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jueves, 27 de agosto de 2020

¿Qué pasó con el queso?

 Spencer Johnson, en su libro ¿Quién se ha llevado mi queso?, narra las reacciones de dos ratones cuando descubren que no está el trozo de queso que alguien dejaba cada día en el mismo lugar. Me he acordado de este librito al reflexionar sobre lo que nos está pasando en España.

 

Al levantarnos cada día nos encontrábamos con nuestro queso. Estaba ahí, aunque no siempre supiéramos apreciarlo y a veces lo contempláramos con menosprecio.

 

Un sistema sanitario que atendía a cualquier persona. Un sistema educativo que, aunque mediocre, escolarizaba a todos, y permitía obtener un título universitario a cualquiera que decidiera estudiar. Un sistema político democrático y estable, aunque salpicado con feas manchas de corrupción. 17 parlamentos autonómicos. Más kilómetros de tren de alta velocidad que en EE.UU. Universidades en cada provincia. Pabellones polideportivos en los pueblos más pequeños. Nueve millones de pensionistas recibiendo puntualmente su paga. Reparto de subvenciones a granel. Subsidio de desempleo. Ayudas especiales para discapacitados, dependientes, mujeres, inmigrantes.  Más bares por habitante que en ningún otro país, con suculentas tapas y amplias terrazas.

 

Naturalmente, no era Jauja. El queso no era todo lo grande y bueno que hubiéramos deseado. Pero era nuestro queso. Ahora la Covid19 ha tenido el capricho de cebarse con nosotros, y las consecuencias sanitarias y económicas amenazan con hacer desaparecer nuestro queso, al menos tal como lo conocíamos. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros?

 

El libro ¿Quién se ha llevado mi queso? parece un cuento infantil. Es breve y ameno. Si no lo ha leído, le recomiendo que lo haga. Es posible que las distintas maneras de reaccionar de los dos ratones le dé algo en qué pensar.

sábado, 27 de junio de 2020

El síndrome de Mary Poppins


Supercalifragilísticoespialidoso” es la palabra con la que la actriz Julie Andrews dice expresar la emoción que siente, en la gran película “Mary Poppins”. La palabreja suena bien, es original, resulta simpática. Los niños la repetían incansablemente y los adultos se esforzaban por pronunciarla sin que se les trabara la lengua.

Sin embargo, detrás de esas catorce sílabas no hay nada. Absolutamente nada. Únicamente lo que cada cual quiera imaginar, lo que es lo más contrario al lenguaje, que se caracteriza por asignar a cada palabra una acción, una cosa o un concepto igual para todos.

Algo parecido es lo que viene sucediendo en España desde hace unos años, y cada vez con más fuerza. Palabras y frases que suenan bien, pero que carecen de sustancia, de significado concreto. Malabarismo lingüístico.

Ya el inefable Rodríguez Zapatero se sacó de la chistera aquello de la “Alianza de Civilizaciones” y millones de espectadores aplaudieron la ocurrencia, incluso creyendo que eso serviría para algo.

Pero últimamente el síndrome de Mary Poppins ha alcanzado unos niveles sorprendentes. Con motivo de la pandemia se ha hablado de “Plan Marshall”, de “Pactos de la Moncloa”. Se ha propuesto un “Plan de Reconstrucción”, -como si se hubieran caído los edificios y hundido los puentes-, cuando lo razonable sería hablar de “Pacto de Recuperación”. Se ha extendido como una plaga el concepto de “distancia social”, que hace referencia a la distancia entre personas, por lo que lo adecuado sería hablar de “distancia personal”. La distancia social es otra cosa. La que existe entre un acaudalado banquero y el inmigrante que duerme en el cajero de su banco. La que hay entre Pablo Iglesias -por ejemplo- y la mujer que hace la limpieza en su chalet. Y ya el colmo de la pirotecnia verbal es la afirmación del actual Presidente de que “España tiene que entenderse con España”.

Palabras huecas, conceptos retorcidos. Camino del caos lingüístico llegaremos al camarote de los Hermanos Marx: Yo digo lo que me da la gana y usted entienda lo que más le guste.

Reconozco que no me produce el menor asombro que los políticos –camaleónicos farsantes por oficio- hagan todo lo posible para sembrar la confusión llenando el espacio de palabra altisonantes sin significado alguno. Pero me produce gran melancolía observar que la sociedad civil, los periodistas, los intelectuales, los científicos, y los ciudadanos en general den por buena la farsa. Mientras sigamos padeciendo el síndrome de Mary Poppins, nunca nos libraremos de presidentes, ministros, consejeros y alcaldes mentirosos, oportunistas y tramposos, cuyo único objetivo es alcanzar y mantenerse en el poder a cualquier precio.

lunes, 20 de abril de 2020

Que os den por el bulo


Admirado señor Bulo:

Me dirijo a usted para expresarle mi felicitación por el hecho de que, por fin, haya alcanzado el reconocimiento público de su influyente papel en la sociedad española.

Se trata de una influencia que se mantiene desde hace décadas. Ya en los años 40 del pasado siglo el Gobierno justificaba su brutal represión en la existencia de una confabulación judeomasónica que pretendía destruir España. En los 70, Juan Carlos I juró cumplir los principios fundamentales del Movimiento. A principios de los 80, el Ministro de Sanidad atribuyó el envenenamiento masivo por aceite de colza a un bichito que se moría al caer al suelo, y en la misma época, Felipe González pidió el voto a los españoles para sacar a España de la OTAN.

Más recientemente, el gobierno de José María Aznar atribuyó los atentados de Atocha a la banda terrorista ETA. En 2007, el Presidente Rodríguez Zapatero tranquilizó a los ciudadanos asegurando que España no se vería afectada por la crisis financiera que asolaba a otros países. También nos contó que el terrorismo islámico se iba a terminar gracias a la “Alianza de Civilizaciones”.

