


Es sabido que los programas electorales de los partidos no los lee casi nadie. Quizá sea por eso que los partidos tradicionales se permiten incluir en ellos toda clase de promesas por descabelladas que sean. Después, si consiguen gobernar, siempre encuentran excusas muy razonables para explicar por qué no van a cumplir lo que habían prometido.

Como charlatanes de feria, las cúpulas de esos partidos pregonan su producto, prometiendo cualquier cosa con tal de obtener un puñado más de votos. Como ocurre con todos los timos, aunque la gente sabe de su existencia, siempre hay incautos que pican una y otra vez.

Con motivo de las próximas elecciones en Cataluña, CiU ha decidido superar todos los precedentes a la hora de prometer quimeras. En su programa dicen que si ganan se reducirá un 50% el número de muertos en carretera; aumentará un 5% la tasa de supervivencia de los enfermos de cáncer; y se elevará otro 5% la esperanza de vida de los catalanes.

No se me ocurren más que dos explicaciones para entender semejantes despropósitos en el programa de un partido que puede tener que gobernar: o bien el texto ha sido redactado al final de una larga noche de juerga, o bien los grandes partidos están absolutamente convencidos de que los ciudadanos somos idiotas. Como no tengo datos que me permitan dudar de la sobriedad de los dirigentes de CiU, tengo que inclinarme por la segunda opción.

No puedo compartir esa creencia en que los ciudadanos, en general, seamos idiotas. Pero tengo que reconocer que les hemos dado sobrados motivos para pensarlo. Elección tras elección hemos vuelto a votar a partidos que nos han engañado; a candidatos que han despilfarrado el dinero de todos; que han colocado a sus amigos y familiares en cargos bien remunerados; o que estaban imputados en sonoros casos de corrupción. Si no han bebido, no debemos asombrarnos de que nos consideren idiotas.

viernes, 26 de octubre de 2012

El "malvado" Amancio Ortega


Se ha hecho público que Amancio Ortega, el dueño de Inditex, ha donado 20 millones de euros a Cáritas, “para las necesidades en materia de alimentación, ayuda farmacéutica, servicios de vivienda y material escolar”.

La noticia no va más allá del hecho de confirmar tres realidades ya conocidas: que Amancio Ortega es uno de los hombres más ricos del mundo; que en España hay cientos de miles de personas que lo están pasando muy mal; y que el tan cacareado Estado del Bienestar es totalmente incapaz de cubrir sus necesidades, con lo que resulta decisiva la labor de organizaciones como Cáritas, Cruz Roja, y muchas otras.

Lo que llama la atención es la reacción de gran parte de la “progresía” (me resisto a emplear la palabra “izquierda” en referencia a esta clase de individuos), que se han lanzado a la yugular del empresario. Que si es para desgravarse impuestos; que si es para hacerse publicidad; que si crea trabajo fuera de España…

Es el panorama cervantino: la generosidad de Don Quijote y la mezquindad de Sancho Panza. El odio que nace de la envidia hacia el que destaca. La adoración de la mediocridad. El sesgo ideológico y la tendencia al totalitarismo. Estos progres hubieran preferido que fuera el Estado el que confiscara los bienes de Ortega para con ese dinero crear un organismo público con muchos funcionarios para repartir el resto entre asociaciones afines. Tampoco habrían protestado si el empresario gallego hubiera entregado los 20 millones a los refugiados palestinos, o a movimientos feministas latinoamericanos.

Están tan convencidos de la maldad de la derecha, tan imbuidos de que ellos son los únicos buenos de la película, que les sale un sarpullido cada vez que se produce algún hecho que contradice esa creencia irracional, por otra parte más propia de los integristas musulmanes que de unos demócratas occidentales modernos. Pero es evidente que una cosa es proclamarse demócrata y moderno, y otra muy distinta es serlo.

martes, 23 de octubre de 2012

Fútbol y política


Ya he comentado las semejanzas que en España tienen el fútbol y la política, especialmente en cuanto a la forma en que los ciudadanos se comportan respecto a los partidos políticos: en términos de una irracionalidad que sólo deja espacio para la fidelidad incondicional o el rechazo absoluto.

