Jordi se
despertó obsesionado por eso de lo que todo el mundo hablaba en su pueblo: el
derecho a decidir. Confuso, viajó para ver al Gran Maestro de la Sabiduría.
- Maestro
–preguntó- ¿tengo yo derecho a decidir?
-
Naturalmente –respondió el anciano-. Tienes derecho a decidir sobre tu vida.
- Eso es
lo que yo pensaba, pero leo que hay gente que dice que no –explicó con alivio-.
En ese caso, pasaré el próximo fin de semana con Sandra Bullock.
- Eso no
puedes decidirlo tú. Depende de la voluntad de ella.
- Bueno –Jordi
meditó unos instantes-. Pues voy a decidir los precios de los productos de
Mercadona.
- Tampoco
eso está a tu alcance.
- Bien
–insistió Jordi-. Pero podré decidir el sueldo que me tienen que pagar en mi
trabajo. –El sabio negó con la cabeza, en silencio.
- Entonces
decido cambiar la Ley de la Gravitación Universal, insistió el joven.
- Siento
decirte que es otra cosa que no puedes decidir –le dijo el Maestro, sonriendo
con tristeza.
- Vale. Por
lo menos ¿podré decidir el nombre de la calle en la que vivo?
- Lo
siento, Jordi, pero tampoco tienes capacidad para decidir eso.
- Pero
Maestro, me habías dicho que tengo derecho a decidir, y al final no puedo
decidir casi nada.
- Te dije que tienes
absoluto derecho a decidir sobre tu vida. Pero en todo lo que afecte también a
otros, sólo podrás decidir sobre aquello en lo que tengas capacidad de hacerlo.
Lo primero que tienes que saber es sobre qué puedes y sobre qué no puedes.
Jordi volvió a su pueblo
cabizbajo. Al llegar frente al ayuntamiento sacó de bolsillo el carné de
Convergencia, y tomando una decisión lo rompió en mil pedazos.