Tiene usted, señor Bulo, una larga trayectoria de buenos servicios a los gobernantes. Pero quizá haya sido el actual Presidente quién más ha trabajado para reforzar su importancia. Desde presentar una moción de censura “para convocar elecciones lo antes posible” hasta asegurar que le quitaría el sueño tener a Pablo Iglesias en su Gobierno. Pero ha sido la pandemia del Covid19 la que le ha hecho a usted intérprete indiscutible de la realidad. Observamos su presencia en todas partes. Las mascarillas no servían para nada. España ha sido el país que ha reaccionado más pronto frente a la enfermedad. Nadie se va a quedar atrás en esta crisis. Cuando finalice ésta, la economía saldrá reforzada. El material sanitario es suficiente en los hospitales. Y como colofón, el CIS certifica que la única verdad es la que nos dice el Gobierno.

Ante el reconocimiento oficial de que la Guardia Civil trabaja para combatir las críticas a la gestión del Gobierno, el ministro Grande Marlaska ha declarado que el general de la Guardia Civil habrá tenido un lapsus. Efectivamente: un lapsus consiste en decir inadvertidamente la verdad cuando se quería ocultar. Si el ministro tuviera otro lapsus y nos dijera lo que piensa de los ciudadanos que critican la gestión del Gobierno, probablemente nos diría: “que os den por el bulo”.

martes, 14 de abril de 2020

Los pastos de La Moncloa


Uno de los recursos que le gusta emplear a Pedro Sánchez es el de recuperar antiguos eventos, tratando así de beneficiarse del prestigio que en su momento tuvieron los mismos. Lo ha hecho con su propuesta de un nuevo Plan Marshall, y ahora pretende ser el Adolfo Suárez del siglo XXI con unos nuevos Pactos de La Moncloa.

Considero que es altamente improbable alcanzar ahora un acuerdo equivalente. La maniobra no carece de astucia: si se firman esos pactos, los partidos de derecha aparecerán como corresponsables de la catástrofe económica que nos espera. Y si fracasa el intento los partidos de derecha serán los responsables de esa catástrofe “por no haber arrimado el hombro”.

Las razones de la escasa viabilidad de unos nuevos Pactos de La Moncloa son varias. Por una parte, en 1977 la mitad de la población española conservaba el recuerdo de la Guerra Civil, y estaban dispuestos a renunciar a muchas de sus ideas a cambio de no repetir semejante tragedia. Hoy, aunque son muchos los que se esfuerzan en recordar aquella contienda, son ya muy pocos los que la vivieron en sus carnes.

En segundo lugar, en 1977 lograron alcanzar acuerdos los diferentes partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones empresariales. En 2020 habrían de añadirse también los representantes de 18 Comunidades Autónomas, entre ellos los que no pierden ocasión para que España como nación unitaria se rompa.

En tercer lugar, el gobierno de Pedro Sánchez es una coalición del PSOE con un partido que se ha distinguido desde su aparición por atacar tres objetivos: la casta, los ricos, y la Transición de 1978. Lo de la casta lo han olvidado desde que entraron a formar parte de ella. Pero su fobia a los ricos y a la Transición permanece inmutable. No resultará fácil formar un equipo de bomberos eficaz habiendo pirómanos entre ellos.

Por último, en la sociedad española de 1977 predominaba el deseo de alcanzar la democracia –algo desconocido entonces, pero que sonaba bien-, y la ilusión de incorporarse a una Europa percibida como más moderna y próspera que nuestro país. En estos momentos son ya bastantes los que se sienten defraudados por la democracia, y los que ven a Europa como una fuente de imposiciones y un club en el que cada uno va a lo suyo. 
Puede que la sociedad considere al Estado como a una vaca a la que sacar el máximo jugo. Pero no es menos cierto que para muchos políticos los ciudadanos no son sino un gran pastizal de votos del que se alimentan y engordan.

sábado, 4 de abril de 2020

Darwin y los juncos


Se suele decir que la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies establece que son los individuos más fuertes los que mejor sobreviven. Sin embargo, tal creencia es errónea. Lo que Darwin descubrió es que los que sobreviven no son los más fuertes sino los individuos que mejor se adaptan a su medio ambiente. Hay que señalar que, en el caso de los seres humanos del siglo XXI, ya no es tan determinante el medio ambiente de la naturaleza como el medio ambiente social.

La pandemia del Covid-19 que tan duramente nos está golpeando ha supuesto un importante cambio en el medio ambiente social al que estábamos todos más o menos adaptados. El confinamiento en los hogares, la paralización del comercio, la industria y el turismo, así como las previsibles consecuencias económicas de todo esto suponen un cambio tan importante como brusco, al que no resulta fácil adaptarse.

A las dificultades corrientes de la vida en el ámbito familiar, laboral, económico, de salud, etc., hay que añadir ahora la inquietud –más bien la angustia- por el riesgo de contagio, el agobio del encierro, y la incertidumbre ante el futuro. Nadie puede escapar a los efectos de la pandemia, y todos vamos a salir malparados en mayor o menor medida. Los miembros del gobierno nos aseguran que “nadie se va a quedar atrás”. Es una burda mentira. Cuando la pandemia termine todos habremos retrocedido algunos pasos.

No obstante, sigue siendo válido el postulado de Darwin. Sobrevivirán mejor los que mejor y más pronto se adapten a esta nueva situación. Algunos pensarán que esto es imposible, pero se equivocan. Uno de los escenarios más terribles que puedan castigar a una sociedad es la guerra. Pero incluso en las guerras –cuando son de larga duración- la gente termina adaptándose. Los niños siguen jugando y riendo en las calles. Los adultos se reúnen con sus amigos entre bombardeo y bombardeo, y encuentran ocasiones para divertirse. Se enamoran y hacen planes para el futuro.