Ahora, tras los sucesivos malos resultados electorales del PSOE, vemos otro aspecto de la misma tendencia: como el equipo no mete goles, la afición busca la solución en el cambio del entrenador. Rubalcaba cotiza a la baja, y en el PSOE empiezan a buscar en los cajones alguien que les haga ganar la liga, y que pueda así repartir cargos y prebendas con el dinero de los impuestos.

Es una perversión –otra más- de la práctica política en España. Los dos grandes partidos no son ya los impulsores de un modelo social basado en unas ideas determinadas, sino unas máquinas diseñadas para captar votos a cualquier precio para transformarlos en poder. El objetivo no es mejorar la sociedad o solucionar problemas de los ciudadanos. El objetivo es conseguir el poder, y si para ello hace falta cambiar las ideas, se cambian sin el menor reparo.

Y para ganar la liga buscan al mejor entrenador. No tiene que ser el más inteligente, ni el más experimentado, ni el más honrado, ni el que tenga una visión más amplia del futuro. Les basta con que haga que el equipo gane, aunque juegue mal, aunque den patadas, aunque sea comprando a los árbitros.

Es lamentable. Es propio de un país con una baja calidad democrática. Pero es lo natural en una sociedad en la que los aficionados no votan al equipo que mejor juega, sino al que mejor despierta sus emociones, al que le hace vibrar. La gente quiere que su equipo gane la liga, No les importa pagar precios astronómicos por las entradas con tal de que gane. Hay equipos pequeños, que juegan limpiamente, pero tienen poco público porque no despiertan pasiones.

En España a casi todo el mundo le interesa el fútbol, pero sólo unos miles dan patadas a un balón, mientras muchos millones lo siguen desde las gradas o las televisiones. En política muchos millones pagan con su voto cada cuatro años, pero muy pocos se deciden a participar directamente. Así nos va.

martes, 16 de octubre de 2012

La libertad o el rebaño


Los seres humanos aspiran a la libertad. Nadie quiere ser un esclavo, nadie quiere estar en prisión. Sin embargo, la libertad sin restricciones conduce a la ley de la jungla, por lo que todos los grupos humanos han establecido reglas que limitan la libertad individual en beneficio de la supervivencia del grupo: se acepta una merma en la libertad a cambio de una mayor seguridad.

Los estados democráticos de derecho son un buen ejemplo de ese equilibrio entre libertad y seguridad. Las leyes establecen con claridad qué parcelas de libertad individual quedan recortadas, y qué derechos –seguridades- obtienen a cambio los ciudadanos. La ley es creada por los representantes de éstos, y no viene impuesta por revelaciones divinas ni por el capricho de ningún tirano. Todos se someten a ella porque saben que es “su ley”, y pueden cambiarla o derogarla por decisión de la mayoría.

Pero la libertad no la regalan. Existe en los seres humanos una tendencia que les mueve a adquirir poder, y a incrementarlo de manera indefinida. Existen miles de ejemplos de dictadores que han sido derrocados por gentes que hablaban de libertad, para convertirse de inmediato en nuevos dictadores. En el Estado de Derecho el precio que hay que pagar por la libertad es el de dedicar parte del tiempo a estar informado de las cuestiones públicas; analizar críticamente los discursos; recordar los incumplimientos; exigir la aplicación de las leyes; no entregar nunca el voto por razones emocionales o por tradición; vigilar de cerca a los que ostentan el poder.

Supone tiempo y esfuerzo, y no siempre es fácil. Pero la alternativa es dejar que otros se apropien de la libertad individual; que decidan por nosotros lo que nos conviene o no; que nos pastoreen, en vez de representarnos y administrar nuestro dinero. La alternativa a la libertad es el rebaño. El drama de millones de españoles es que quieren las ventajas de la libertad sin sus inconvenientes. Y no es posible. El paso del Estado de Derecho al Estado de Bienestar puede convertirse en una trampa, en la que los ciudadanos sacrifican su libertad a cambio de un pesebre y un corral al abrigo de la intemperie.

sábado, 13 de octubre de 2012

¿Cuántos idiotas caben en una democracia?


Hoy en día “idiota” es una palabra que señala a una persona que padece una deficiencia profunda de sus facultades mentales; además de utilizarse frecuentemente como insulto. Pero el origen de la palabra “idiota” se sitúa en la Grecia clásica, y era el término con que los griegos señalaban a aquellos ciudadanos que, teniendo derecho a participar en los asuntos públicos, se desentendían de ellos y renunciaban a ese privilegio.

A diferencia de las dictaduras, las teocracias, o las monarquías absolutas, la democracia es un sistema de gobierno basado en la participación del pueblo. Éste es quien toma las decisiones, mediante mecanismos de representatividad que permiten la elaboración de leyes que respondan al deseo de la mayoría.

Pero ¿qué ocurre cuando el número de idiotas es muy elevado? ¿puede existir un sistema democrático sin una suficiente participación del pueblo? ¿cuántos idiotas caben en una democracia?

Es difícil dar respuesta a esta pregunta, ya que la “idiotez” –en sentido clásico- no es una variable discreta, sino gradual. En cualquier encuesta de opinión aparece siempre un porcentaje, que puede llegar hasta el 12%, de personas que no saben o no contestan. A esos “idiotas” declarados, habría que añadir otro porcentaje –sin duda mayor- de aquellos que sí contestan, pero que no tienen ni idea de lo que se les pregunta, y otros a los que les suena la pregunta, pero sólo disponen de una información escasa y sesgada.

Lo grave en las democracias modernas es que la mayor parte de esos “idiotas” votan. No están bien informados; desconocen los fundamentos de un Estado de Derecho; se desentienden de la realidad económica y política; pero cada cuatro años se acercan a su colegio electoral, y depositan su voto. Después siguen sin interesarse por la política, y se limitan a quejarse, maldecir a los gobernantes, y echarle a otros la culpa de sus desgracias.

Es comprensible que siempre haya hasta un 20% de personas de este perfil en una democracia. Pero ¿y si son un 40%? ¿y si rebasan el 70%? ¿Podría funcionar un sistema democrático? ¿Sería más bien una aristocracia de partidos, maquillada por unas urnas inservibles? ¿Estamos en España en esa situación?

miércoles, 3 de octubre de 2012

Soberanía parcelada


La Constitución señala que la soberanía reside en el pueblo español. Esta sencilla afirmación significa que todos y cada uno de los ciudadanos que ostentan la nacionalidad española es titular la soberanía de todos y cada uno de los rincones del territorio español. Se trata de una propiedad conjunta, indivisible, e irrenunciable. Un residente en Medina del Campo es copartícipe de la soberanía sobre la Plaza Mayor de Olot, y un vecino de Botorrita es también soberano en Betanzos.

Sin embargo, la escasa cultura política de los españoles ha permitido que unos dirigentes políticos hayan impuesto otra visión muy diferente, y que la estructura del Estado autonómico haya permitido que un gran número de españoles estén convencidos de que las cosas son de otra manera. La devaluación del concepto de nación española, y su sustitución por los sentimientos regionales catalanes, andaluces o aragoneses nos ha conducido a una situación en la que de confusión, en la que se mezcla lo jurídico con lo emocional, y lo político con lo folclórico.

La Conferencia de Presidentes Autonómicos del 3 de octubre ha sido un buen ejemplo de esa distorsión. Lo que tendría que haber sido una reunión de trabajo de los gestores de la administración territorial del Estado, ha resultado más bien una cumbre de los máximos representantes de cada “pueblo”. Esos dirigentes –y gran parte de sus ciudadanos- están convencidos de la existencia del “pueblo extremeño”, el “pueblo gallego” o el “pueblo riojano”. Y una vez asentada esa noción de “pueblos” distintos, parece razonable considerar que cada uno es soberano en lo que afecta a su propio territorio.