Cuando al final termina la contienda todos lloran a sus muertos, pero los que se habían adaptado encuentran fuerzas, energía y oportunidades para seguir adelante y continuar viviendo.

Por desgracia, otros, los que no fueron capaces de esa adaptación, suelen quedar en la cuneta, marcados para el resto de sus días por una situación a la que no fueron capaces de adaptarse.

Pensemos en ello. Depende principalmente de nuestra actitud. Podemos elegir entre rendirnos y retirarnos a llorar en un rincón, añorando lo que hemos perdido en la catástrofe. O bien adaptarnos a una nueva realidad, tomar las medidas de precaución para evitar el contagio, y darle la cara a un futuro que vamos a superar, aunque sea en condiciones menos favorables.

Los débiles juncos se inclinan ante la fuerza del vendaval para erguirse de nuevo cuando éste pasa. El robusto roble, en cambio, no tiene esa flexibilidad y puede resultar abatido por el viento.


lunes, 30 de marzo de 2020

Añorado Míster Marshall


Tras la II Guerra Mundial, el Secretario de Estado norteamericano, George Marshall, impulsó un plan para la reconstrucción de los países de Europa Occidental que habían participado en la contienda. Este plan supuso la inyección de miles de millones de dólares que permitieron la reconstrucción de infraestructuras y el relanzamiento de la estructura productiva europea, asegurando de paso la influencia de EE.UU. en el viejo continente. España, sumida en la autarquía fascistoide del general Franco, quedó excluida de ese Plan.

Ante la profunda recesión que se nos viene encima como consecuencia de la expansión del Covid-19, el Presidente Pedro Sánchez aparece en televisión ofreciendo 200.000 millones de euros y asegurando que "nadie se va a quedar atrás". Después pide socorro a las instituciones de la UE reclamando “un nuevo Plan Marshall” que permita a España afrontar la tormenta económico-social que se avecina. Haciendo gala de un talante muy celtibérico, Sánchez se pone a la cabeza del gran anhelo de la sociedad española actual: “que alguien solucione mis problemas”.

Sin embargo, existen algunas diferencias entre la situación de 1950 y la de 2020. En primer lugar que el Plan Marshall original consistió en la aportación de una economía pujante –la de EE.UU.- a unos países fuertemente golpeados por la guerra. En el quimérico Plan Marshall que reclama Sánchez, en cambio, se trataría de un plan de autoayuda, en el que países de Europa central y del norte –que también van a sufrir los efectos del Coronavírus-, se ayuden a sí mismos, y de paso a sus indolentes socios de la Europa del Sur.

Por otra parte, parece bastante ingenuo esperar de la actual Administración norteamericana el menor gesto de solidaridad hacia Europa, más aún teniendo en cuenta que el país de las barras y estrellas tampoco va a salir bien parado de esta pandemia.

Claro que queda la alternativa de que sea China –la nueva gran potencia económica- la que ahora salve a Europa. No lo haría gratis, naturalmente. Pero tampoco nos costaría mucho que pasáramos de comer hamburguesas, beber Coca-Cola, y celebrar Halloween, a hacernos adeptos a los rollitos de primavera, el licor de arroz y a festejar el Gran Dragón.

Todo siempre que el plan chino no se olvidara de Pedro Sánchez como los americanos se olvidaron del alcalde de Villar del Rio.

martes, 17 de marzo de 2020

Sangre, sudor y lágrimas

Esto sólo acaba de empezar. No sabemos cuánto se tardará en detener la pandemia, pero cabe esperar decenas de miles de infectados y muchos miles de fallecidos, sólo en España. Serán dos, cuatro o seis meses de angustia sanitaria, y otros tantos de parálisis en la industria, el comercio y los servicios. El miedo de los ciudadanos se puede resumir en dos tarjetas: la sanitaria y la de crédito.

Porque si el golpe que va a recibir la sociedad en el plano de la salud va a ser muy doloroso, el hachazo que nos espera desde el lado de la economía puede ser aún mucho peor. Ante la situación de cierre de comercios y de empresas, todo el mundo espera del gobierno medidas compensatorias. Los trabajadores que no pueden trabajar esperan que alguien pague  sus sueldos, y las empresas que no pueden vender esperan que el Estado les conceda ayudas especiales.

¿Y qué va a poder hacer papá Estado? Dejará de recaudar el IVA de todos los productos que no se van a vender, de todos los bienes que no se van a fabricar, de todos los turistas que no van a venir. Dejará de recaudar el IRPF de todos los trabajadores que no van a poder trabajar y el impuesto de sociedades de todas las empresas que no van a tener beneficios o que tendrán que cerrar. Simultáneamente tendrá que multiplicar el gasto en una Sanidad sobrecargada, en unas prestaciones sociales desbordadas. Todo esto con una deuda del 96% del PIB, y con escasas posibilidades de obtener préstamos en los mercados mundiales fuertemente golpeados.

Tengo razones para dudar de la capacidad del presidente del gobierno para estar a la altura. Pero creo que haría bien en prevenir a esta sociedad tan alegre y confiada hasta anteayer de que nos espera lo que Winston Churchill prometió a los británicos en la Segunda Guerra Mundial: Sangre, sudor y lágrimas.

martes, 18 de junio de 2019

Lo juro por Snoopy


La actividad política tiene mucho de teatro. Los actores representan su papel en un escenario, buscando el aplauso del público. Lo que dicen no se corresponde necesariamente con lo que piensan, sino que se ajusta a lo que dice el guión. Lo importante para ellos es tener un papel y rivalizan entre sí para desempeñar los principales. Esto no es nada nuevo ni exclusivo de España.

Pero entre nosotros la política no tiene nada que ver con Sófocles, con Calderón de la Barca, con Shakespeare o con Molière. Lo que aquí se estila está más relacionado con el esperpento, con el circo, o con el guiñol.