Se trata de una dinámica descabellada, que se aleja del mandato constitucional, que entorpece el buen gobierno de la nación, que dificulta la adopción de medidas coherentes para superar la crisis, y que crea ciudadanos descontentos en todos los rincones de España. Si no recuperamos entre todos el sentido pronto, la desaparición del concepto de “pueblo español” nos puede llevar a no ocuparnos más que de nuestro pueblo, de nuestra ciudad, de nuestro barrio, o de nuestra propia casa.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El incumplimiento del contrato social


Rousseau preconizaba un “contrato social” tácito, mediante el que todos los ciudadanos renunciaban parcialmente a su libre albedrío, que se depositaba en el Estado, de manera que éste podía redactar y ejecutar las leyes que obligaban a todos. De esta manera las voluntades individuales quedaban voluntariamente restringidas en favor de algo superior y más socialmente eficiente: la voluntad general.

En las democracias parlamentarias actuales, esa renuncia se canaliza mediante el mecanismo de la representatividad. Diversos partidos presentan sus programas de gobierno a los ciudadanos, y cada ciudadano elige para que le represente al partido que más se acerca a sus intereses, valores, y creencia. Así surge un Parlamento que representa al conjunto de ciudadanos, y de él un gobierno que se encarga de llevar a cabo el programa que había propuesto a los electores.

Una de las ideas que ha impulsado la manifestación del 25S ha sido la de “no nos representan”. Es el resultado del desprestigio galopante de los políticos en general, unido al hecho de que el Partido Popular viene tomando una serie de medidas completamente contrarias a las que figuraban en su programa de gobierno. Con independencia de que la inmensa mayoría de los que se quejan de ese incumplimiento son ciudadanos que no han votado al Partido Popular, persiste el problema del flagrante incumplimiento de contrato –cosa que, por otra parte, vienen haciendo todos los gobiernos en España desde el asunto de la salida de la OTAN-.

¿Qué pueden hacer los ciudadanos cuando los políticos en el gobierno rompen unilateralmente el contrato social que les legitima para gobernar? ¿Tienen que esperar resignadamente hasta las siguientes elecciones para suscribir otro contrato con otro partido, que volverá a incumplirlo? ¿Están legitimados para romper también su compromiso con el Estado y recuperar su libre albedrío completo? Y en ese caso ¿eso incluiría retirarle al Estado el privilegio del uso exclusivo de la violencia? ¿Se pueden crear mecanismos legales eficientes para castigar penalmente los incumplimientos de un gobierno? ¿Qué pasaría cuando el incumplimiento se debiera a un gobierno de coalición en el que ningún partido puede imponer su propio programa? ¿Cómo diferencias los incumplimientos derivados de falsas promesas de los debidos a la evolución imprevisible de los acontecimientos?

Problema extraordinariamente complejo, pero no completamente insoluble.

lunes, 24 de septiembre de 2012

La democracia gritamentaria


Los pueblos se han venido organizando según dos modelos principales. En las tribus primitivas: dirigidas por un jefe al que obedecían por miedo o veneración, o bien con un consejo de sabios o ancianos que establecía las reglas de juego e impedía la arbitrariedad de los jefes.

Hoy, con naciones de millones de personas, persisten esos dos modelos. Hay países en los que un dictador impone su voluntad a un pueblo que no tiene la oportunidad de expresar su opinión ni su voluntad. Y otros en los que los ciudadanos son dueños de su destino, y deciden su rumbo.

En estas sociedades los ciudadanos delegan su soberanía en otras personas para que les representen en un Parlamento, cuyas funciones son elaborar las leyes y controlar al gobierno. La herramienta es la palabra, y con ella intentan convencerse, dialogan, alcanzan acuerdos, y toman decisiones por mayoría. Es la democracia parlamentaria.

El modelo que existe en España. Sin embargo, poco a poco se ha ido pervirtiendo, y la importancia del Parlamento ha perdido valor en beneficio de la calle. Cada vez con más frecuencia, los debates parlamentarios son ahogados por el clamor de los gritos en manifestaciones callejeras. Los propios partidos políticos se suman a esas manifestaciones, y exhiben como aval el número de asistentes a una manifestación, concediéndoles más importancias que al número de votos obtenidos en las urnas. Eso es la democracia gritamentaria.

El Partido Comunista (travestido de IU), siempre ha tratado de compensar su escasa representatividad en las Cortes con el ruido de las pancartas. Pero PSOE y PP se han sumado también al gritamentarismo. Pese a contar con gran número de diputados, se prestaron a competir en gritos, y salieron a manifestarse. Contra la guerra de Irak; o contra de la ley del aborto. Ahora, los independentistas catalanes también han salido a gritar para conseguir lo que no podrían por democráticas.

España necesita profundas reformas. Pero va a ser imposible acordar esas reformas al dictado de los gritos en las calles. La democracia gritamentaria carece de reglas. Es imposible medir la voluntad de los que se suman a una manifestación, porque no todos quieren lo mismo, porque no se sabe cuántos se están manifestando, cuántos no han querido hacerlo, y cuántos pasaban por allí.

Estamos dejando que se pudra nuestra democracia parlamentaria. Reemplazar las palabras de un debate por los gritos de una manifestación nos coloca en una democracia gritamentaria, que está mucho más cerca de las sociedades de Trípoli, El Cairo y Túnez que de la civilización de Londres, París o Washington.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Las tres caras del miedo


El miedo es una emoción que cualquier ser humano y cualquier animal puede experimentar. Dejando aparte los miedos irracionales, se trata de una emoción útil y funcional porque nos ayuda en la primera necesidad de cualquier ser vivo: la supervivencia. Es una luz roja que pone en alerta nuestros sentidos ante un peligro, y desencadena inmediatamente determinados mecanismos biológicos que facilitarán nuestra respuesta.

Esa respuesta dependerá de la evaluación que hagamos del peligro. Si creemos que podemos enfrentarnos a él, la respuesta será defendernos y luchar. Por el contrario, si creemos que no podríamos que nos sería imposible salir airosos de la lucha, la respuesta es la huída. Tanto en un caso como en otro, el organismo habrá reaccionado para proporcionarnos los recursos físicos necesarios para pelear o para correr.

Pero también puede producirse otra reacción ante la sensación de miedo intenso: la parálisis. El cerebro no consigue decidir si luchar o escapar, quedando así totalmente desvalido, incapaz de protegerse ni de ponerse a salvo.

Cada cierto tiempo sucede alguien, en algún país occidental, ejerciendo esa conquista social que es la libertad de expresión, publica algún documento, viñeta, película, en el que se menciona, se representa, o se hace humor sobre toda clase de reyes, gobernantes, jerarquías religiosas, personajes históricos, profetas, santos o dioses. Invariablemente, cuando lo publicado hace referencia a alguno de los iconos del Islam, se desencadena una ola de furia salvaje que recorre los países islámicos y sacude con violencia los países occidentales y sus representaciones en aquellos.

Cabrían dos respuestas a esos ataques. La huída, que supondría reformar las leyes occidentales, reprimiendo la libertad de expresión para prohibir la mención de cualquier elemento que pudiera ofender la sensibilidad islámica. Y la defensa, que supondría expulsar de los países occidentales a los islamistas radicales que en ellos residen, romper relaciones diplomáticas con los países que amparen los desmanes contra intereses occidentales, y la persecución y castigo de los agresores.

La huída nos llevaría, con el tiempo, a una sucesiva renuncia a nuestros principios democráticos, y probablemente a que dentro de unos años nuestras hijas llevaran burka para no molestar a los integristas. La lucha nos situaría ante la escalofriante tesitura de enfrentarnos a países de los que dependemos para el suministro de petróleo.