Estos días han estado jurando sus cargos miles de actores. Diputados, senadores, concejales y diputados europeos han cumplido el rito de prometer o jurar la Constitución. Cada uno a su aire. Se ha jurado o prometido “por imperativo legal”, “por la lucha feminista”, “por el ecologismo”, “por la liberación de los presos políticos”. No sé si algún diputado gitano habrá jurado por sus muertos o si un concejal musulmán lo habrá hecho por las barbas del profeta, pero no me sorprendería.

Y lo peor del asunto es que dicha ceremonia es absolutamente innecesaria por inútil, además de ridícula. No existe el delito de perjurio para los que contravienen la Constitución después de haber jurado acatarla y defenderla. En Cataluña –pero no sólo allí. Tenemos innumerables ejemplos de políticos que han hecho todo lo que han podido para hacer saltar la Constitución que habían jurado. Nadie, absolutamente nadie, ha protestado por ello. Parece ser que todo el mundo asume como normal incumplir una promesa solemne. A mí me parece escandaloso. Se lo juro por Snoopy, oiga.

sábado, 27 de abril de 2019

Los espectaculeros


Muchos se refieren a ellos como “cómicos”. Otros, despectivamente, les llaman “titiriteros”. Ellos se autoproclaman “la cultura”. Es un grupo variopinto en el que predominan gentes del mundo del cine, del teatro y de la televisión, además de cantantes, músicos, humoristas. Han vuelto a reunirse para redactar un manifiesto en el que nos indican a los imbéciles de los ciudadanos normales lo que nos conviene votar, porque sin su orientación no sabríamos lo que nos conviene.

Naturalmente, tienen todo el derecho a redactar manifiestos políticos, como lo tienen los deportistas, los farmacéuticos o los peluqueros. Y sus opiniones tienen el mismo valor que el de las opiniones de los deportistas, los farmacéuticos y los peluqueros. Pero ellos se creen más, mucho más. Son tan pretenciosos que se creen que son los genuinos representantes de la cultura, aunque entre ellos no abunden los pintores, los escultores ni los filósofos.

Yo prefiero llamarlos “espectaculeros” porque esencialmente son gentes que se dedican a los espectáculos de uno u otro tipo. No sé si entre ellos hay algún trapecista, algún mago o algún payaso de circo. Pero podría haberlos sin por ello reducir lo más mínimo la profundidad de su manifiesto.

Lo que me pregunto es por qué los medios de comunicación se hacen eco de las opiniones políticas de un grupo de actores, músicos y cantantes. Y también me pregunto por qué estos ciudadanos creen que sus recomendaciones sean tan importantes. Es probable que sólo sea una cuestión de narcisismo. Pude que ellos se crean dioses, pero sólo llegan a pretenciosos.

viernes, 29 de marzo de 2019

Si algo pasa, está la SER

Esto sólo acaba de empezar. No sabemos cuánto se tardará en detener la pandemia, pero cabe esperar decenas de miles de infectados y muchos miles de fallecidos, sólo en España. Serán dos, cuatro o seis meses de angustia sanitaria, y otros tantos de parálisis en la industria, el comercio y los servicios. El miedo de los ciudadanos se puede resumir en dos tarjetas: la sanitaria y la de crédito.

Porque si el golpe que va a recibir la sociedad en el plano de la salud va a ser muy doloroso, el hachazo que nos espera desde el lado de la economía puede ser aún mucho peor. Ante la situación de cierre de comercios y de empresas, todo el mundo espera del gobierno medidas compensatorias. Los trabajadores que no pueden trabajar esperan que alguien pague  sus sueldos, y las empresas que no pueden vender esperan que el Estado les conceda ayudas especiales.

¿Y qué va a poder hacer papá Estado? Dejará de recaudar el IVA de todos los productos que no se van a vender, de todos los bienes que no se van a fabricar, de todos los turistas que no van a venir. Dejará de recaudar el IRPF de todos los trabajadores que no van a poder trabajar y el impuesto de sociedades de todas las empresas que no van a tener beneficios o que tendrán que cerrar. Simultáneamente tendrá que multiplicar el gasto en una Sanidad sobrecargada, en unas prestaciones sociales desbordadas. Todo esto con una deuda del 96% del PIB, y con escasas posibilidades de obtener préstamos en los mercados mundiales fuertemente recalentados.

Tengo razones para dudar de la capacidad del presidente del gobierno para estar a la altura. Pero creo que haría bien en prevenir a esta sociedad tan alegre y confiada hasta anteayer de que nos espera lo que Winston Churchill prometió a los británicos en la Segunda Guerra Mundial: Sangre, sudor y lágrimas.

domingo, 24 de marzo de 2019

La felicidad y el odio


Todo el mundo quiere ser feliz, pero hay elementos que son incompatibles con la felicidad. Unos son naturales –como el hambre y el dolor-, otros de carácter psicológico –como el miedo-, y otros esencialmente sociales –como la envidia, el rencor y el odio.


Éste último se está convirtiendo en el principal obstáculo para la felicidad de los españoles. Hay odios para todos los gustos. A la derecha y a la izquierda, a los católicos o los musulmanes, a los hombres o a las mujeres, a los inmigrantes, a los homosexuales, al equipo de fútbol rival, a los fumadores, a los políticos, a los taurinos. Los odiadores más activos son capaces de mantener simultáneamente varios tipos de odios. Incluso no falta quien se odia a sí mismo.

El odio tiene un fuerte componente inercial. Una vez se apodera de la mente se atrinchera en ella y devora toda capacidad de análisis racional, lo que impide revisar si sus fundamentos son reales o imaginarios. Frecuentemente son el rencor y la envidia los factores que subyacen y lo mantienen activo.

El nacionalismo del País Vasco –con la ayuda de la brutalidad de ETA- fomentó el odio a España y a los españoles. En Cataluña –mediante herramientas más inteligentes- se han construido la misma clase de odio. Durante cuarenta años se ha venido inoculando en la mente de muchos catalanes el odio. A través de los medios de comunicación de los gobiernos nacionalistas, mediante los textos escolares y las enseñanzas de los maestros, millones de personas en Cataluña han aceptado una larga lista de agravios sufridos por Cataluña a manos de los odiosos españoles. Por supuesto, esos catalanes no están locos, ni son tontos ni malvados. La inmensa mayoría creen de buena fe que sus exigencias y sus aspiraciones son razonables y están plenamente justificadas. Podrían ser felices, podrían disfrutar de más prosperidad. Pero no se puede ser feliz cuando se odia. Y cuando prospera el odio disminuye la prosperidad.


domingo, 17 de marzo de 2019

La desmemoria electoral


Los partidos políticos están ya en campaña. Como viejas vedettes cargadas de años, achaques y arrugas que se cubren con seis capas de maquillaje y se envuelven en fastuosos vestidos para aparecer radiantes bajo los focos, los partidos afrontan su maquillaje particular con el objetivo de hacer que los electores se fijen únicamente en o que parecen ser, y se olviden de lo que realmente son.

Todos tenemos una opinión –mejor o peor- respecto a Podemos, un buen partido para el que le guste el comunismo. También sabemos todo lo bueno y lo malo que ha hecho el Partido Popular en todos los ámbitos en los que ha gobernado. Lo mismo podemos decir respecto al PSOE, que no ha gobernado menos ni ha dejado de tener sus aciertos y sus errores. De Ciudadanos, aparte de lo que ha hecho en la oposición, sólo sabemos de su talante abierto, siempre dispuesto a engrosar sus filas con micropartidos y con descontentos de otros. Menos podemos saber de Vox, aparte de media docena de ideas generales, pero vírgenes en cuanto a experiencia de gobierno o de oposición.

Sabiendo tanto como sabemos de lo que ha hecho y dicho los líderes de los principales partidos, ¿para qué necesitamos las campañas electorales? Muy sencillo: para que nos olvidamos de todo lo que sabemos. Para que hagamos un reset mental. Para que nos creamos lo que ahora dicen que harán. Para que les votemos a pesar de las muchas veces que han cambiado de criterio, en la infinidad de ocasiones en las que nos han mentido, en la desvergüenza con la que señalan los defectos de sus adversarios mientras disculpan permanentemente los suyo.

El truco más importante son las encuestas. A través de ellas consiguen que el foco de los votantes se sitúe en el futuro y no en el pasado. Las encuestas pretenden decirnos lo que va a ocurrir y consiguen que mucha gente decida su voto en función de ese presunto futuro. El votante imagina un resultado coincidente con las encuestas, y hace cálculos, supesa posibles alianzas postelectorales, considera el voto útil, y termina votando como si ya supiera lo que va a pasar en lugar de sabiendo lo que ya ha pasado.

Además, para reforzar el engaño se hacen acompañar de vedettes jóvenes y llamativas. Un Jefe de Estado Mayor, jueces mediáticos, algún que otro actor televisivo, un ex primer ministro francés, una activista gitana, un señor que vendía Coca-colas, un señor que se hizo famoso porque asesinaron a su hija, y hasta un astronauta. Sólo les falta fichar un torero y una fallera mayor. Todo vale para conseguir la amnistía política de los votantes.

domingo, 10 de marzo de 2019

Sobre feminismo y antisemitismo


En los años 30 del pasado siglo se impuso en Alemania la idea de que los judíos eran la causa de todos los males de la nación. Se les consideró una raza degradada, improductiva y parasitaria. Es cierto que muchos judíos se dedicaban a las finanzas y al comercio, y disponían de grandes fortunas. Igual de cierto que muchos otros judíos ejercían profesiones liberales, como médicos y abogados. Pero también es cierto que la mayoría de los judíos alemanes desempeñaban trabajos más humildes: escribientes, camareros, artesanos, etc. El odio hacia los judíos –estimulado por el nacionalsocialismo- dio lugar a que la mayoría de los alemanes contemplaran con aprobación o con indiferencia como millones de judíos fueron perseguidos, humillados, detenidos y eliminados. Este es un ejemplo de cómo la masa puede aceptar una leyenda inventada como si fuera real.

Terminada la II guerra mundial, el genocidio perpetrado contra los judíos sirvió de excusa para perpetrar el sometimiento y la expulsión de sus tierras de los millones de personas que vivían en los territorios donde se implantó el estado de Israel.

Este es un ejemplo de cómo se pueden cometer gravísimas injusticias al amparo de otras injusticias pretéritas.

En la España de 2019 se ha impuesto la idea de que las mujeres sufren una discriminación insoportable, que carecen de derechos, y que se les impide desarrollar su vida en libertad.

Es cierto que cada año alrededor de 50 mujeres mueren a manos de sus parejas o exparejas. También es cierto que el promedio de salarios de todas las mujeres es inferior al promedio de salarios de todos los hombres. Y sigue siendo cierto que la mayoría de las mujeres tenían muchos menos derechos que los hombres hace 50 años. Pero no es cierto que el número de homicidios contra mujeres sea mayor en España que en el resto de Europa. De hecho, es inferior a la media europea. Tampoco es cierto que las mujeres tengan menos derechos que los hombres. La Constitución establece la igualdad entre los sexos, y no existe ninguna discriminación legal para ellas. Cualquier mujer puede estudiar cualquier carrera universitaria, desempeñar cualquier trabajo, ingresar en el Ejército o crear una empresa. Si hay menos mujeres en la pesca, la minería, en la construcción o en las carreras técnicas es únicamente porque libremente eligen no hacerlo. Tampoco es verdad que las mujeres reciban menor salario cuando desempeñan la misma función, con igual responsabilidad, antigüedad, horario y disponibilidad. La llamada “brecha salarial” entre hombres y mujeres no es diferente de la brecha salarial entre los madrileños y los zamoranos. La media de los salarios de los primeros es superior a la de los segundos, pero eso se debe a diversos factores, entre los que no está que se discrimine a nadie por ser zamorano. Este es otro ejemplo de cómo una leyenda inventada puede ser asumida como algo real por la masa.