Difícil elección. Y quizá por eso la reacción de los gobiernos de Europa y Norteamérica es más bien la tercera salida: la parálisis. Una actitud indefinida, en la que no se quiere renunciar a la libertad de expresión, pero tampoco enfrentarse abiertamente a la sinrazón de cientos de millones de musulmanes. Es comprensible. Pero, paralizados seremos devorados. Parafraseando a Winston Churchill: “Teníais que escoger entre evitar la lucha y aceptar la indignidad, y habéis elegido evitar la lucha. Al final tendréis la indignidad y la lucha”

lunes, 17 de septiembre de 2012

Política de lavadoras


Conocí una persona que, habiéndose estropeado la lavadora, se fue a un establecimiento, le enseñaron todos los modelos, y compró una nueva. Cuando la llevaron a su casa los operarios se encontraron con que no podían instalarla porque el aparato no cabía en el espacio disponible. Cuando me contó el hecho, le pregunté qué cómo se le había ocurrido comprar una máquina tan grande, sabiendo que disponía de un lugar estrecho. La respuesta fue la siguiente: “De todas las que había, ésta es la que me gustó. Pensé que era algo ancha, pero es que en cuanto la vi, sentí que esa era la que quería”.

Cuento esta anécdota porque es un buen ejemplo de lo que puede pasar cuando uno deja que los sentimientos guíen sus decisiones en cuestiones que no tienen nada que ver con los sentimientos. La compra de una lavadora es un acto racional: hay que considerar las dimensiones, la marca, la capacidad, el consumo energético, el de agua, el ruido, la robustez, las prestaciones y la asistencia técnica. Y sólo en último lugar cabe hacer alguna concesión a la estética.

Algo similar ocurre con la política. La forma en que se organiza una sociedad tiene que estar basada en criterios racionales. En datos demográficos y económicos. En hechos cuantificables y comparables. En teorías contrastadas, en deducciones lógicas y en previsiones esperables. Esos son los criterios oportunos, los que deben aplicar los políticos, y sobre todo, los ciudadanos.

Pero en España, desde la transición, predominan los sentimientos políticos sobre la razón. La gente “se siente” de izquierda o de derecha. Otros “sienten” que su bandera es la republicana. Aquellos “sienten” que su región es una nación, y los de más allá “sienten” que su comarca es un imperio.

Unos sienten que cualquier inmigrante tiene los mismos derechos que un español. Otros sienten que los que no piensan como él tendrían que irse de España; que la universidad en la que estudian les pertenece; que las leyes pueden ser interpretadas por él y no por los jueces; o que por haber nacido tiene derecho a ser siempre feliz.

Esa confusión es una de las razones por las que en España no se ha implantado un sistema democrático homologable con el británico, el norteamericano, el alemán, o el suizo. Alguien tendría que explicarle a los ciudadanos que los sentimientos son secundarios en política. Que el hecho de que uno se sienta un gran músico no basta para que le nombren director de la orquesta de RTVE. Que los psiquiátricos están llenos de personas que “se sienten” Napoleón Bonaparte, el caballo de Atila, o enviados de Dios.

Si no cambiamos ese modo de vivir la política, seguiremos siempre comprando lavadoras que no nos sirven.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Y si se van, ¡buen viaje!


En la manifestación del día 11, en Barcelona, cientos de miles de personas enarbolaron pancartas y corearon eslóganes pidiendo la independencia. El presidente Artur Mas había declarado su apoyo, y declaró –en inglés- que “se había abierto la puerta de la libertad para Cataluña”. Pronto se entrevistará con Rajoy, a quién se espera que le exija 5.000 millones, y eso que llaman “pacto fiscal”, y que es algo parecido al sistema privilegiado del País Vasco y Navarra.