Con la excusa de que las mujeres españolas del siglo pasado dependían de sus maridos y carecían de los mismos derechos que éstos se ha creado el actual estado ginocrático. Están en vigor leyes que penalizan a los hombres por el hecho de serlo. Funcionan infinidad de organismos dedicados en exclusiva a facilitar diversas ayudas sólo para mujeres. Se destinan miles de millones de dinero público a innumerables asociaciones de mujeres, pero no existe ni una sola asociación sólo de hombres.

Este es otro ejemplo de cómo se pueden cometer gravísimas injusticias al amparo de otras injusticias pretéritas.


sábado, 5 de enero de 2019

El avispero feminista


Los de Vox han pisado un avispero. Toda la progresía del país ha saltado como un gato enfurecido. Los de Vox han osado poner sobre la mesa la cuestión de la violencia “de género”, que es tanto como decir la cuestión del feminismo moderno.

Un sacrilegio tan grave como cuestionar a la Santísima Trinidad en El Vaticano o la lucha de clases en la Plaza Roja en 1940. Para la progresía nacional todo lo relativo al feminismo es un dogma. Cuestión de fe. Algo que se admite sin reflexión alguna.

Sin embargo es algo sobre lo que cualquiera que no tenga la mente aherrojada por una ideología puede –incluso debe- reflexionar. Porque a la sombra del sufrimiento de muchas mujeres se agazapan muchas falsedades y el interés particular de mucha gente que saca tajada de ese drama.

Es obvio que hay tomar medidas para prevenir los asesinatos de mujeres, que hay que proteger a las que están amenazadas, y que hay que ayudar a las que sufren la tiranía de un macho dominante violento. Pero junto a esas obviedades se camuflan demasiadas falsedades.

Es falso que los terribles asesinatos de mujeres a manos de sus exnovios o exmaridos sean el mayor problema de España. Las cifras comparativas nos indican que la tasa de muertes por millón es inferior en España a la media europea. Esto no significa que el problema sea irrelevante, sólo lo sitúa en su justa dimensión. También se producen más de 3.500 suicidios cada año, y a nadie parece preocuparle, no porque no tenga importancia, sino porque es una desgracia similar a la de otros países europeos.

Es falso que esas mujeres hayan sido asesinadas “por el hecho de ser mujeres”. Ninguno de los asesinos agredía a la vecina ni insultaba a la panadera ni odiaba a su enfermera. Si llegaron al crimen no fue porque eran mujeres, sino porque eran lo que ellos consideraban “su” mujer.

Es falso que en las parejas sólo los hombres ejerzan la violencia. Si es cierto que hay más casos de hombres agresores físicamente, no cabe decir lo mismo respecto a la violencia psicológica, que pueden practicar con igual maestría hombres y mujeres.

Es falso que los cientos de millones que gastan las administraciones bajo los epígrafes “mujer” o “igualdad” hayan servido para evitar los asesinatos. La cifra anual se mantiene en torno a las 50 víctimas y apenas ha descendido un 10% durante los últimos 20 años.

Es falso que el asesinato de una mujer a manos de un hombre sea infinitamente más grave que lo contrario. Se producen más casos de muerte por accidente laboral en hombres, y no por eso son menos graves los que tienen como víctima a mujeres. Todo el peso de la ley debe caer sobre los asesinos, sea cual sea su sexo y sea cual sea el sexo de sus víctimas.

Es falso que convertir a todo hombre heterosexual en un presunto maltratador sea un buen método para fomentar la igualdad de trato. Es falso que las mujeres siempre dicen la verdad y los hombres siempre mienten.

Es falso que se pueda hacer desaparecer el machismo sustituyéndolo por un feminismo basado en el victimismo, el odio y el resentimiento retrospectivo. Siendo cierto que nuestras abuelas tuvieron un papel subordinado a los hombres, eso no da derecho a las mujeres actuales a disfrutar de ningún privilegio.

Claro que se pueden cuestionar las políticas de igualdad. Por ejemplo, se podría dejar de regar con dinero público a los miles de asociaciones de mujeres y dedicar ese dinero a campañas de concienciación, y sobre todo a educar a los adolescentes varones en el respeto a las mujeres. Y educar a las adolescentes para no dejarse engatusar por el más chulito de la clase, y a no creer que cuanto más celoso es él, más fuerte es su amor.

martes, 4 de diciembre de 2018

Pasarse de la raya (2)


No es que partidos como PSOE y Podemos hayan hecho mal en propugnar determinadas políticas. No pongo en duda su buena intención al pretender corregir ciertas actitudes. El problema no está tanto en el diagnóstico como en la sobredosis del tratamiento aplicado.

·        Es razonable tomar medidas para evitar que unos energúmenos asesinen a sus parejas, pero eso no se va a conseguir sustituyendo el viejo patriarcado por un matriarcado igual de opresor.
·        Es sensato aceptar que personas de otros países se instalen en España. Pero haciéndolo ordenadamente para trabajar y contribuir con su esfuerzo a la prosperidad general. No asaltando fronteras, no para vivir de subvenciones.
·        Es justo procurar que cada cual decida con quien se mete en la cama. Pero sin hacer creer a los niños que la naturaleza está loca y coloca penes y vaginas en las personas equivocadas.
·        Es civilizado tender a que no se maltrate arbitrariamente a los animales, pero sin olvidar que los humanos y los demás seres vivos formamos parte de una cadena alimenticia, y que pretender suprimir esa cadena es tan ingenuo como pretender eliminar la ley de la gravedad.
·        Es inteligente servirse del diálogo como método preferente para la resolución de conflictos. Pero sin perder de vista que el Estado tiene la legitimidad del uso de la fuerza cuando alguien rechaza todo diálogo que no pase por la aceptación incondicional de sus pretensiones.
·        Se entiende que desde una ideología de izquierdas se señalen los aspectos más negativos de los regímenes de derechas. Pero sin falsear la Historia, sin inculcar a los jóvenes el odio retrospectivo, sin intentar hacernos creer que regímenes como el de Nicolás Maduro son el Paraíso Terrenal en versión atea.

Respecto a los okupas reconozco que no se me ocurre ninguna razón de utilidad social para promocionarles, pero es posible que yo esté algo espeso. Pero otras iniciativas pueden ser defendidas con argumentos racionales. Es la exageración sistemática tanto en los diagnósticos como en las terapias los que terminan colmando el vaso de las amplias tragaderas de un pueblo, por confiado y manipulable que éste sea.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Pasarse de la raya

¿Qué ha pasado en Andalucía? ¿Por qué en el principal semillero de votos del PSOE Susana Díaz y Pedro Sanchez han logrado su más estrepitoso fracaso? ¿Por qué Podemos y sus mil franquicias se han quedado con un palmo de narices? ¿Por qué un partido que se presenta sin complejos como de derechas ha logrado presencia institucional por primera vez desde 1977?

Habrá que analizar detenidamente los resultados, y no cabe duda de que encontraremos muchas variables en juego. Pero a primera vista, me parece que la explicación principal está en que a los partidos de izquierda se les ha ido la mano. Vamos, que se han pasado varios pueblos en su retórica.

De tanto dedicarse a declarar a los varones sujetos peligrosos y a las mujeres especie protegida. De tanto pretender que los okupas son patrimonio de la humanidad. De tanto bendecir a los inmigrantes. De tanto exigir la dignidad de los gatos y los derechos civiles de los perros. De tanto exaltar a los homosexuales al pedestal de la divinidad. De tanto insoportable discurso repitiendo sustantivos y adjetivos en masculino y en femenino. De tanto respetar a los musulmanes y despreciar a los católicos. De tanto asustar con el fantasma de Franco.

Creían haber encontrado un inagotable filón electoral. Pero se han pasado de la raya. Se han olvidado de aquella máxima que afirma que no es posible engañar a todos todo el tiempo. Y cuanto más burdo es el engaño, cuanto más groseras son las falacias, más probable es que la gente (incluso esa “gente” a la que tanto aluden) termine dándose cuenta de que les están tomando el pelo, y de que hay cosas más importantes para ellos que la paridad entre hombres y mujeres en los gobiernos, la dignidad de las golondrinas, las preferencias sexuales, o dónde demonios se archiva la momia de Franco. 

jueves, 8 de marzo de 2018

Brindo por ellas


Hoy quiero hacer un brindis por las mujeres. Por esas mujeres afganas, saudís, marroquís, etc., cuya vida transcurre a la sombra de un varón –padre, hermano, marido o hijo-, y cuyo estatus sólo está ligeramente por encima del de un camello o una cabra.

También brindo por esas mujeres españolas que consiguen desempeñar un trabajo remunerado, además de atender el hogar, educar a los hijos, cuidar a algún familiar anciano o enfermo.

Un tercer brindis por esa mitad de la población española que nunca se jubila del todo. Esas mujeres mayores que siguen llevando todo el peso de las tareas domésticas hasta el final de sus días, o hasta que el Alzheimer borra su memoria.

Y aún a riesgo de pasarme de tragos, brindaré también por todas esas mujeres que no se hacen las víctimas porque no lo son. Las que asumen con naturalidad las diferencias biológicas que la naturaleza impone, y las consecuencia que se derivan de ellas. Las que se sienten incómodas con tantas asociaciones de mujeres, talleres para mujeres, cursos para mujeres, concursos para mujeres, casas de la mujer e institutos de la mujer. Las que no necesitan de cuotas por sexo para demostrar su valía y ascender en su carrera profesional. Las que no ven a los hombres como enemigos sino como seres humanos con las mismas virtudes y debilidades que ellas. Las que no permiten que ningún varón se erija en su guía, su protector, su amo. Las que no admiten que ninguna feminista decida el guión de su vida.

Se me acaba la botella y no puedo brindar por las otras mujeres. Las que se recrean con su resentimiento, su amargura, su victimismo, su frustración o su odio. Estoy seguro de que ellas no necesitan mi brindis. Prefieren hacer una huelga. Generala, por supuesto.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Los monos de Harlow

El psicólogo norteamericano Harry Harlow llevó a cabo un experimento con monos recién nacidos a los que separó de sus madres. Los introdujo en una jaula en la que había dos muñecos: uno de alambre desnudo y otro recubierto de felpa, con un aspecto similar al de una madre mona. El muñeco de alambre disponía de un biberón en el que podían beber los monitos, mientras que la “mona” de felpa no tenía nada que ofrecerles. Sin embargo, el experimento demostró que los monitos preferían permanecer junto a la “mona” de felpa, acudiendo al muñeco de alambre sólo el tiempo imprescindible para alimentarse. Se demostró que el factor afectivo-emocional tenía más fuerza para los pequeños monitos que la necesidad biológica de alimentarse.