Los independentistas están convencidos de que Cataluña es una nación que fue ocupada por España; de que tienen derecho a la autodeterminación; de que separarse de España les convertiría en un miembro más de la UE; y de que si se separan de España vivirán mejor, serán más ricos, más felices, y hasta más altos.

Vaya por delante mi respeto hacia los que desean que su región –o su pueblo, o su barrio- se convierta en un estado independiente. Cada uno sueña con lo que quiere, e idealiza sus sueños. Ahora bien, mi respeto se reduce ante la ignorancia, y desaparece ante el engaño, el dogmatismo, o el sectarismo en los que se basan esos deseos:
  • Apelar a razones históricas para reclamar la independencia es tan inconsistente como si Romano Prodi reclamara para Italia la Península Ibérica, las Galias, y Britania; o como si España reclamara las Islas Filipinas.
  • El argumento de que “Cataluña paga más de lo que recibe” podrían utilizarlo millones de ciudadanos que pagan más impuestos que sus vecinos que ganan menos. Cataluña no paga impuestos: los pagan los catalanes, igual que los valencianos, los aragoneses o los extremeños.
  • Si Cataluña se independizara de España, quedaría fuera de la UE, tendría que acuñar moneda propia, crear su propio ejército, y dejaría de formar parte del mercado único, perdiendo además su principal mercado: el resto de España.

 Durante 35 años los independentistas han utilizado la amenaza de la independencia para obtener del gobierno del Estado concesiones, privilegios, y competencias que se traducen en dinero y poder que administran y ejercen sus políticos. Pero no se les puede culpar únicamente a ellos. No habríamos llegado hasta esta situación si no hubiera habido sucesivos gobiernos de España que han ido transigiendo y cediendo, esperando saciar el infinito egoísmo nacionalista. Y éstos han aprovechado muy bien la angustia que en el resto de España produce su hipotética independencia. Quizá haya llegado el momento de terminar con esa angustia, y de dejar de ceder a un chantaje sin fin.

Creo que la separación de Cataluña sería mala para España, y peor para los catalanes. Cuando Europa converge hacia una unión mayor, parece insensato seguir el camino inverso. Desearía que los políticos nacionalistas dejaran de jugar con los sentimientos de los catalanes. Desearía que se impusiera la racionalidad, que todos juntos aprovecháramos lo mejor de unos y de otros. Pero si el proceso continúa, si una mayoría de catalanes prefieren dormir con la senyera aunque sean más pobres, si al gobierno de España le falta la energía para hacer cumplir la constitución. Si a pesar de todo se van… ¡buen viaje! y dejen de amenazarnos con que se van a ir.

martes, 11 de septiembre de 2012

Toro de fuego


Un espectáculo que no puede faltar en muchos pueblos de Levante es el toro de fuego. Se clava sólidamente un poste robusto en la plaza, y por un orificio que lo atraviesa horizontalmente se hace pasar una soga de más de 50 m. Un extremo de la cuerda se sujeta al toro encerrado en el toril. El otro queda en manos de los mozos del pueblo, y el poste queda en medio. Al abrirse la puerta del toril, el toro se lanza a la plaza, por la que puede moverse dentro del radio de 25 ó 30 metros de la soga que le une al poste. La cuerda puede deslizarse por el orificio, y el animal intenta alejarse, pero los 15 o 20 mozos que tiran del otro extremo se lo impiden. En esta pugna, los mozos van ganando cuerda, y el toro dispone cada vez de menos radio para moverse. Finalmente, los mozos ganan, y el toro –aterrado- queda con la cabeza amarrada al poste. En ese momento otros mozos le rodean y lo inmovilizan, colocándose entonces en los cuernos las bolas. Se les prende fuego, y por último se corta la cuerda, dejando que la res pueda evolucionar libremente por la plaza.

Me acordaba de este ritual ayer, viendo a Rajoy en su entrevista, cuando insistía una y otra vez en la austeridad. Le preguntaban sobre el crecimiento y el empleo, y él volvía a hablar de la austeridad como el único requisito que algún día debería permitirnos crear empleo.