Durante los últimos años, en Cataluña los mesías del independentismo han enarbolado el señuelo de la tierra prometida, y más de dos millones de catalanes se lo han creído. Los acontecimientos de los últimos meses han demostrado que todo era un espejismo. El referéndum convocado resultó un fiasco, ningún gobierno del mundo ha reconocido la declaración de independencia, más de 3.000 empresas han huído de Cataluña, el turismo ha descendido, el comercio también. El profeta Puigdemónt se ha largado a lugar seguro, abandonando a “su pueblo”. Al menos a dos docenas de sus apóstoles les aguarda un sombrío futuro carcelario. En muchs familias algunos de sus miembros han dejado de hablarse Todo les ha salido mal porque todo ha sido una pura insensatez.


Y a pesar de todo ese desastre casi la mitad de los votantes han vuelto a elegir a los mismos que le han traído el declive económico, la disensión en las familias y un futuro incierto. Como hicieron los monitos de Harlow, los factores afectivo-emocionales han sido más poderosos para ellos que las realidades objetivas. La gran diferencia con los simios del experimento estriba en que éstos, al convertirse en adultos, reconocen la impostura del muñeco de felpa, la abandonan, y empiezan a ocuparse de buscar alimento, aparearse, y vivir lo mejor posible. En cambio, cada año que pasa, una nueva camada de catalanes de Harlow se incorpora al censo electoral, convenientemente adoctrinados para buscar el abrigo de una quimera que camina en sentido contrario al de la Historia.

jueves, 19 de octubre de 2017

La razón de la sinrazón

Hace unos días, Richard Thaler ha obtenido el Premio Nobel de Economía por sus investigaciones sobre los factores emocionales que impulsan a conductas irracionales en las decisiones económicas. Si la irracionalidad campea en un ámbito tan propicio a la cuantificación y la comparación objetivas como es la Economía, ¿qué podremos decir de otras áreas tan subjetivas como la Política?

Es imposible convencer con razonamientos a un yihadista dispuesto a activar el cinturón de explosivos que rodea su cintura de que no es cierto que su acto le vaya a conducir directamente a un paraíso celestial colmado de placeres para la eternidad. No es posible razonar contra la fe. No existen razonamientos válidos contra la superstición.

Es ilusorio esperar que los secesionistas de Cataluña atiendan a razones. Ni las declaraciones de los gobiernos europeos, ni los avisos de organizaciones internacionales, ni la estampida de empresas huyendo de Cataluña, ni las advertencias de las instituciones del Estado, ni las señales de alarma de los hoteleros o los vendedores de automóviles, nada, absolutamente nada, puede hacer cambiar de criterio a las mentes enloquecidas que se disponen a activar una bandera estelada, por dañinas que puedan ser las consecuencias para ellos mismos.

El gran reto para el Gobierno y las demás instituciones del Estado no es desactivar a los dirigentes políticos de Cataluña. Al fin y al cabo, para un político “siempre” significa “de momento”, y “nunca” quiere decir “ya veremos”. Lo verdaderamente difícil será conseguir devolver la racionalidad a los que se han creído que la Abadía de Monserrat puede hacer milagros.


No existen métodos sencillos para hacer desaparecer el delirio de cientos de miles de cabezas. Harían falta miles de psicólogos trabajando durante años. Pero se podría empezar eliminando los principales causantes del enloquecimiento colectivo: el adoctrinamiento permanente a través de los medios de comunicación autonómicos y el modelo educativo en vigor en Cataluña.

jueves, 12 de octubre de 2017

La ley y su talón de Aquiles

En sentido amplio, la ley el es conjunto de reglas que permiten el desempeño ordenado de las actividades de los ciudadanos. La legitimidad de las leyes puede ser nula -como en las dictaduras-, problemática –como en las teocracias-, o completa –como en las democracias avanzadas. A pesar de ello, en los tres casos cumple su función para ordenamiento de la convivencia y para la resolución de los conflictos.

Tanto para la gestión de una comunidad de vecinos, como para la conducción de vehículos, o para disputar un encuentro de fútbol, es imprescindible la existencia de unos estatutos y reglamentos que señalen lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. Nadie imagina un partido de fútbol en el que uno de los equipos se salte las reglas metiendo goles con la mano, defendiendo una portería más pequeña que la del contrario, o ignorando las decisiones del árbitro.

Durante las últimas semanas se viene discutiendo sobre la legalidad o ilegalidad de las acciones que vienen ejecutando el gobierno de la Generalidad de Cataluña, su Parlamento, la policía autonómica y las organizaciones independentistas. Desde el punto de vista legal no ha existido convocatoria de referéndum, ni referéndum, ni ley de transitoriedad, ni proclamación de independencia. No hace falta explicar que todo ello está totalmente fuera de la ley.

Pero no deberíamos olvidar que la ley no lo puede todo, y que muchos actos cometidos fuera de la ley se han convertido en realidades.     El 14 de abril de 1931 en muchos ayuntamientos de España se izó la bandera republicana, y un comité revolucionario la proclamó en Madrid sin ningún soporte legal. El 12 de marzo de 1938, Hítler anexionó a Austria como una provincia alemana más. Ninguna ley amparaba esa acción, pero hizo falta una guerra y cien millones de muertos para revertir la situación. El 9 de noviembre de 1989 el muro de hormigón que dividía los sectores occidental y oriental de Berlín dejó de cumplir su función sin apoyo de ninguna ley.

En el caso de la anexión de Austria, la aplastante superioridad militar se impuso sin dificultad a la ley. Pero en los otros dos ejemplos fue una multitud desarmada la que bastó para convertir la ley en unos papeles inútiles.


A estas alturas nadie debería albergar dudas sobre lo que les importan las leyes a los independentistas de Cataluña. A mí lo que me preocupa es que el Gobierno de España y los partidos constitucionalistas puedan creer que basta con disponer del escudo de la ley para asegurar que los sediciosos no se saldrán con la suya, y que olviden que la ley también tiene su talón de Aquiles