Los recortes del gobierno me hicieron evocar esa soga que se va acortando hasta que el toro queda casi indefenso, atado al poste, y ahí ya se le pueden poner las bolas de fuego. Esa parece ser la estrategia de la UE, y de los gobiernos de los países que la forman. Han llegado a la conclusión de que el Estado de Bienestar, de las subvenciones generalizadas, del gratis total, del maná, es inviable. Pero saben que sería imposible convencer al toro de que hay que ponerle unas bolas de brea en los cuernos. Así que van recortando poco a poco prestaciones, beneficios y privilegios. Saben que la gente se resistirá -como el toro-, pero que inexorablemente terminará inmovilizada y rendida. Sólo entonces –colocadas las bolas ardientes- se podrá cortar la cuerda, y la sociedad podrá volver a moverse, la economía a crecer, el empleo a aumentar. Los ciudadanos respiraremos aliviados al final del tormento, y nos sentiremos felices de nuevo. ¡Qué importan unas bolas de fuego si podemos corretear por la plaza!

lunes, 3 de septiembre de 2012

Érase una vez una tribu

Érase una vez una tribu formada por un centenar de personas. 70 adultos, 15 ancianos, y 15 niños de menos de 14 años. Habían llegado al valle tras un largo peregrinaje. Allí se instalaron, y los 70 adultos trabajaron duramente cultivando los campos, criando ganado, construyendo cabañas y fabricando herramientas. El primer año sufrieron grandes penalidades, pero poco a poco fueron recogiendo el fruto de su trabajo y su bienestar aumentó rápidamente.

Al cabo de diez años producían muchos más alimentos de los que necesitaban, así que decidieron dejar de fabricar herramientas y comprarlas a una tribu vecina. Los diez artesanos que habían venido haciendo ese trabajo se dedicaron ahora a construir instrumentos musicales y a amenizar con canciones las veladas de la tribu.

Diez años más tarde, seguían teniendo excedentes, y volvieron a reorganizarse: las diez personas que construían viviendas dejaron de hacerlo, y se ocuparon de enseñar las tradiciones a los niños. Al mismo tiempo se decidió que éstos, en lugar de empezar a trabajar a los 14 años, continuaran aprendiendo hasta los 20. Compraron los materiales de las viviendas y pagaron a gente de otra tribu para que las construyera. Decidieron también nombrar un Consejo de diez personas para que escribiera la historia de la tribu y para que redactara las leyes.

Ahora eran 15 ancianos, 30 niños y jóvenes estudiando, 10 músicos, 10 profesores, 10 miembros del Consejo. y 25 trabajando las tierras y cuidando el ganado. La producción descendió bruscamente, y como todos se habían acostumbrado a comer en abundancia, el Consejo decidió pedir alimentos prestados a las tribus vecinas.

Al cabo de otros cinco años, debían a las otras tribus más de lo que ellos producían en tres años. Los vecinos empezaron a ponerles pegas para prestarles más alimentos, y el Consejo convocó una asamblea tribal para decidir qué hacer. Un anciano medio ciego propuso volver a la organización anterior, y que al menos 60 personas se dedicaran a trabajar los campos. Todos se opusieron tachándole de loco. Todos –excepto el anciano- estaban de acuerdo en que era importante que los jóvenes continuaran estudiando hasta los 20 años, y en que la música formaba parte de sus costumbres. Los miembros del Consejo convencieron a todos de que no podían disolverse, ya que sin ellos la tribu sería un caos. Al final, para reducir gastos, decidieron reducir a la mitad la ración de comida de los ancianos.

La producción siguió cayendo, y era imposible devolver a sus vecinos todo lo que les habían pedido prestado. Una mañana vieron que se acercaba una multitud de más de mil personas, armadas con espadas y lanzas.

Sólo el anciano entendió por qué las tribus vecinas se habían aliado y les habían invadido.